Día: 15 enero, 2018

Los niños invisibles: La intuición de Eulalia

Los niños invisibles: La intuición de Eulalia

Ilustración: Vera Ortín

 

SUEÑO

Hoy he soñado con un torrente de colores, tamaños, formas, brillos y sombras.

He soñado con un océano de sonidos como voces sin palabras, con sensaciones, temperaturas...

He sentido un pensamiento trabajoso y pesado que rondaba mi cuerpo como un viento circular de ideas repetidas.

Sé que he soñado con los primeros momentos de la creación, con las cosas que había al principio, antes de que fueran nombradas. Y lo sé, como se saben las cosas en los sueños.

He sido consciente del momento en el que mi imaginación comenzaba a destilar palabras, cuando los colores, los sonidos y todas las cosas comenzaban a nombrarse.

Retengo el escenario de un gran reloj de arena desde cuya parte superior caen las figuras, los colores, las voces, las sensaciones y emociones... Todo lo que había antes del lenguaje.

En mi sueño las cosas iban cayendo a la parte de abajo del reloj de arena y se iban transformando en las palabras que las nombran, de algún modo pasaban de estar a existir.

He asistido a ese momento de transición y he comprendido cómo las cosas adquieren su nombre y lo sé porque lo he visto, lo he oído pasar por la breve cintura de cristal del reloj de arena.

Y en ese momento vívido de mi conciencia, en el que me hallaba más lúcida que nunca...

Me he despertado.

(Bernardo Ortín[i])

Los cuentos son el recurso educativo más antiguo de la humanidad pero, ¿cuándo aparecen los primeros relatos y de dónde vienen? Existen varias hipótesis acerca de su origen y a qué interés humano obedecen[1].
 

Dios hizo al hombre porque le gustaba escuchar historias.

(Keen, S. 1973)

 

En primer lugar, se puede afirmar que los cuentos son expresión de procesos psíquicos profundos, no fácilmente comunicables con el lenguaje lógico y descriptivo. Desde esta perspectiva podemos decir que el inconsciente está en la misma situación del que, habiendo vivido una visión o una experiencia original, desea comunicarla lo mejor que puede. Tratará, de modos diversos, de hacer comprender su experiencia. Intentará provocar, por intuición y por analogía un eco en sus oyentes, por tratarse de un acontecimiento que todavía no ha sido nunca formulado, necesitará nuevos medios de expresión, sin cansarse de exponerles su visión, hasta que sienta que le han comprendido.

Jung decía que la alquimia es secreta, en principio, por el afán de protegerla. Pero ese secreto se debe también a que se desconocía en realidad a dónde conducía, ya que sólo podían intuirla.

En segundo lugar, se hipotetiza con que los cuentos son expresión de verdades filosóficas esenciales. Según esto, los Mitos expresan simbólicamente realidades filosóficas y pensamientos metafísicos que contienen una enseñanza de profundas verdades sobre la realidad y que la mera existencia desgasta. Desde esta perspectiva platónica, los Mitoi, que es como se llama a las antiguas historias que explican el origen de las cosas, se encuadran en esta hipótesis y lo que suelen narrar es la primera vez que ocurrió algo.
 

El origen de la muerte

Dios dio a elegir a los humanos si preferían vivir toda la vida sin descendencia como la luna, o morir dejando vástagos como las plataneras, el hombre eligió lo segundo. Desde entonces los seres humanos se reproducen y mueren.

(Mito africano)


La siguiente hipótesis defiende que los cuentos son explicaciones del funcionamiento de la Naturaleza. En consecuencia, los relatos son un modo de explicar  fenómenos naturales como la vida vegetal o los ciclos del sol y la luna.
En cuarto lugar, podríamos pensar que los cuentos son la expresión de Arquetipos o pensamientos elementales de la humanidad. Desde este punto de vista puede decirse que el hombre dispone de una reserva de pensamientos que no emigran, sino que son innatos en cada individuo. Estos pensamientos aparecen bajo diferentes variantes tanto en la India y en Babilonia como, por ejemplo, en los cuentos de los mares del Sur. Estos cuentos vendrían a ser pensamientos de los pueblos.
El arquetipo no se puede atrapar con el pensamiento, sólo se puede intuir mediante la expresión de símbolos. Existe un conjunto de figuras simbólicas que suelen repetirse en los cuentos de hadas y que ofrecen un camino de redención al ser humano.

Imágenes que curan y que conectan a la persona con algo que se asemeja a la expresión de su deseo y que los relatos desean explicitar.

Por último, se plantea que los temas fundamentales de los cuentos derivan de los sueños[2]. Marie Louis von Franz[3] afirma que la mayoría de los cuentos de hadas y cuentos folklóricos derivan de los sueños. Karl von del Steinen trató de probar en la misma época que la mayor parte de las creencias mágicas y sobrenaturales primitivas que él había estudiado derivaban de experiencias oníricas.

 

Las almas

no tienen

otro propósito

que existir

 

para gozar

de sí mismas

del mundo

de las demás

 

para esperar

en la madrugada

al acecho de la noche

y soñar lo que no sea posible vivir

(Poema: Trinidad Ballester)

 

En las sociedades arcaicas, es un rasgo típico de comportamiento que una experiencia onírica sea considerada como actual y real. Así, si alguien ha soñado que estaba en el cielo y que conversaba con un águila, se sentirá autorizado a contarlo a la mañana siguiente como un hecho concreto, sin añadir que aquello ha sucedido durante un sueño, es así como nacen los relatos.

 

Lo maté en sueños y luego no pude hacer nada hasta que lo despaché de verdad. Sin remedio.

(Max Aub. Crímenes ejemplares[4])

 

Freud pensaba que los sueños son un mensaje del pasado para ser interpretado. Jung defendía que son portadores de un mensaje para ser vivido en el futuro. De cualquier modo, Eulalia, la protagonista de nuestro relato, puede afirmar que realmente asistió al nacimiento del lenguaje aunque fuera en sueños.

 

NOTAS

 

[1] Ver el capítulo 2 del libro Cuentos que curan. (Op. Cit.)
[2] En el siglo XIX, Ludwig Laistner. En el libro: Símbolos de redención en los cuentos de hadas, de Marie Louise von Franz: (1990). Barcelona: Luciérnaga.
[3] Símbolos de redención en los cuentos de hadas (Op. Cit.)
[4] En Fernández, A. (1990). La mano de la hormiga. Madrid: Fugaz.

 

 

[i] En Cuentos que curan. De Bernardo Ortín y Trinidad Ballester. (2005). Barcelona: Océano-Ámbar. Pág. 45. Y en La vida es imaginada. Bernardo Ortín. (2013). Sevilla: Edit. Jot Down. Pág. 16.

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Los niños invisibles: Un minuto en el pensamiento de Liberto

Los niños invisibles: Un minuto en el pensamiento de Liberto

Ilustración: Trinidad Ballester

¡Mierda! ¡Se me ha olvidado el móvil en casa! Con las prisas para no pillar el atasco de las mañanas lo dejé en la mesita de noche.
Y el caso es que me he dado cuenta al sentir un hueco en el bolsillo de la chaqueta, una ligereza inusual en el peso. El vacío me hizo hallar la pérdida. ¡Qué fastidio!… pues ahora ya no me da tiempo de volver a casa, llegaría tardísimo al trabajo. En fin, ya lo recobraré esta noche cuando vuelva, ahora hay que apañarse sin él.
Recuerdo cuando aún no había teléfonos móviles, no hace mucho en realidad, había que llegar a casa para conectarse con el mundo: -Llámame esta noche- decíamos. Y en realidad no pasaba nada. Quizá ahora la inmediatez y la facilidad de respuesta que tenemos, en realidad no nos da más opciones, sino que nos ata a contestar con mayor rapidez. Es más difícil el desplazamiento voluntario de la respuesta para poder pensar un poco. Ahora sabemos incluso a qué hora llegó nuestro mensaje a su destino y nos inquietamos si el interlocutor tarda en contestar como si fuera una conversación presencial. Medimos su tiempo de respuesta en tiempo real.
A veces es bueno desplazar la respuesta, para ganar tiempo de reflexión. Del mismo modo que es bueno, desplazar el deseo. Según estudios científicos de referencia es una de las características predictoras de la felicidad: Nuestra capacidad para posponer el deseo.
Tampoco estábamos geográficamente controlados con el GPS individual que lleva el móvil. Es como el chip que les ponen a los perros. Cualquier día nos insertan la tarjeta del móvil en el tronco cerebral. ¡Qué vértigo!
Pensando en esto, me ha venido ahora mismo un aroma conocido de tabaco. ¡Qué extraño! Mi imaginación ha volado a la época en la que fumaba. Acabo de hacer un movimiento involuntario de mi mano al mismo bolsillo de la chaqueta en el que está el móvil y en el que antes estaba el paquete de tabaco. Hace ya 25 años, ¡¿Cómo he sido capaz de recordar esto con tanta precisión?!
Y otra cosa, antes no necesitaba ni siquiera mochila para funcionar durante el día. Ahora entre el móvil, la agenda, múltiples llaves y otros accesorios necesito una mochila siempre. Recuerdo la ligereza con la que me movía. Bueno, además del peso también estaría la ligereza corporal de la juventud.
En este momento, voy más atrás en el tiempo, me percibo con menos barriga, más flexibilidad corporal y un rizo pelirrojo acaba de caer por mi frente hacia los ojos, casi me tapa la vista. Tengo dieciseis años aproximadamente y siento una antigua e inexplicable excitación parecida a la alegría de vivir. Estoy llegando a casa, es un poco tarde, espero que mi madre se haya acostado, de lo contrario tendremos conferencia esta noche. Ya veremos mañana a qué hora me levanto.
Me siento libre y tranquilo, sin responsabilidades, con una percepción del tiempo como algo eterno, sin prisas. Me percibo con siete años, absolutamente inmerso en el juego, que acapara todo el sentido de la vida en este momento y que lo interrumpo cuando mi madre me llama a casa desde la ventana con un grito melodioso que anuncia la cena, huelo su arroz, su forma especial de hacer la tortilla de patata.
¡Y ahora que pienso en la mochila…! ¡Recuerdo que lo puse ahí! ¡Tengo el móvil! De acuerdo, todo en orden, vuelvo a estar conectado, regresa la inmediatez y con ella cierta presión por responder a tiempo. También regresó mi barriga y mi pesadez articular en las rodillas, desapareció mi viejo, mejor dicho: mi joven rizo pelirrojo. Sigo conduciendo. Solo ha pasado un minuto en el reloj del coche.

 

La velocidad del pensamiento imaginario es bastante mayor que la velocidad discursiva. Y esto se debe a que la base del lenguaje es la experiencia sensorial que la persona tiene del mundo y la resultante es el producto de las transformaciones que hace sobre este modo de percibir la realidad exterior[1].

Además, el hablante tiene la sospecha de que su discurso no logra expresar totalmente su experiencia del mundo. Alberga la sensación de que antes y después del texto queda un magma sensorial del que la palabra no puede dar cuenta y que tiene que posponer para otra ocasión.

Somos lo que imaginamos

(C.G. Jung)

El pensamiento se alimenta a partir de la neurología del oyente, la que se dirige a la experiencia sensual que el ser humano tiene del mundo. En definitiva, al lenguaje filogenéticamente más antiguo. Nada puede llegar a pensarse si no ha pasado primero por los sentidos[2]. Las artes plásticas, narrativas y escénicas buscan la comunicación en este registro sensorial[3].

Tolkien fue soldado en la Primera Guerra Mundial. El horror que pasó le indujo a crear su universo mítico del Smarillion y su posterior obra del Señor de los Anillos. La búsqueda del equilibrio ante la desgracia de la guerra le vino dada por la creación imaginaria de su nuevo mundo. Todo cuanto está en el inconsciente quiere llegar a manifestarse[4].

En cuanto a la fuerza de las improntas sensoriales puede citarse la siguiente referencia. Los biógrafos de Lutero cuentan el episodio en que él estaba paseando por las colinas de los alrededores de su ciudad mientras reflexionaba sobre la ruptura con la Iglesia Católica. De repente vio la imagen de un abeto con el cielo estrellado de fondo. Esta imagen le impactó poderosamente y a raíz de ello, decidió ir adelante con el Cisma que ya se venía gestando. Esta imagen fue algo tan significativo que pasó a convertirse en la costumbre de poner un árbol de luces en las fiestas de Navidad de cada casa.

Un último ejemplo de lo que estamos hablando se refiere al hecho de que el Sol en verano describe una parábola más alta y en invierno dibuja una parábola más baja. Con esta base, la Simbología clásica presenta la idea de que en la antigüedad se pensaba que había dos soles. Con el sol de invierno vienen los problemas climáticos y la escasez de víveres hasta amenazar la supervivencia. Con el sol de verano vienen las cosechas del campo y una vida más apacible. La imagen de los soles gemelares simboliza la idea del Bien y del Mal como concepto ético.

El pensamiento sensorial aporta el material para la toma de decisiones conscientes. Es como si la mente racional enfocara con precisión los aspectos del gran escenario que le muestra la mente sensorial.

La capacidad imaginaria toma especial fuerza en ciertos momentos de la vida. Por ejemplo, en algunos despertares en los que el durmiente reconoce haber tenido una gran actividad onírica aunque se encuentra incapaz de construir un relato.

Por otra parte, quedamos gobernados por los sentidos en la contemplación de pinturas o en la audición de conciertos musicales. Si en ese momento un eventual compañero te preguntase porqué te gusta esa obra es muy probable que nos viniera mal contestar a semejante tipo de preguntas, dado que la mente está más ocupada por el disfrute sensorial que por las causas que lo provocan.

El escenario de este lenguaje es el cuerpo. Los niños suelen estar en esta clave casi todo el tiempo. Entienden poco el lenguaje conceptual hasta los seis o siete años.

Después se recuperan y ponen en marcha la racionalidad hasta la gran revolución bioquímica de la pubertad en la que vuelve a prevalecer el pensamiento sensorial. No tienen palabras para nombrar lo que sienten y además sienten las cosas por primera vez. Sin poder evitar pensar no sólo es su primera vez, sino que piensan que también es la primera vez que se siente en el planeta Tierra.

También se evidencia en momentos de shock en los que la persona piensa en colores, sonidos y sensaciones de la tragedia que acaba de experimentar pero no puede pronunciar un discurso. Es la constitución del trauma.

Y en general, todo lo relevante en la vida nos deja sin palabras. Lo que nos gusta, lo que nos hace aprender, las experiencias cotidianas que el inconsciente reconoce como adaptativas: experiencias de contacto, de construcción colectiva del conocimiento, de satisfacción física, sexual, de contemplación de la Naturaleza, el mero hecho de respirar junto a alguien… Nos conecta con el pensamiento filogenéticamente más antiguo: la mente sensorial.

Mientras que, por un lado, el pensamiento racional tiene aspiraciones de objetividad, orienta la atención al exterior y presume que la verdad es lo que ocurre afuera. Por otro lado, el pensamiento sensorial pertenece al terreno de la subjetividad, es fruto de la atención al interior y defiende que la verdad es lo que hacemos en nuestro interior con lo que percibimos que ocurre afuera.

Más que hacerlas competir, conviene poner a jugar todos los tipos de inteligencia que disponemos para articular nuestra adaptación al mundo.

 

PINTAR

 

Los tonos vivos de mi vida

se adhieren a las hebras

de los lienzos

que quiero adueñar

 

Quisiera mojar sus hilos

en jugo de vida, vivo

en los colores que mira el alma

en la luz

que no tiene más materia

que el reflejo en la retina

que no se ata al recuerdo

que no se deja atrapar

 

Quisiera jugar con la oscuridad

abrir profundos huecos

y pliegues que recogen

en los húmedos negros

el aliento de las cuevas

que aún están por descubrir

 

O pintar con ojos de tango

en noches oscuras sin luna

donde reina la vida engañada

los reflejos trémulos de mis dudas

con idioma horizontal

 

Quisiera pintarme el mundo

tatuado en mí

y yo misma

ser la piel

que se adhiere

a cada cosa

 

(Trinidad Ballester)

 

NOTAS

[1] Ver Noam Chomsky: (1996) Estudies on semantics in generative grammar. Paris, N. York: Mouton Publishers.

[2] Aristóteles dixit.

[3] Ver el Capítulo Uno del libro: La vida es imaginada (2013): Bernardo Ortín. Sevilla: Jot Down. Pg. 19ss.

[4] Bond, D.S. 1995. La conciencia mítica. Madrid: Gaia. Pág: 145.

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