Día: 1 junio, 2015

Los Niños Invisibles: El Caso de Julio. Indicaciones Para Cronificar El Insomnio

Los Niños Invisibles: El Caso de Julio. Indicaciones Para Cronificar El Insomnio

Ilustración: Vera Ortín Ballester.

Julio se despierta en mitad de la noche de modo inexplicable, mira el reloj y ve que son las tres de la madrugada. Sin darle importancia vuelve a dormirse hasta la mañana siguiente. Desarrolla su jornada habitual sin recordar el episodio.

La noche siguiente vuelve a despertarse a la misma hora, quizá por un hábito y esta vez, recuerda su despertar de la noche anterior y en algún punto de su conciencia los enlaza. Esta vez oye con mayor nitidez el segundero del reloj y se duerme pasados unos minutos.

Al despertar la mañana siguiente tiene un vago recuerdo de su episodio insomne y afronta el día con la sensación anotada en su mente. Es como un punto de color sobre la superficie nevada de su pantalla imaginaria. Vuelve a mirar el reloj pero le parece un artefacto menos inofensivo que la noche anterior.

Esta vez, al atardecer el punto de color adquiere intensidad como si fuera un aviso. Esa noche el insomnio dura alrededor de una hora y al día siguiente está cansado. Comienza a esperar a que se le pase esto y, por otro lado, inicia una ronda de hipótesis sobre la causa del conflicto.

Piensa que le ocurre algo, quizá sea algún cuadro patológico que le dificulta seguir con su vida normal.

Con el establecimiento de cada hipótesis acordona una zona de sospechas, marca fronteras que delimitan elementos amigos y enemigos. Y sobre todo, comienza a esperar el insomnio cada vez más pronto. Al principio era a última hora de la tarde, después, tras la comida y últimamente, desde que se despierta en la mañana, extenuado por la falta de descanso.

Ha reunido toda su atención en torno a este problema, e incluso puede haber llegado a olvidar otras actividades que antes le producían satisfacción. Poco a poco abandona acciones superfluas y se dedica a resistir el día, empieza a experimentar otras sensaciones asociadas a este sobreesfuerzo. No logra relajarse y cuando lo consigue experimenta un aviso de que no se abandone. Le parece sentir la presencia del reloj durante el día. Antes solo era el sonido del tic tac, ahora también es la imagen de la esfera, los números y las agujas. No se había dado cuenta hasta ahora de que la campana del despertador es mucho más grande de lo que le parecía hasta ese momento.

Inicia una serie de soluciones como quedarse muy quieto en la cama, concentrarse en el sueño, contar ovejitas, acostarse más tarde, ver la tele, tomar alguna copa de licor para relajarse, últimamente un vaso de leche caliente… Cada vez es peor. Cuanta más fuerza de voluntad aplica a su deseo de dormir menos lo consigue. A veces logra ver todas las horas del reloj durante la noche.

Necesita consultar con algún especialista o con más de uno y se pone a ello. Los tratamientos son complejos y de algún modo le recuerdan que hay que ayudarlo porque él solo no puede conseguirlo. En definitiva, tiene un síndrome que lo inhabilita. Así que pregunta a los profesionales porqué él no puede dormir como cualquier otra persona.

Ahora ya depende más del azar y de que los tratamientos especializados en el tema sean capaces de ayudarlo.

Todo lo que tiene que ver con el sostenimiento de la vida ocurre bajo el radar de la conciencia. El ritmo cardíaco, los procesos digestivos, la sensación de hambre, el ritmo respiratorio, el sueño y muchas más cosas ocurren sin permiso de nuestra voluntad consciente.

Del mismo modo ocurre con algunos procesos emocionales. A veces nos damos instrucciones, quizá por inducción del entorno. Indicaciones como:

—Debería ser más sociable, o más simpático, o más asertivo…

Y en ese momento se desarrolla una operación mental rápida que consiste en bloquear aún más nuestra poca sociabilidad o simpatía.

En definitiva, muchas veces el análisis lleva a la parálisis. Pensar y desear la solución nos aleja de ella. Es muy posible que Julio no pueda dormir precisamente porque desea hacerlo.

El pensamiento puede meternos de cabeza en un conflicto cuando forzamos racionalmente algo que debería ser espontáneo (1).

Desde esta perspectiva se podría caracterizar un problema como una situación existencial no deseada que va acompañada de un deseo de cambio. Es decir, algo que puede ser modificado.

La intensidad del deseo de cambio estabiliza el conflicto en muchas ocasiones. Este mecanismo ocurre por querer forzar con la voluntad lo que debe ocurrir espontáneamente.

Querer dormir o desear tener hambre porque es la hora de hacerlo. Tener pareja porque ya es hora de tenerla. Querer querer o desear lo que se debe desear según el grupo cultural o clase a la que se pertenece son modos de autoobligarse a lo que parece correcto hacer y en definitiva, nos conduce a bloquear lo que se desea conseguir.

Seguramente, uno de los peores refranes o mandatos de la modernidad es el que nos induce al pensamiento positivo: la recomendación nos dice que hay que ser positivo en todo momento, pase lo que pase. De este modo se niega la experiencia que tenemos del mundo, que es variable según las condiciones del contexto y nos impone otra, que además goza de muy buena fama. En definitiva, nos induce a forzar lo que debería ser naturalmente.

En aparente contradicción, podemos descubrir que este mecanismo tiene alguna ventaja. Por el mismo dispositivo que estamos describiendo se pueden resolver situaciones indeseables. Esto ocurre si nos comprometemos a experimentar la dificultad que deseamos evitar. En este sentido, si nos obligamos a tener el síntoma que en realidad nos sucede espontáneamente y que no queremos que ocurra evitamos que aparezca. Desear pasar miedo, o programarnos una sesión de ansiedad puede ser un buen antídoto para que no nos ocurra. Aunque para que funcione debemos estar seguros de que el síntoma indeseado nos ocurre involuntariamente, fuera de nuestro control consciente.

Para aprender es preciso olvidar

Bandura

Nota

(1) Paul Watzlawick. (1995). El arte de amargarse la vida. Editorial Herder. Barcelona

Posted by BernardoOrtin in Los Niños Invisibles, 0 comments