Mes: enero 2018

Los niños invisibles: La rebeldía de Luciano Sementeri

Los niños invisibles: La rebeldía de Luciano Sementeri

Ilustración: Trinidad Ballester

Descriptores: Repetir o crear. Viejos y nuevos principios operacionales del cambio

 

Los abandonaron en la puerta de la Iglesia de los Santos Juanes de Valencia. Era el año 1941, entrando el invierno. Tenían en ese momento: seis, cuatro y dos años. La costumbre, entre mala y desesperada, era que la familia o alguien allegado a ella los traía en tren desde el pueblo en el que vivían o desde algún barrio de la misma ciudad y los llevaban al Mercado Central que está junto a esta iglesia. En su portada espectacular, les decían a los niños que miraran el pájaro de arriba de la fachada que llevaba una bola de oro en el pico, el Pardalot lo llamaban en valenciano:

-Mira cómo se mueve. Mira la bola que lleva. Estate atento porque la va a soltar y tú podrás cogerla.

Mientras los niños se quedaban embobados mirando, sus porteadores los abandonaban allí marchándose en silencio[i]. Era la versión local del abandono de Hansel y Gretel en el bosque.

Cuando comenzaron a llorar a los pies del pardalot algún alma caritativa les preguntó quiénes eran y dónde vivían. El mayor dijo:

- En el camino del sementeri[ii].

Pero no sabía decir de qué pueblo. Con esos mínimos datos los llevaron a la Policía y desde allí a la Obra Tutelar de Menores.

Les llamaron desde entonces los hermanos Sementeri. Con el paso del tiempo les rehabilitaron el nombre: Luciano, Luisa y Federico. Les dejaron Sementeri como una especie de apodo para el apellido.

Luciano era simpático y desafectado. Hablaba con refranes. Recitaba en voz muy alta las sentencias, como un predicador, lo cual le funcionaba como una barrera de protección contra el mundo. Una vez que le pegó Boni, que era más mayor, le contestó: -¡Las hostias las dan los curas pero no las criaturas!-. Y la verdad es que Boni se quedó hipnotizado con la respuesta y lo dejó en paz.

Cuando esto no funcionaba se ponía furibundo destrozando todo lo que encontraba a su paso. Digamos que tenía la correa de la paciencia muy corta.

Ocho años más tarde, aparecieron los padres de los sementeri y se llevaron a Luciano, el mayor. No habían dado señales de vida nunca, ni por carta, ni por teléfono, ni en persona durante todo ese tiempo. Dijeron que lo necesitaban para ayudar en casa. A los pequeños los dejaron. Dijeron que no los podían atender.

Meses después lo devolvieron al centro. Dijeron que se portaba muy mal y que no podían con él.

¿PERMANECER O CAMBIAR? ¿REPETIR O CREAR?

Lo cierto es que la familia de Luciano rechazó todos los conocimientos que aprendió para sobrevivir en un contexto hostil como gritar, mentir, robar, golpear, morder y extorsionar. Quizá por la intuición que él mismo tenía sobre eso, se encontraba confundido y contrariado a menudo.

Si atendemos solamente al comportamiento o situación que deseamos cambiar perdemos la oportunidad de saber qué aprendizajes produjo en el sujeto la práctica de esta misma conducta anómala y la adaptación evolutiva que tuvo que hacer en el contexto en que la implementó.

Se piensa en la idea del cambio personal como sinónimo de mejora y desarrollo en muchas áreas vitales. Médicos, terapeutas, educadores, abogados, gerentes y asesores, entre otros profesionales, aspiran a desarrollar su trabajo en torno a sinónimos como mejora, progreso, crecimiento y evolución personal. En definitiva, a inducir cambios en sus clientes y sus situaciones.

No obstante, la mejora personal esconde una contradicción que debe afrontarse: ¿La persona debe cambiar o ser cada vez más sí misma?

La paradoja es: ¿Dedicamos la vida a repetir patrones, tal y como dice el mito del eterno retorno[1]? O bien, ¿El proceso vital es una evolución dialéctica creativa permanente? ¿Hay que cambiar para seguir igual? Bateson decía que en un sistema vivo lo único que permanece constante es el cambio.

 

Nunca podrás bañarte dos veces en el mismo río.

(Heráclito)

 

El cambio sólo se sostiene si es evolutivo, si es ciego o forzado produce desasosiego y zozobra. Sin embargo, el cambio es la llave que abre las nuevas puertas del yo, la mano maestra que saca las soluciones de la chistera del tiempo. Ahora bien, se desea el cambio y la estabilidad a la vez.

 

A menudo un cambio radical es precedido de una intensificación de lo antiguo. Esto es conocido en Astronomía como “efecto de ocaso”: una estrella intensifica su brillo antes de desaparecer.

(Irwin Thompson[2])

 

El imaginario colectivo comparte ciertos principios o creencias comunes que impregnaron a la mayoría de las escuelas psicopedagógicas tradicionales y que pueden resumirse del modo siguiente[3]:

En primer lugar, es extendida la creencia de que las personas son ambivalentes respecto al cambio y muestran resistencia ante él aunque sea para mejorar.

Por otro lado, se suele pensar que cada problema que presenta el sujeto obedece a causas profundas y subyacentes que lo mantienen. El conflicto es solo la punta de un iceberg que debe ser explorado.

Se cree también que para que se produzca un cambio en las personas es imprescindible la toma de conciencia. En consecuencia, esforzarse en mejorar o eliminar los síntomas es inútil en el mejor de los casos y superficial, dañino o peligroso en el peor de ellos.

Relacionado con lo anterior se suele pensar que los cambios profundos requieren procesos largos y, por el contrario, las intervenciones breves son superficiales y no duran.

Por último, otra creencia extendida se refiere a que detrás de cada conflicto existen puntos oscuros, ocultos o reprimidos, acerca de los cuales el profesional posee algunos indicadores y hacia cuyo descubrimiento puede guiar al cliente. Conflictos relacionados normalmente con procesos no resueltos de la infancia. Para ello, es importante buscar una pauta universal del conflicto. Es decir: ¿En qué otras situaciones le ocurre esto que le ocurre ahora?

En muchos casos, estos principios se han mostrado limitados, ya que no abordan la complejidad de las situaciones que muchas veces las personas plantean.

NUEVAS PERSPECTIVAS

A partir de los años setenta comenzaron a formalizarse propuestas más capaces de abarcar la demanda que acude a pedir orientación personal[4].

Por ejemplo, es importante saber que las personas no actúan directamente sobre la realidad, sino sobre las transformaciones perceptivas que tiene de ella y que constituyen su experiencia en el mundo. Por lo tanto, el foco de atención no debe centrarse en la comparación del individuo con los parámetros de normalidad, sino en la relación que cada cual vive consigo mismo, con los demás y con el mundo. De este modo la observación se amplía, ya que no existe una sola realidad sino tantas como puntos de observación e instrumentos empleados para observar[5]. Cada uno tiene su propia deriva personal y hay que confiar en que dispone de los recursos necesarios para resolver sus problemas. De hecho, nuestra parte más instintiva no nos dejaría plantearnos un problema para el que no intuyéramos una solución.

En segundo lugar, es más útil centrarse en cómo la persona hace las cosas más que en porqué las hace así. El primer camino nos conduce al análisis de procesos, el segundo a las creencias que lo están limitando. La entrevista sobre creencias tiene poco futuro, ya que son asertos lingüísticos no sujetos a demostración. Uno cree lo que cree porque sí y una exploración profunda sobre creencias suele acabar en hiper generalizaciones como:

- Porque sí

- Porque lo digo yo,

- Porque siempre fue así…

Y la más eficiente:

-Porque es lo normal en estos casos.

El análisis acerca de cómo hace las cosas y para qué le servirá hacerlo así, nos permite más opciones de cambio operativo.

En tercer lugar, es más recomendable centrarse en la solución que en el problema. Nuestra tradición narrativa nos remite a la tragedia griega en la que el análisis permanente del conflicto nos reconforta porque da la impresión de que estamos ocupándonos del mismo. Sin embargo, somos más fuertes cuando estamos centrados en la solución que está vinculada al deseo. Dice la kinesiología que dirigimos la energía personal donde dirigimos la atención. Además, con este procedimiento ponemos el problema bajo nuestro control, algo esencial para aumentar la propia capacidad ante las dificultades.

Por último, es importante invertir el Cogitocentrismo[6]. Mediante el cual nos acostumbramos a comprender primero y ejecutar después. La pedagogía oriental nos enseña que para comprender hay que ejercer. Muchas veces la queja totaliza el problema y contribuye a que inhibamos la acción. Obtienen mejor resultado, las estrategias psicopedagógicas que desbloquean el análisis circular y permanente mediante la acción.

Seguramente Luciano no conocía esta epistemología, se dedicaba simplemente a gobernar su vida del mejor modo posible.

 

RIO DE LA VIDA

 

Voy navegando la vida

con un barquito pequeño

pero fuerte,

por un río, por un mar,

por un sendero de agua.

 

Y navego sin razón

y sin demora.

 

Navego sin poderlo evitar.

 

Tan sólo la razón

hace una tabla leve,

un timón,

y quiere guiar lo que navego.

 

Hace lo que puede.

 

Pero el ímpetu de las olas,

de las corrientes, de los vientos,

de las tormentas

y el fuerte material de mi balsa

con mis velas de sueños y deseos

son los que al final

llevan la navegación hacia adelante.

 

(Poema: Trinidad Ballester)

 

Notas

[1] Consultar la obra de Mircea Eliade: El mito del eterno retorno. (1951-2000). Madrid: Alianza.

[2] Lovelock, J. y otros. (1989): Gaia. Barcelona: Kairós. Pág. 18.

[3] O´Hanlon, W.; Davis, M. W. (1993): En busca de soluciones. Barcelona: Paidós. Págs: 37-42.

[4] Paul Watlawick (1992): El arte del cambio. Barcelona: Herder.

[5]  (Op. Cit. 34)

[6] El pensamiento de Descartes nos dejó en herencia su frase: Cogito ergo sum: Pienso luego existo.

[i] Relato de Blasco Ibáñez recogido en su obra Arroz y tartana.

[ii] Sementeri: Cementerio en Valenciano

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Los niños invisibles: La intuición de Eulalia

Los niños invisibles: La intuición de Eulalia

Ilustración: Vera Ortín

 

SUEÑO

Hoy he soñado con un torrente de colores, tamaños, formas, brillos y sombras.

He soñado con un océano de sonidos como voces sin palabras, con sensaciones, temperaturas...

He sentido un pensamiento trabajoso y pesado que rondaba mi cuerpo como un viento circular de ideas repetidas.

Sé que he soñado con los primeros momentos de la creación, con las cosas que había al principio, antes de que fueran nombradas. Y lo sé, como se saben las cosas en los sueños.

He sido consciente del momento en el que mi imaginación comenzaba a destilar palabras, cuando los colores, los sonidos y todas las cosas comenzaban a nombrarse.

Retengo el escenario de un gran reloj de arena desde cuya parte superior caen las figuras, los colores, las voces, las sensaciones y emociones... Todo lo que había antes del lenguaje.

En mi sueño las cosas iban cayendo a la parte de abajo del reloj de arena y se iban transformando en las palabras que las nombran, de algún modo pasaban de estar a existir.

He asistido a ese momento de transición y he comprendido cómo las cosas adquieren su nombre y lo sé porque lo he visto, lo he oído pasar por la breve cintura de cristal del reloj de arena.

Y en ese momento vívido de mi conciencia, en el que me hallaba más lúcida que nunca...

Me he despertado.

(Bernardo Ortín[i])

Los cuentos son el recurso educativo más antiguo de la humanidad pero, ¿cuándo aparecen los primeros relatos y de dónde vienen? Existen varias hipótesis acerca de su origen y a qué interés humano obedecen[1].
 

Dios hizo al hombre porque le gustaba escuchar historias.

(Keen, S. 1973)

 

En primer lugar, se puede afirmar que los cuentos son expresión de procesos psíquicos profundos, no fácilmente comunicables con el lenguaje lógico y descriptivo. Desde esta perspectiva podemos decir que el inconsciente está en la misma situación del que, habiendo vivido una visión o una experiencia original, desea comunicarla lo mejor que puede. Tratará, de modos diversos, de hacer comprender su experiencia. Intentará provocar, por intuición y por analogía un eco en sus oyentes, por tratarse de un acontecimiento que todavía no ha sido nunca formulado, necesitará nuevos medios de expresión, sin cansarse de exponerles su visión, hasta que sienta que le han comprendido.

Jung decía que la alquimia es secreta, en principio, por el afán de protegerla. Pero ese secreto se debe también a que se desconocía en realidad a dónde conducía, ya que sólo podían intuirla.

En segundo lugar, se hipotetiza con que los cuentos son expresión de verdades filosóficas esenciales. Según esto, los Mitos expresan simbólicamente realidades filosóficas y pensamientos metafísicos que contienen una enseñanza de profundas verdades sobre la realidad y que la mera existencia desgasta. Desde esta perspectiva platónica, los Mitoi, que es como se llama a las antiguas historias que explican el origen de las cosas, se encuadran en esta hipótesis y lo que suelen narrar es la primera vez que ocurrió algo.
 

El origen de la muerte

Dios dio a elegir a los humanos si preferían vivir toda la vida sin descendencia como la luna, o morir dejando vástagos como las plataneras, el hombre eligió lo segundo. Desde entonces los seres humanos se reproducen y mueren.

(Mito africano)


La siguiente hipótesis defiende que los cuentos son explicaciones del funcionamiento de la Naturaleza. En consecuencia, los relatos son un modo de explicar  fenómenos naturales como la vida vegetal o los ciclos del sol y la luna.
En cuarto lugar, podríamos pensar que los cuentos son la expresión de Arquetipos o pensamientos elementales de la humanidad. Desde este punto de vista puede decirse que el hombre dispone de una reserva de pensamientos que no emigran, sino que son innatos en cada individuo. Estos pensamientos aparecen bajo diferentes variantes tanto en la India y en Babilonia como, por ejemplo, en los cuentos de los mares del Sur. Estos cuentos vendrían a ser pensamientos de los pueblos.
El arquetipo no se puede atrapar con el pensamiento, sólo se puede intuir mediante la expresión de símbolos. Existe un conjunto de figuras simbólicas que suelen repetirse en los cuentos de hadas y que ofrecen un camino de redención al ser humano.

Imágenes que curan y que conectan a la persona con algo que se asemeja a la expresión de su deseo y que los relatos desean explicitar.

Por último, se plantea que los temas fundamentales de los cuentos derivan de los sueños[2]. Marie Louis von Franz[3] afirma que la mayoría de los cuentos de hadas y cuentos folklóricos derivan de los sueños. Karl von del Steinen trató de probar en la misma época que la mayor parte de las creencias mágicas y sobrenaturales primitivas que él había estudiado derivaban de experiencias oníricas.

 

Las almas

no tienen

otro propósito

que existir

 

para gozar

de sí mismas

del mundo

de las demás

 

para esperar

en la madrugada

al acecho de la noche

y soñar lo que no sea posible vivir

(Poema: Trinidad Ballester)

 

En las sociedades arcaicas, es un rasgo típico de comportamiento que una experiencia onírica sea considerada como actual y real. Así, si alguien ha soñado que estaba en el cielo y que conversaba con un águila, se sentirá autorizado a contarlo a la mañana siguiente como un hecho concreto, sin añadir que aquello ha sucedido durante un sueño, es así como nacen los relatos.

 

Lo maté en sueños y luego no pude hacer nada hasta que lo despaché de verdad. Sin remedio.

(Max Aub. Crímenes ejemplares[4])

 

Freud pensaba que los sueños son un mensaje del pasado para ser interpretado. Jung defendía que son portadores de un mensaje para ser vivido en el futuro. De cualquier modo, Eulalia, la protagonista de nuestro relato, puede afirmar que realmente asistió al nacimiento del lenguaje aunque fuera en sueños.

 

NOTAS

 

[1] Ver el capítulo 2 del libro Cuentos que curan. (Op. Cit.)
[2] En el siglo XIX, Ludwig Laistner. En el libro: Símbolos de redención en los cuentos de hadas, de Marie Louise von Franz: (1990). Barcelona: Luciérnaga.
[3] Símbolos de redención en los cuentos de hadas (Op. Cit.)
[4] En Fernández, A. (1990). La mano de la hormiga. Madrid: Fugaz.

 

 

[i] En Cuentos que curan. De Bernardo Ortín y Trinidad Ballester. (2005). Barcelona: Océano-Ámbar. Pág. 45. Y en La vida es imaginada. Bernardo Ortín. (2013). Sevilla: Edit. Jot Down. Pág. 16.

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Los niños invisibles: Un minuto en el pensamiento de Liberto

Los niños invisibles: Un minuto en el pensamiento de Liberto

Ilustración: Trinidad Ballester

¡Mierda! ¡Se me ha olvidado el móvil en casa! Con las prisas para no pillar el atasco de las mañanas lo dejé en la mesita de noche.
Y el caso es que me he dado cuenta al sentir un hueco en el bolsillo de la chaqueta, una ligereza inusual en el peso. El vacío me hizo hallar la pérdida. ¡Qué fastidio!… pues ahora ya no me da tiempo de volver a casa, llegaría tardísimo al trabajo. En fin, ya lo recobraré esta noche cuando vuelva, ahora hay que apañarse sin él.
Recuerdo cuando aún no había teléfonos móviles, no hace mucho en realidad, había que llegar a casa para conectarse con el mundo: -Llámame esta noche- decíamos. Y en realidad no pasaba nada. Quizá ahora la inmediatez y la facilidad de respuesta que tenemos, en realidad no nos da más opciones, sino que nos ata a contestar con mayor rapidez. Es más difícil el desplazamiento voluntario de la respuesta para poder pensar un poco. Ahora sabemos incluso a qué hora llegó nuestro mensaje a su destino y nos inquietamos si el interlocutor tarda en contestar como si fuera una conversación presencial. Medimos su tiempo de respuesta en tiempo real.
A veces es bueno desplazar la respuesta, para ganar tiempo de reflexión. Del mismo modo que es bueno, desplazar el deseo. Según estudios científicos de referencia es una de las características predictoras de la felicidad: Nuestra capacidad para posponer el deseo.
Tampoco estábamos geográficamente controlados con el GPS individual que lleva el móvil. Es como el chip que les ponen a los perros. Cualquier día nos insertan la tarjeta del móvil en el tronco cerebral. ¡Qué vértigo!
Pensando en esto, me ha venido ahora mismo un aroma conocido de tabaco. ¡Qué extraño! Mi imaginación ha volado a la época en la que fumaba. Acabo de hacer un movimiento involuntario de mi mano al mismo bolsillo de la chaqueta en el que está el móvil y en el que antes estaba el paquete de tabaco. Hace ya 25 años, ¡¿Cómo he sido capaz de recordar esto con tanta precisión?!
Y otra cosa, antes no necesitaba ni siquiera mochila para funcionar durante el día. Ahora entre el móvil, la agenda, múltiples llaves y otros accesorios necesito una mochila siempre. Recuerdo la ligereza con la que me movía. Bueno, además del peso también estaría la ligereza corporal de la juventud.
En este momento, voy más atrás en el tiempo, me percibo con menos barriga, más flexibilidad corporal y un rizo pelirrojo acaba de caer por mi frente hacia los ojos, casi me tapa la vista. Tengo dieciseis años aproximadamente y siento una antigua e inexplicable excitación parecida a la alegría de vivir. Estoy llegando a casa, es un poco tarde, espero que mi madre se haya acostado, de lo contrario tendremos conferencia esta noche. Ya veremos mañana a qué hora me levanto.
Me siento libre y tranquilo, sin responsabilidades, con una percepción del tiempo como algo eterno, sin prisas. Me percibo con siete años, absolutamente inmerso en el juego, que acapara todo el sentido de la vida en este momento y que lo interrumpo cuando mi madre me llama a casa desde la ventana con un grito melodioso que anuncia la cena, huelo su arroz, su forma especial de hacer la tortilla de patata.
¡Y ahora que pienso en la mochila…! ¡Recuerdo que lo puse ahí! ¡Tengo el móvil! De acuerdo, todo en orden, vuelvo a estar conectado, regresa la inmediatez y con ella cierta presión por responder a tiempo. También regresó mi barriga y mi pesadez articular en las rodillas, desapareció mi viejo, mejor dicho: mi joven rizo pelirrojo. Sigo conduciendo. Solo ha pasado un minuto en el reloj del coche.

 

La velocidad del pensamiento imaginario es bastante mayor que la velocidad discursiva. Y esto se debe a que la base del lenguaje es la experiencia sensorial que la persona tiene del mundo y la resultante es el producto de las transformaciones que hace sobre este modo de percibir la realidad exterior[1].

Además, el hablante tiene la sospecha de que su discurso no logra expresar totalmente su experiencia del mundo. Alberga la sensación de que antes y después del texto queda un magma sensorial del que la palabra no puede dar cuenta y que tiene que posponer para otra ocasión.

Somos lo que imaginamos

(C.G. Jung)

El pensamiento se alimenta a partir de la neurología del oyente, la que se dirige a la experiencia sensual que el ser humano tiene del mundo. En definitiva, al lenguaje filogenéticamente más antiguo. Nada puede llegar a pensarse si no ha pasado primero por los sentidos[2]. Las artes plásticas, narrativas y escénicas buscan la comunicación en este registro sensorial[3].

Tolkien fue soldado en la Primera Guerra Mundial. El horror que pasó le indujo a crear su universo mítico del Smarillion y su posterior obra del Señor de los Anillos. La búsqueda del equilibrio ante la desgracia de la guerra le vino dada por la creación imaginaria de su nuevo mundo. Todo cuanto está en el inconsciente quiere llegar a manifestarse[4].

En cuanto a la fuerza de las improntas sensoriales puede citarse la siguiente referencia. Los biógrafos de Lutero cuentan el episodio en que él estaba paseando por las colinas de los alrededores de su ciudad mientras reflexionaba sobre la ruptura con la Iglesia Católica. De repente vio la imagen de un abeto con el cielo estrellado de fondo. Esta imagen le impactó poderosamente y a raíz de ello, decidió ir adelante con el Cisma que ya se venía gestando. Esta imagen fue algo tan significativo que pasó a convertirse en la costumbre de poner un árbol de luces en las fiestas de Navidad de cada casa.

Un último ejemplo de lo que estamos hablando se refiere al hecho de que el Sol en verano describe una parábola más alta y en invierno dibuja una parábola más baja. Con esta base, la Simbología clásica presenta la idea de que en la antigüedad se pensaba que había dos soles. Con el sol de invierno vienen los problemas climáticos y la escasez de víveres hasta amenazar la supervivencia. Con el sol de verano vienen las cosechas del campo y una vida más apacible. La imagen de los soles gemelares simboliza la idea del Bien y del Mal como concepto ético.

El pensamiento sensorial aporta el material para la toma de decisiones conscientes. Es como si la mente racional enfocara con precisión los aspectos del gran escenario que le muestra la mente sensorial.

La capacidad imaginaria toma especial fuerza en ciertos momentos de la vida. Por ejemplo, en algunos despertares en los que el durmiente reconoce haber tenido una gran actividad onírica aunque se encuentra incapaz de construir un relato.

Por otra parte, quedamos gobernados por los sentidos en la contemplación de pinturas o en la audición de conciertos musicales. Si en ese momento un eventual compañero te preguntase porqué te gusta esa obra es muy probable que nos viniera mal contestar a semejante tipo de preguntas, dado que la mente está más ocupada por el disfrute sensorial que por las causas que lo provocan.

El escenario de este lenguaje es el cuerpo. Los niños suelen estar en esta clave casi todo el tiempo. Entienden poco el lenguaje conceptual hasta los seis o siete años.

Después se recuperan y ponen en marcha la racionalidad hasta la gran revolución bioquímica de la pubertad en la que vuelve a prevalecer el pensamiento sensorial. No tienen palabras para nombrar lo que sienten y además sienten las cosas por primera vez. Sin poder evitar pensar no sólo es su primera vez, sino que piensan que también es la primera vez que se siente en el planeta Tierra.

También se evidencia en momentos de shock en los que la persona piensa en colores, sonidos y sensaciones de la tragedia que acaba de experimentar pero no puede pronunciar un discurso. Es la constitución del trauma.

Y en general, todo lo relevante en la vida nos deja sin palabras. Lo que nos gusta, lo que nos hace aprender, las experiencias cotidianas que el inconsciente reconoce como adaptativas: experiencias de contacto, de construcción colectiva del conocimiento, de satisfacción física, sexual, de contemplación de la Naturaleza, el mero hecho de respirar junto a alguien… Nos conecta con el pensamiento filogenéticamente más antiguo: la mente sensorial.

Mientras que, por un lado, el pensamiento racional tiene aspiraciones de objetividad, orienta la atención al exterior y presume que la verdad es lo que ocurre afuera. Por otro lado, el pensamiento sensorial pertenece al terreno de la subjetividad, es fruto de la atención al interior y defiende que la verdad es lo que hacemos en nuestro interior con lo que percibimos que ocurre afuera.

Más que hacerlas competir, conviene poner a jugar todos los tipos de inteligencia que disponemos para articular nuestra adaptación al mundo.

 

PINTAR

 

Los tonos vivos de mi vida

se adhieren a las hebras

de los lienzos

que quiero adueñar

 

Quisiera mojar sus hilos

en jugo de vida, vivo

en los colores que mira el alma

en la luz

que no tiene más materia

que el reflejo en la retina

que no se ata al recuerdo

que no se deja atrapar

 

Quisiera jugar con la oscuridad

abrir profundos huecos

y pliegues que recogen

en los húmedos negros

el aliento de las cuevas

que aún están por descubrir

 

O pintar con ojos de tango

en noches oscuras sin luna

donde reina la vida engañada

los reflejos trémulos de mis dudas

con idioma horizontal

 

Quisiera pintarme el mundo

tatuado en mí

y yo misma

ser la piel

que se adhiere

a cada cosa

 

(Trinidad Ballester)

 

NOTAS

[1] Ver Noam Chomsky: (1996) Estudies on semantics in generative grammar. Paris, N. York: Mouton Publishers.

[2] Aristóteles dixit.

[3] Ver el Capítulo Uno del libro: La vida es imaginada (2013): Bernardo Ortín. Sevilla: Jot Down. Pg. 19ss.

[4] Bond, D.S. 1995. La conciencia mítica. Madrid: Gaia. Pág: 145.

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