Los Niños Invisibles

Los niños invisibles: La intuición de Eulalia

Los niños invisibles: La intuición de Eulalia

Ilustración: Vera Ortín

 

SUEÑO

Hoy he soñado con un torrente de colores, tamaños, formas, brillos y sombras.

He soñado con un océano de sonidos como voces sin palabras, con sensaciones, temperaturas...

He sentido un pensamiento trabajoso y pesado que rondaba mi cuerpo como un viento circular de ideas repetidas.

Sé que he soñado con los primeros momentos de la creación, con las cosas que había al principio, antes de que fueran nombradas. Y lo sé, como se saben las cosas en los sueños.

He sido consciente del momento en el que mi imaginación comenzaba a destilar palabras, cuando los colores, los sonidos y todas las cosas comenzaban a nombrarse.

Retengo el escenario de un gran reloj de arena desde cuya parte superior caen las figuras, los colores, las voces, las sensaciones y emociones... Todo lo que había antes del lenguaje.

En mi sueño las cosas iban cayendo a la parte de abajo del reloj de arena y se iban transformando en las palabras que las nombran, de algún modo pasaban de estar a existir.

He asistido a ese momento de transición y he comprendido cómo las cosas adquieren su nombre y lo sé porque lo he visto, lo he oído pasar por la breve cintura de cristal del reloj de arena.

Y en ese momento vívido de mi conciencia, en el que me hallaba más lúcida que nunca...

Me he despertado.

(Bernardo Ortín[i])

Los cuentos son el recurso educativo más antiguo de la humanidad pero, ¿cuándo aparecen los primeros relatos y de dónde vienen? Existen varias hipótesis acerca de su origen y a qué interés humano obedecen[1].
 

Dios hizo al hombre porque le gustaba escuchar historias.

(Keen, S. 1973)

 

En primer lugar, se puede afirmar que los cuentos son expresión de procesos psíquicos profundos, no fácilmente comunicables con el lenguaje lógico y descriptivo. Desde esta perspectiva podemos decir que el inconsciente está en la misma situación del que, habiendo vivido una visión o una experiencia original, desea comunicarla lo mejor que puede. Tratará, de modos diversos, de hacer comprender su experiencia. Intentará provocar, por intuición y por analogía un eco en sus oyentes, por tratarse de un acontecimiento que todavía no ha sido nunca formulado, necesitará nuevos medios de expresión, sin cansarse de exponerles su visión, hasta que sienta que le han comprendido.

Jung decía que la alquimia es secreta, en principio, por el afán de protegerla. Pero ese secreto se debe también a que se desconocía en realidad a dónde conducía, ya que sólo podían intuirla.

En segundo lugar, se hipotetiza con que los cuentos son expresión de verdades filosóficas esenciales. Según esto, los Mitos expresan simbólicamente realidades filosóficas y pensamientos metafísicos que contienen una enseñanza de profundas verdades sobre la realidad y que la mera existencia desgasta. Desde esta perspectiva platónica, los Mitoi, que es como se llama a las antiguas historias que explican el origen de las cosas, se encuadran en esta hipótesis y lo que suelen narrar es la primera vez que ocurrió algo.
 

El origen de la muerte

Dios dio a elegir a los humanos si preferían vivir toda la vida sin descendencia como la luna, o morir dejando vástagos como las plataneras, el hombre eligió lo segundo. Desde entonces los seres humanos se reproducen y mueren.

(Mito africano)


La siguiente hipótesis defiende que los cuentos son explicaciones del funcionamiento de la Naturaleza. En consecuencia, los relatos son un modo de explicar  fenómenos naturales como la vida vegetal o los ciclos del sol y la luna.
En cuarto lugar, podríamos pensar que los cuentos son la expresión de Arquetipos o pensamientos elementales de la humanidad. Desde este punto de vista puede decirse que el hombre dispone de una reserva de pensamientos que no emigran, sino que son innatos en cada individuo. Estos pensamientos aparecen bajo diferentes variantes tanto en la India y en Babilonia como, por ejemplo, en los cuentos de los mares del Sur. Estos cuentos vendrían a ser pensamientos de los pueblos.
El arquetipo no se puede atrapar con el pensamiento, sólo se puede intuir mediante la expresión de símbolos. Existe un conjunto de figuras simbólicas que suelen repetirse en los cuentos de hadas y que ofrecen un camino de redención al ser humano.

Imágenes que curan y que conectan a la persona con algo que se asemeja a la expresión de su deseo y que los relatos desean explicitar.

Por último, se plantea que los temas fundamentales de los cuentos derivan de los sueños[2]. Marie Louis von Franz[3] afirma que la mayoría de los cuentos de hadas y cuentos folklóricos derivan de los sueños. Karl von del Steinen trató de probar en la misma época que la mayor parte de las creencias mágicas y sobrenaturales primitivas que él había estudiado derivaban de experiencias oníricas.

 

Las almas

no tienen

otro propósito

que existir

 

para gozar

de sí mismas

del mundo

de las demás

 

para esperar

en la madrugada

al acecho de la noche

y soñar lo que no sea posible vivir

(Poema: Trinidad Ballester)

 

En las sociedades arcaicas, es un rasgo típico de comportamiento que una experiencia onírica sea considerada como actual y real. Así, si alguien ha soñado que estaba en el cielo y que conversaba con un águila, se sentirá autorizado a contarlo a la mañana siguiente como un hecho concreto, sin añadir que aquello ha sucedido durante un sueño, es así como nacen los relatos.

 

Lo maté en sueños y luego no pude hacer nada hasta que lo despaché de verdad. Sin remedio.

(Max Aub. Crímenes ejemplares[4])

 

Freud pensaba que los sueños son un mensaje del pasado para ser interpretado. Jung defendía que son portadores de un mensaje para ser vivido en el futuro. De cualquier modo, Eulalia, la protagonista de nuestro relato, puede afirmar que realmente asistió al nacimiento del lenguaje aunque fuera en sueños.

 

NOTAS

 

[1] Ver el capítulo 2 del libro Cuentos que curan. (Op. Cit.)
[2] En el siglo XIX, Ludwig Laistner. En el libro: Símbolos de redención en los cuentos de hadas, de Marie Louise von Franz: (1990). Barcelona: Luciérnaga.
[3] Símbolos de redención en los cuentos de hadas (Op. Cit.)
[4] En Fernández, A. (1990). La mano de la hormiga. Madrid: Fugaz.

 

 

[i] En Cuentos que curan. De Bernardo Ortín y Trinidad Ballester. (2005). Barcelona: Océano-Ámbar. Pág. 45. Y en La vida es imaginada. Bernardo Ortín. (2013). Sevilla: Edit. Jot Down. Pág. 16.

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Los niños invisibles: Un minuto en el pensamiento de Liberto

Los niños invisibles: Un minuto en el pensamiento de Liberto

Ilustración: Trinidad Ballester

¡Mierda! ¡Se me ha olvidado el móvil en casa! Con las prisas para no pillar el atasco de las mañanas lo dejé en la mesita de noche.
Y el caso es que me he dado cuenta al sentir un hueco en el bolsillo de la chaqueta, una ligereza inusual en el peso. El vacío me hizo hallar la pérdida. ¡Qué fastidio!… pues ahora ya no me da tiempo de volver a casa, llegaría tardísimo al trabajo. En fin, ya lo recobraré esta noche cuando vuelva, ahora hay que apañarse sin él.
Recuerdo cuando aún no había teléfonos móviles, no hace mucho en realidad, había que llegar a casa para conectarse con el mundo: -Llámame esta noche- decíamos. Y en realidad no pasaba nada. Quizá ahora la inmediatez y la facilidad de respuesta que tenemos, en realidad no nos da más opciones, sino que nos ata a contestar con mayor rapidez. Es más difícil el desplazamiento voluntario de la respuesta para poder pensar un poco. Ahora sabemos incluso a qué hora llegó nuestro mensaje a su destino y nos inquietamos si el interlocutor tarda en contestar como si fuera una conversación presencial. Medimos su tiempo de respuesta en tiempo real.
A veces es bueno desplazar la respuesta, para ganar tiempo de reflexión. Del mismo modo que es bueno, desplazar el deseo. Según estudios científicos de referencia es una de las características predictoras de la felicidad: Nuestra capacidad para posponer el deseo.
Tampoco estábamos geográficamente controlados con el GPS individual que lleva el móvil. Es como el chip que les ponen a los perros. Cualquier día nos insertan la tarjeta del móvil en el tronco cerebral. ¡Qué vértigo!
Pensando en esto, me ha venido ahora mismo un aroma conocido de tabaco. ¡Qué extraño! Mi imaginación ha volado a la época en la que fumaba. Acabo de hacer un movimiento involuntario de mi mano al mismo bolsillo de la chaqueta en el que está el móvil y en el que antes estaba el paquete de tabaco. Hace ya 25 años, ¡¿Cómo he sido capaz de recordar esto con tanta precisión?!
Y otra cosa, antes no necesitaba ni siquiera mochila para funcionar durante el día. Ahora entre el móvil, la agenda, múltiples llaves y otros accesorios necesito una mochila siempre. Recuerdo la ligereza con la que me movía. Bueno, además del peso también estaría la ligereza corporal de la juventud.
En este momento, voy más atrás en el tiempo, me percibo con menos barriga, más flexibilidad corporal y un rizo pelirrojo acaba de caer por mi frente hacia los ojos, casi me tapa la vista. Tengo dieciseis años aproximadamente y siento una antigua e inexplicable excitación parecida a la alegría de vivir. Estoy llegando a casa, es un poco tarde, espero que mi madre se haya acostado, de lo contrario tendremos conferencia esta noche. Ya veremos mañana a qué hora me levanto.
Me siento libre y tranquilo, sin responsabilidades, con una percepción del tiempo como algo eterno, sin prisas. Me percibo con siete años, absolutamente inmerso en el juego, que acapara todo el sentido de la vida en este momento y que lo interrumpo cuando mi madre me llama a casa desde la ventana con un grito melodioso que anuncia la cena, huelo su arroz, su forma especial de hacer la tortilla de patata.
¡Y ahora que pienso en la mochila…! ¡Recuerdo que lo puse ahí! ¡Tengo el móvil! De acuerdo, todo en orden, vuelvo a estar conectado, regresa la inmediatez y con ella cierta presión por responder a tiempo. También regresó mi barriga y mi pesadez articular en las rodillas, desapareció mi viejo, mejor dicho: mi joven rizo pelirrojo. Sigo conduciendo. Solo ha pasado un minuto en el reloj del coche.

 

La velocidad del pensamiento imaginario es bastante mayor que la velocidad discursiva. Y esto se debe a que la base del lenguaje es la experiencia sensorial que la persona tiene del mundo y la resultante es el producto de las transformaciones que hace sobre este modo de percibir la realidad exterior[1].

Además, el hablante tiene la sospecha de que su discurso no logra expresar totalmente su experiencia del mundo. Alberga la sensación de que antes y después del texto queda un magma sensorial del que la palabra no puede dar cuenta y que tiene que posponer para otra ocasión.

Somos lo que imaginamos

(C.G. Jung)

El pensamiento se alimenta a partir de la neurología del oyente, la que se dirige a la experiencia sensual que el ser humano tiene del mundo. En definitiva, al lenguaje filogenéticamente más antiguo. Nada puede llegar a pensarse si no ha pasado primero por los sentidos[2]. Las artes plásticas, narrativas y escénicas buscan la comunicación en este registro sensorial[3].

Tolkien fue soldado en la Primera Guerra Mundial. El horror que pasó le indujo a crear su universo mítico del Smarillion y su posterior obra del Señor de los Anillos. La búsqueda del equilibrio ante la desgracia de la guerra le vino dada por la creación imaginaria de su nuevo mundo. Todo cuanto está en el inconsciente quiere llegar a manifestarse[4].

En cuanto a la fuerza de las improntas sensoriales puede citarse la siguiente referencia. Los biógrafos de Lutero cuentan el episodio en que él estaba paseando por las colinas de los alrededores de su ciudad mientras reflexionaba sobre la ruptura con la Iglesia Católica. De repente vio la imagen de un abeto con el cielo estrellado de fondo. Esta imagen le impactó poderosamente y a raíz de ello, decidió ir adelante con el Cisma que ya se venía gestando. Esta imagen fue algo tan significativo que pasó a convertirse en la costumbre de poner un árbol de luces en las fiestas de Navidad de cada casa.

Un último ejemplo de lo que estamos hablando se refiere al hecho de que el Sol en verano describe una parábola más alta y en invierno dibuja una parábola más baja. Con esta base, la Simbología clásica presenta la idea de que en la antigüedad se pensaba que había dos soles. Con el sol de invierno vienen los problemas climáticos y la escasez de víveres hasta amenazar la supervivencia. Con el sol de verano vienen las cosechas del campo y una vida más apacible. La imagen de los soles gemelares simboliza la idea del Bien y del Mal como concepto ético.

El pensamiento sensorial aporta el material para la toma de decisiones conscientes. Es como si la mente racional enfocara con precisión los aspectos del gran escenario que le muestra la mente sensorial.

La capacidad imaginaria toma especial fuerza en ciertos momentos de la vida. Por ejemplo, en algunos despertares en los que el durmiente reconoce haber tenido una gran actividad onírica aunque se encuentra incapaz de construir un relato.

Por otra parte, quedamos gobernados por los sentidos en la contemplación de pinturas o en la audición de conciertos musicales. Si en ese momento un eventual compañero te preguntase porqué te gusta esa obra es muy probable que nos viniera mal contestar a semejante tipo de preguntas, dado que la mente está más ocupada por el disfrute sensorial que por las causas que lo provocan.

El escenario de este lenguaje es el cuerpo. Los niños suelen estar en esta clave casi todo el tiempo. Entienden poco el lenguaje conceptual hasta los seis o siete años.

Después se recuperan y ponen en marcha la racionalidad hasta la gran revolución bioquímica de la pubertad en la que vuelve a prevalecer el pensamiento sensorial. No tienen palabras para nombrar lo que sienten y además sienten las cosas por primera vez. Sin poder evitar pensar no sólo es su primera vez, sino que piensan que también es la primera vez que se siente en el planeta Tierra.

También se evidencia en momentos de shock en los que la persona piensa en colores, sonidos y sensaciones de la tragedia que acaba de experimentar pero no puede pronunciar un discurso. Es la constitución del trauma.

Y en general, todo lo relevante en la vida nos deja sin palabras. Lo que nos gusta, lo que nos hace aprender, las experiencias cotidianas que el inconsciente reconoce como adaptativas: experiencias de contacto, de construcción colectiva del conocimiento, de satisfacción física, sexual, de contemplación de la Naturaleza, el mero hecho de respirar junto a alguien… Nos conecta con el pensamiento filogenéticamente más antiguo: la mente sensorial.

Mientras que, por un lado, el pensamiento racional tiene aspiraciones de objetividad, orienta la atención al exterior y presume que la verdad es lo que ocurre afuera. Por otro lado, el pensamiento sensorial pertenece al terreno de la subjetividad, es fruto de la atención al interior y defiende que la verdad es lo que hacemos en nuestro interior con lo que percibimos que ocurre afuera.

Más que hacerlas competir, conviene poner a jugar todos los tipos de inteligencia que disponemos para articular nuestra adaptación al mundo.

 

PINTAR

 

Los tonos vivos de mi vida

se adhieren a las hebras

de los lienzos

que quiero adueñar

 

Quisiera mojar sus hilos

en jugo de vida, vivo

en los colores que mira el alma

en la luz

que no tiene más materia

que el reflejo en la retina

que no se ata al recuerdo

que no se deja atrapar

 

Quisiera jugar con la oscuridad

abrir profundos huecos

y pliegues que recogen

en los húmedos negros

el aliento de las cuevas

que aún están por descubrir

 

O pintar con ojos de tango

en noches oscuras sin luna

donde reina la vida engañada

los reflejos trémulos de mis dudas

con idioma horizontal

 

Quisiera pintarme el mundo

tatuado en mí

y yo misma

ser la piel

que se adhiere

a cada cosa

 

(Trinidad Ballester)

 

NOTAS

[1] Ver Noam Chomsky: (1996) Estudies on semantics in generative grammar. Paris, N. York: Mouton Publishers.

[2] Aristóteles dixit.

[3] Ver el Capítulo Uno del libro: La vida es imaginada (2013): Bernardo Ortín. Sevilla: Jot Down. Pg. 19ss.

[4] Bond, D.S. 1995. La conciencia mítica. Madrid: Gaia. Pág: 145.

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Los niños invisibles: Las lagunas del discurso de Angustias

Los niños invisibles: Las lagunas del discurso de Angustias

Ilustración: Vera Ortín

Descriptores.- El arte de interrogar. Entrevista Neurolingüística y Estratégica

Estoy en el aeropuerto de Madrid esperando un embarque a Asturias. No a toda Asturias, específicamente a Oviedo. Una muchacha debidamente ataviada y señalizada con sus credenciales me propone la siguiente conversación:

-¿Tiene usted Hispania Plus?

- ¿Como parte de mis capacidades o en el repertorio de mis comportamientos? –Le contesto yo-. Ella abre más los ojos y un poco la boca. Creo que está en un estado previo al estupor. Es el estado de crisis cognitiva ideal para aprender cualquier cosa, ya que en esos momentos la plasticidad cerebral es notable. Necesita saber algo más para darle sentido a lo que está ocurriendo y para ello afina su sistema perceptivo para quedar muy atenta. Desde su postura congelada me pregunta:

-¿Cómo dice?-. Yo le repito mi contestación anterior y ella empieza lentamente a caminar hacia atrás sin perder contacto visual conmigo. Regresa acompañada de dos policías que me piden que les acompañe. Yo lo hago y me conducen a un cuartito donde se produce la siguiente conversación:

-Agente, ¿hay algún problema?-. Le pregunto a uno de ellos.

-¿Algún problema con qué?.- Me contesta.

-Bueno como me han pedido que les acompañe, no sé si he cometido alguna falta.

-Y ¿qué tipo de falta podría haber cometido?

-No sé, se lo pregunto por si podría ayudarle de algún modo.

-¿De qué modo podría ayudarme? ¿Diciéndome qué?

-Pues no lo sé. Era por colaborar.

-Y ¿Cómo podría hacerlo? ¿Confesando qué?

-…

La conversación avanza por estos derroteros y como creo que todo tiene que ver con la vendedora de antes, al final les digo que me encamino a dar un curso de comunicación estratégica y simplemente estaba practicando con ella.

Uno de los agentes, que me trae recuerdos de los cuidadores de mi infancia, me explica que él por su parte, estudia gestión de conflictos y que cuando la comunicación entre personas se enturbia, uno acaba acusando al otro de maldad o locura. Y se atreve a diagnosticar que eso es lo que le pasó a la muchacha conmigo.

Creo que tiene razón, así que cuando la cosa se aclara me deja ir dándome un consejo: -Cuando necesite algo, haga peticiones directas. Dígalo claramente-. Creo que tiene razón. Así que le agradezco la sugerencia y me voy.

La vendedora sigue trabajando por el aeropuerto y al verme recupera su estado de pre-estupor, pero más moderado. Le sonrío levemente y me dirijo a mi puerta de embarque pensando en la diferencia entre los distintos estilos de comunicación. La que yo utilicé con la vendedora era del tipo estratégico que busca introducir una duda en el discurso de mi interlocutora. Sin embargo, el policía empleó conmigo la estrategia Mayéutica de la filosofía Socrática para que yo rellenara los huecos que dejaban sus preguntas.

 

El arte de interrogar es uno de los lenguajes persuasivos más relevantes en la práctica de la comunicación. La modernidad ha convertido la entrevista en un sistema de vaciado de datos del entrevistado para la cumplimentación de expectativas institucionales traducidas en formularios en los que el entrevistado es más bien examinado. La Mayéutica socrática abogaba por otra utilización de la entrevista[i] en la que primara la expresión del pensamiento más profundo por parte del entrevistado. En definitiva, generar las condiciones de posibilidad para que pueda clarificar su pensamiento.

 

¿El maestro debe llenar cubos o avivar llamas?

(Plutarco. 60 años D.C.)

 

En este sentido, la primera característica y a la vez, la primera limitación de la entrevista es la subjetividad del producto informativo. Es la técnica más adecuada cuando lo que interesa es la expresión de la subjetividad. Sobre todo, cuando queremos discursos subjetivos de individuos concretos, más que discursos colectivos cristalizados socialmente.

La entrevista apunta a la función emotiva real o fingida del entrevistado. Su actitud ante el contenido de lo que se aborda.

El yo de la comunicación en la entrevista no es un yo lingüístico sino un yo especular o social en el que el individuo se experimenta a sí mismo como tal[ii], pero no directamente, sino indirectamente en función del otro generalizado, del grupo social al que pertenece. Yo narrativo que cuenta historias sociales que incluye bosquejos del yo.

Voy navegando la vida

con un barquito pequeño

pero fuerte,

por un río, por un mar,

por un sendero de agua.

 

Y navego sin razón

y sin demora.

 

Navego sin poderlo evitar.

 

Tan sólo la razón

hace una tabla leve,

un timón,

y quiere guiar lo que navego.

 

Hace lo que puede.

 

Pero el ímpetu de las olas,

de las corrientes, de los vientos,

de las tormentas

y el fuerte material de mi balsa

con mis velas de sueños y deseos

son los que al final

llevan adelante la navegación.

(Trinidad Ballester)

 

La entrevista busca y extrae informaciones pragmáticas: Cómo los sujetos reconstruyen el sistema de representaciones sociales en sus prácticas individuales. Las preguntas adecuadas se refieren a comportamientos pasados, presentes o futuros, es decir, lo realizado o realizable. No sólo lo que el informante piensa sobre el asunto, sino cómo actúa o actuó al respecto. Se refiere al «decir del hacer». La entrevista da la producción de un texto en un contexto.

No es un sistema de recogida de datos, ni de recogida de discursos. Como si los datos o discursos pudieran existir por sí mismos. El discurso sólo puede entenderse en la interacción con los sujetos y con la sociedad. La entrevista es un constructo comunicativo y no un simple registro de información.

 

Son las preguntas las que crean las respuestas. La epistemología moderna se ocupa de generar buenas preguntas.

(Gregory Bateson)

 

Toda comunicación implica un compromiso y define una relación. Es decir, no sólo transfiere información, sino que a la vez impone conductas. Lo esencial es lo que queda antes y después de la palabra pronunciada.

 

[i] Consultar el libro de Oscar Brenifier (2011): Filosofar como Sócrates. Valencia: Diálogo.

[ii] Mead, G. H. (1928): Espíritu, persona y sociedad, Paidos, Buenos Aires, 3.a ed. 1972.

 

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Los niños invisibles: Si no tienes suficientes problemas siempre puedes contar con la familia.

Los niños invisibles: Si no tienes suficientes problemas siempre puedes contar con la familia.

Ilustración: Trinidad Ballester.

Descriptores: Paradojas y Psicotrampas: Proponer acuerdos en el fragor del combate.

Ring, ring, ring,…

  • ¿Diga?
  • Mamá soy yo…
  • Uy, nena te estaba llamando porque la radio dice que en tu pueblo ¡¡está nevando!!
  • Sí, es por eso que te llamo…
  • Y es que como tú no oyes la radio ni nada, te llamaba para decirte eso: que está nevando pero que el tiempo va a cambiar mañana. A mí me gusta mucho oír la radio, hace mucha compañía. No comprendo que haya gente que no le gusta: hacen tertulias, ponen música y de muchos tipos ¡eh! Clásica, moderna, de esa de… ¡Ay de esa!… ¡¡¡Uy qué rabia me da no acordarme de las cosas, oye, de esa de Ay, ME DA UN CORAJE NO ACORDARME DE LO QUE QUIERO DECIR, UY OYE, DE VERDAD!!!
  • Mamá ¿Por qué dices “ni nada”?
  • ¿Qué?
  • Has dicho que no escucho ni la radio “ni nada”…
  • ¿Yo?
  • Sí acabas de decirlo en este momento
  • ¿Qué?
  • Acabas de decir…
  • ¿Qué? Tu teléfono va mal, no se oye nada, te voy a regalar un teléfono. ¡Oyeee, oyeeee…!
  • Mamá recapacita, ¿por qué has dicho…?
  • Pues no me acuerdo, no sé… ¿y la nena qué? ¿Ha ido al cole? Con el frío que hace. ¡Ah! Pues el periódico dice que van a sacar una colección de la vida como era antes, de la ciudad antigua, ¿Quieres que te haga la colección? Yo te voy recogiendo los fascículos y te los llevo los martes a casa si quieres.
  • Bueno ¿si quieres?…
  • ¿Si quiero qué?
  • Que si quieres que hagamos la colección de fascículos.
  • Bueno, si tú quieres la hacemos, pero ahora quería decirte otra cosa más importante…
  • Mamá te estoy siguiendo a ti la conversación y ahora parece que sea yo la que quiere hacer lo de los fascículos.
  • ¿Qué fascículos?
  • Mamá los que tú acabas de decirme
  • Qué sí nena, que haremos la colección, no te preocupes cariño.
  • ¡¡¡MAMÁ!!!
  • Ay cariño, qué mal carácter tienes.
  • ¡¡¡¿Yo?!!! ¡Bueno mamá es lo que me faltaba por oír: te llamo yo para decirte que está nevando y me lo tienes que decir tú porque lo has oído en la radio, cuando yo creo que lo relevante es que te lo diga yo que es la que está en medio de la nieve y no tú que lo estás oyendo en la radio!
  • Mira cariño te quiero proponer una cosa: Quiero que de ahora en adelante hablemos de un modo más civilizado, que nos escuchemos más y no nos interrumpamos para hablar, que cada una tomemos en cuenta lo que dice la otra, que seamos más positivas en las conversaciones. No te enfades pero yo te he contado eso porque lo han dicho, de verdad que lo han dicho, han dicho que está nevando en tu pueblo y te lo he dicho porque creí que te haría ilusión saberlo.
  • No mamá, te hace ilusión a ti decírmelo y ni siquiera recuerdas que he sido yo la que te ha llamado a ti para decírtelo porque estoy yo bajo la nieve de la que habla la radio, disfrutando de ella hasta que se me ha ocurrido la mala idea de contártelo. Y me considero una persona muy positiva.
  • Y qué más da quién haya llamado, no me gusta que seas envidiosa por cosas tan tontas. Además, ya veo que no quieres aceptar mis propuestas.
  • Mamá luego te llamo, que se me está quemando algo en el fuego.
  • Vale nena, como tú quieras.

 

No hay nada más extraño y lejano para uno mismo que ciertas conversaciones con la propia familia. Quizá sea un mecanismo que la Naturaleza tiene previsto para recordarnos que la misión de los hijos consiste en independizarse de los padres. Un aprendizaje profundo arraigado en el código epigenético. Se refiere a ese comentario tan repetido que dice: Nos queremos mucho sí, pero no podemos estar juntos demasiado tiempo, ni conversar en profundidad.

La dificultad en la relación familiar no está motivada necesariamente por ningún acontecimiento adverso. Sin que haya ocurrido nada negativo, las personas pueden construir dificultades existenciales. La forma lingüística que utilizamos para representarnos la realidad puede construir conflictos inexistentes hasta entonces.

La Pragmática de la comunicación estudia algunos atolladeros en los que se ven envueltos los hablantes. Ciertas formas de hablar que contraponen lo que decimos con lo que sentimos, o ponen en desacuerdo lo que deseamos con lo que hacemos. Funcionan como un hechizo que congela el pensamiento y desconecta la reflexión de la acción.

Como nos enseñó McLuhan en los años sesenta, el lenguaje crea realidad. En consecuencia, nuestra experiencia del mundo cambia de aspecto después de ser pensada y especialmente, después de ser textualizada. La realidad se transforma con el uso de la palabra y ello explica que haya personas que ante la misma adversidad ven oportunidades de aprendizaje, y otras solo perciben dificultades paralizantes.

En consecuencia, la construcción de la realidad se proyecta en el plano lingüístico y cuando el pensamiento que construimos está en desacuerdo con la experiencia que tenemos de la realidad, nos metemos en problemas. Una de estas paradojas lingüísticas o psicotrampas se refiere a la costumbre de proponer acuerdos en mitad del fragor del combate.

Al margen del ámbito familiar, esto se ve lamentablemente en muchos debates televisivos. Los contertulios niegan continuadamente el argumento del adversario, lo rebaten empleando la adivinación, es decir, sin haberlo escuchado prácticamente y cuando están emocionalmente bien enfrentados, en ese preciso momento, uno de los dos propone la solución de concordia, acusando al otro de intolerante si no acepta el acuerdo. Demasiado tarde, pensará intuitivamente el interpelado, en otro momento hubiera aceptado con gusto, pero con el enfado que tengo ahora me resulta mucho más difícil. La diana queda así disponible para ser aseteada por acusaciones de dogmatismo, intolerancia y negación para llegar a acuerdos. Todo ello reconfigura la distribución de poder en la discusión.

 

Mi voz se pierde

en un océano de circunstancias

(Trinidad Ballester)

 

El lenguaje sirve para afectar las cadenas musculares de los hablantes, y en consecuencia, para modular sus emociones. Después y con un poco de suerte, viene el intercambio de ideas. Pero si lo observamos con atención, muchas conversaciones se quedan en la primera fase, es decir, con lo que tiene que ver con la calibración del propio estado emocional y el del contertulio.

El contexto familiar es una gran fuente de aprendizajes en el campo que estamos comentando. Más allá de las buenas intenciones, que a veces consiguen los peores resultados, la familia pretende que la persona habite un estado conocido por esta para perpetuar la estabilidad, criterio mayor del mantenimiento de la misma.

Y es por eso que, si consideras que no tienes suficientes problemas en la vida, siempre puedes contar con la familia.

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Los niños invisibles: María del Mar de dudas

Los niños invisibles: María del Mar de dudas

Ilustración: Trinidad Ballester.

Hay una parte en mí muy veloz. Tiene un discurrir errático aparentemente gobernado por un caos que se desliza de una idea a otra sin ninguna lógica. Es capaz de alternar pensamientos, combinar voces, mezclar imágenes y sensaciones desde las que se destilan nuevos propósitos. Esta parte de mí ama la mixtura. Inicialmente parece superficial y, sin embargo, puede dar lugar a experiencias estables y profundas. Es adolescente, dispone de una voz aguda y ligera, se dedica a emprender proyectos y pasiones, aunque sobre todo busca un lugar en el mundo.

Otra parte de mí se sobrepone con energía a todo tipo de adversidad. Ante cada dificultad solo ve oportunidades de solución. No cede ni se desalienta jamás, desconoce la derrota, es colaboradora, desea agradar y a veces roza la euforia. Es una parte muy antigua, viene de la infancia, de la época en la que quería por encima de todo gustar a mis mayores y alberga una memoria mucho más antigua que mi propia vida: recuerda lo que hacen los niños desde siempre para gustar a los adultos y lograr así que los lleven consigo durante las travesías de la tribu por selvas y desiertos. Su mirada es limpia y de ojos abiertos. Esta parte me recuerda que a veces el clan debe estar por encima de cada uno de los individuos.

Tengo otra parte despiadada. No conoce la compasión, solo el dominio, la jerarquía y el poder. Esta parte es peligrosa porque haría lo que fuera para conseguir lo que se propone. La temo porque las escasas veces que me gobierna me convierte en una persona violenta y peligrosa. Cuando percibo su presencia tengo que mantenerla en bajas dosis porque tiende a lo sombrío. Me aporta satisfacciones difíciles de explicar. Aunque es la parte que me abre a lo público también es la anfitriona de mi soledad. Me conecta con mi fuerza para la toma de decisiones colectivas, ama el poder y es mi parte más astuta. Quizá debutó en mí hacia los once años de edad, con el inicio de las grandes preguntas filosóficas y existenciales.

Alternativamente visito otra parte que me desliza hacia la languidez, es la anfitriona de mi pulsión de muerte, pero se detiene un poco antes de llegar a ella quedándose en una paralizante melancolía. Esta parte funciona como si quisiera enfermar para que el mundo se apiade de mí y me trate con indulgencia. Más que al mundo, me refiero a los que me quieren, en realidad a los afectos de mi infancia, o mejor, la impronta que dejaron en mi memoria. Es mi estado más dañino y debilitante. Me dura muy poco, es casi una insinuación que autocensuro desde la raíz de su intención.

Finalmente, mi parte más lúcida intuye que en el fondo vivir es aprender a despedirse. Esta parte sabe que toda experiencia se dirige a su final, que toda acción se encamina a la muerte. Es mi parte más sabia, es madura, realista y sobre todo, profunda como el fondo del océano. Es muy activa, me lleva de la mano a mi capacidad para el compromiso, aunque debo tener cuidado con ella porque me llena de trabajo, es la entrenadora de mi rendimiento y productividad, como si quisiera aprovechar el tiempo al máximo.

Pero entonces, ¿quién soy yo en realidad? Me paso el tiempo visitando a mis distintas personalidades, lo cual me hace entrar en serias dudas acerca de qué es lo cierto y lo falso. Acabo por no saber quién soy y qué parte me representa mejor.

Además, cuando viajo de una parte a otra, en el preciso momento del tránsito, experimento crisis de identidad.

Somos la memoria que tenemos de nosotros mismos. Nuestra identidad depende de la síntesis que somos capaces de destilar acerca de nuestra experiencia del mundo en un momento determinado.

El discurso intenta apresar lo que sentimos como si tomara al vuelo las palabras que intuye más adecuadas para expresarlo, aunque la satisfacción nunca es completa. La palabra no da cuenta enteramente de la realidad experimentada. En esto radica la insatisfacción del hablante cada vez que termina un discurso, en que no puede expresar la totalidad de lo que realmente siente, porque la identidad se compone de distintas partes o polaridades que entran en juego en cada experiencia.

Cuando atrapo
en palabras con ritmo
la cadencia de mi melodía
la poesía ocurre
aunque no la escriba

(Trinidad Ballester)

A menudo, la persona se centra demasiado en una parte de sí mismo olvidando las otras. De este modo se polariza y  tiende a confundir la parte con su propia identidad. Por ejemplo, si fuma asiduamente acaba pensando que es fumador, o si ocasionalmente se deprime, sospecha que es depresivo.

Cuando dos o más aspectos de la personalidad aparentemente contrapuestos insisten en abrirse paso en nuestra conciencia significa que ambos tienen una participación en el sostenimiento de la vida.

Y es que todo lo cierto es paradójico (1). La realidad tiene al menos dos caras, aunque normalmente tiene más. Enfocar la realidad así puede ayudarnos a convertir la adversidad en aprendizaje. Es necesario encontrar nuevas formas de armonizar contrarios, ya que la forma de integrar paradojas supone el acceso al supercontenido (2).

De lo contrario, convertiremos las paradojas en dilemas (3). Esto ocurre cuando nos identificamos totalmente con una parte y descartamos la otra. El problema de los dilemas es que nos dejan paralizados ante las opciones, congelados delante de ellas, contemplándolas sin poder actuar. Lo desgastante del dilema no es tener dos opciones de conducta, lo cual es inicialmente beneficioso, sino la parálisis que experimentamos ante la imposibilidad de emprender la acción, que es precisamente lo que resuelve la contradicción.

Con frecuencia vivimos disociados de nosotros mismos, desalojados de nuestro propio interior hasta desconectar del propio sistema de percepción que nos indica lo que nos va mejor y lo que no nos favorece. En este sentido, comemos lo que no nos conviene aunque seamos conscientes de ello, no hacemos el ejercicio que sabemos que deberíamos hacer o confiamos más en un diagnóstico externo que en el conocimiento que tenemos de nosotros mismos.

En estos tiempos se hace necesario discutir los matices, más que elegir previamente la opción general y ser fiel a ella. De otro modo no podremos afrontar debates que son complejos y que solo se pueden encarar desde la integración de polaridades contrarias.

Por ejemplo: ¿estamos a favor o en contra de los fármacos? ¿Somos partidarios o detractores de las vacunas? ¿Y de los antibióticos? ¿Defendemos las guarderías y escuelas como buenas instituciones educativas o es mejor la educación sin escuela? ¿Qué preferimos la medicina alopática o la homeopática? ¿La medicación química o la suplementación con productos naturales?

Los dispositivos del poder procurarán animar el fragor de la polarización para posponer el acuerdo, y con ello se clasifica a las personas en pro y antivacunas, pro y antiescuela… Sin embargo, es preciso rescatar los aspectos concretos, recuperar los procesos vitales en los que se encuentra el debate. En definitiva, acudir al escenario concreto en el que se desarrollan los hechos. Por ejemplo, estamos normalmente a favor de la investigación en materia de salud, sin embargo y a la misma vez, entramos en contradicción, porque una parte de nuestra conciencia sabe que estamos también apoyando casi exclusivamente la investigación y el desarrollo de fármacos esponsorizados por las grandes firmas de la industria. Estamos también apoyando la acción iatrogénica del propio procedimiento curativo. Entonces ¿estamos a favor de la investigación o no? También sabemos que la ciencia sirve para combatir la verdad revelada mediante la fe. Excepto cuando no lo hace y se convierte en la nueva religión.

Podemos concebir la escuela como un artefacto de adiestramiento de la docilidad de los cuerpos. Por otro lado y a la misma vez, debemos reconocer que la escuela ha sido uno de los mejores dispositivos de promoción social que se conocen.

La cuestión es reflexionar sobre qué escuela, qué tipo de investigación, qué límites de mejora nos imponemos. Si cosificamos los procesos de debate los paralizaremos mientras el inmovilismo vuelve a vencer. Cuando alguien empieza a matizar sobre algún aspecto de la realidad, la estrategia del oponente suele consistir en reducir el argumento a un corpus doctrinario e ideológico, preferiblemente a una etiqueta. En este momento hay que recuperar discursos complejos analizados desde la práctica  y ponerse a favor de los matices.

Del mismo modo, cada parte de nuestra identidad nos ayuda a defender la vida por rechazable que parezca. Los debates terminan cuando en realidad deberían comenzar, con la exposición de las partes en conflicto. Necesitamos recurrir a nuestro propio sistema de discriminación que nos permite saber cuándo es mejor una u otra polaridad. Porque hay contradicciones solo aparentes porque ambas tesis son ciertas al mismo tiempo.

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(1) Historia íntimamente relacionada con mi propio artículo: «De la paradoja al dilema. Publicado en el monográfico de Jot Down nº 10 sobre fobias y filias».

(2) Parafraseando parcialmente a Marshall McLuhan (1997). El medio es el mensaje. Editorial Paidós.

(3) Consulta la Teoría de la comunicación humana, de Paul Watzlawick, publicada en (1976). Barcelona: Herder.

 

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Los Niños Invisibles: Los Plazos de Lucía, o la Costumbre de Posponer lo que Tememos

Los Niños Invisibles: Los Plazos de Lucía, o la Costumbre de Posponer lo que Tememos

Ilustración: Trinidad Ballester.

No hay ninguna prisa. Tienes todo el tiempo del mundo durante los próximos cinco minutos para hacer tu elección.(Milton Erickson. La ilusión de alternativas).

Cuanto más tardes en escucharme será peor, ¿Crees que para mí es agradable hacer esto? Siempre te digo lo mismo, pero ¡como nunca me haces caso!…

¿Que no me puedes atender ahora? De acuerdo, puedo volver más tarde… pero si espero que seas tú quien me llame, ya puedo esperar sentado, llevamos años así… ¡Vale, ya me largo! Pero antes déjame decirte algo. ¡Siento tanto que tiembles cuando aparezco, lamento que sientas ese terror! Me duele que huyas.

Siempre me dejas con la palabra en la boca… no te estremezcas, solo que si no te lo digo reviento. Tienes que detenerte a pensar las cosas y además es mi obligación, estoy aquí para eso… Pero ¡espera!…

Te conocí cuando tenías cinco años, estabas en el comedor de la casa, tu tío te había llamado para que saludaras a unos vecinos, acababas de llegar del colegio y, aunque todos sonreían, la situación te pareció solemne. Tu tío te pidió que dijeras tu nombre, entonces enmudeciste, simplemente lo olvidaste, permaneciste allí de pie ante aquellos extraños examinadores. Su orden operó ese milagro en ti: una catatonia incapacitante que te impedía recordar qué querías decirle cuando hablabas con él. Yo intenté ayudarte, te decía tu nombre, te lo susurraba bajito detrás a la oreja… Lucía, Lucía… A ti te pareció que sufrías una alucinación, que estabas oyendo voces, ¡hasta yo mismo me asusté viendo tu cara! Y ese fue nuestro primer encuentro.

Desde entonces te dedicaste a esquivar cualquier contacto conmigo. Siempre me consideraste como tu enemigo. Pero el asunto se complicó: primero evitabas las eventuales ocasiones, después otras situaciones previas que acababan en una posibilidad de contacto y así, poco a poco, te fuiste alejando. Al final aprendiste a vivir sin exponerte, a evitar todo riesgo, y justamente eso es el origen de tu sufrimiento, cuando yo lo único que quiero es ayudarte.

Me morí muy joven y os abandoné a ti y a tu madre demasiado pronto. Me quedaron muchas cosas por decirte, muchos mensajes de amor interrumpidos que quedaron vagando por el aire sin encontrar un punto de destino. No pude despedirme de ti y poco a poco el amor fue sustituido por el miedo. Todo fue abrupto y prematuro, nadie pudo prepararse y una parte de ti decidió intuitivamente que habitara tu cuerpo, que me constituyera en tu memoria, en realidad soy tu temblor. Por eso vuelvo cada instante que puedo, cada vez que te veo sola.

Mi aspecto fantasmal monstruoso, que evitas cada noche en tu habitación o cada momento en el que quedas sola, es el resultante del número de veces que me apartas de ti.

Aplazar asuntos es un modo momentáneo de omitir información (1). Supone un mecanismo adaptativo básico que tenemos para gestionar la realidad. Normalmente pensar sirve para reducir la ingente cantidad de información que el mundo nos proporciona y necesitamos priorizar, posponer e incluso olvidar algunos asuntos. Hay cosas que se arreglan en el cajón de los temas olvidados. Tiempo después y al revisar el escritorio recuperamos aquello que olvidamos arreglar, mejor dicho, temas que solucionó el tiempo. En definitiva, aplazar es una tarea normal en el ámbito de la planificación. La dificultad sobreviene cuando abusamos de esta estrategia.

Los secretos tienen que ver con este aplazamiento. El mensaje vergonzante se aloja en la cripta, la parte de la memoria subconsciente más oculta, que custodia la información delicada. Sin embargo, el ser humano no está diseñado para olvidar de modo permanente. Con el tiempo, el secreto sale a pasear manifestándose en forma de actos fallidos o lapsus lingüísticos (2). Es decir, que el secreto se convierte en fantasma y en ocasiones realiza su travesía y se manifiesta en el gesto incongruente de su anfitrión, en la interrupción de su respiración y en movimientos corporales anómalos de la persona que delatan la ocultación.

Posponer es vecino de olvidar. Aplazar lo que nos da miedo acrecienta el temor, porque nos lo saca de la imaginación y normalmente los problemas en la vida vendrán del área negada, olvidada o pospuesta.

Se pueden aplazar tareas concretas e incómodas como planificar la asistencia al gimnasio para el inicio del curso próximo. Pensar en ponerse a estudiar para los exámenes a partir del mes que viene. Jurarnos a nosotros mismos que tenemos que dejar el tabaco, pero no ahora mismo con el lío de ocupaciones que tenemos, sino más adelante. Y también se pueden aplazar asuntos como conocer la parte de nosotros mismos que más nos asusta.

Lo aplazado se deforma y se monstruiza, y eso ocurre porque va creciendo sin nuestra supervisión cotidiana; cuando se manifiesta lo hace con las transformaciones que le ha dado el tiempo y eso lo hace irreconocible para nosotros porque ocurrieron a nuestra espalda alimentando nuestra Sombra (3).

Entre el mar
de las voces
desconocidas
se eleva
como una plegaria
hacia las ventanas
oscuras
donde su lamento
solivianta
el sueño.

(Trinidad Ballester)

En ocasiones, utilizamos comportamientos que posponen el contacto con lo que tememos. Estos trances hipnóticos negativos nos sirven para evitar tomar contacto con lo que tenemos que resolver. Este es el patrón básico de muchas adicciones: una desviación de la atención de lo esencial a lo secundario porque posponer tiene que ver con la sensación de no estar preparado para afrontar lo importante. Es como si prefiriéramos poner toda la atención en una afición banal, en lugar de conocernos a nosotros mismos, o de estar en contacto con la experiencia profunda que tenemos del mundo, o de compartir la vida con los nuestros. Algunas personas prefieren trabajar hasta la extenuación, o consumir sustancias tóxicas, o seguir desaforadamente a ídolos del deporte, antes que afrontar un tiempo de contacto consigo mismas.

En consecuencia, el proceso de solución pasa por integrar lo olvidado, por exponerse a lo temido en las dosis adecuadas. En definitiva, por evitar evitar situaciones de riesgo. También puede ser útil representar lo que nos atemoriza: escribir sobre el propio objeto temido, pintarlo o esculpirlo, de modo que podamos externalizarlo. Imaginar primero y experimentar después (4). Sostener la situación que nos asusta, en las dosis adecuadas, es el objetivo contra el aplazamiento que se torna interminable. Porque, como decía el clásico aforismo romano de medicina: «El veneno no es la sustancia sino la dosis».

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(1) Generalizar, Eliminar y Distorsionar son las tres operaciones psicolingüísticas que realizamos para elaborar mapas de la realidad. En Bandler. R.; Grinder, J. (1994): La estructura de la magia. Vols. I y II. Santiago Chile: Cuatrovientos.

(2) Schützenberger, A. (2002): ¡Ay, mis ancestros!. B. Aires: Edicial.

(3) Bly, R. (1994): Iron Jhon (Juan de Hierro). Madrid: Gaia.

(4) Ortín, B. (2013): La vida es imaginada. Sevilla: Jot Down.

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Los Niños Invisibles: La Vida de Dolores

Los Niños Invisibles: La Vida de Dolores

Ilustración: Trinidad Ballester.

Dolores tiene una idea nítida acerca de cómo debe ser su familia, su relación de pareja y la forma sincera de hablarse entre padres e hijos. Se ensimisma con este monólogo interno y lo piensa y repiensa continuamente. Ni siquiera le hace falta que ocurra lo que sueña, parece que tiene bastante solo con pensar en todo esto.

Escucha en su interior las voces armoniosas de su familia reunida. Es como una sinfonía que la llena de paz. Le abre paso a una serenidad en la que suspende momentáneamente la respiración, lo que no experimenta con ninguna otra cosa que le suceda.

Cuando piensa en esta vida que anhela, tiene una sensación en la boca del estómago que se expande a oleadas, mientras piensa en lo que cada uno debe hacer, decir y cómo deben comportarse.

En realidad no hace nada por construir esta vida ideal. Suele ser reservada y contenida. No actúa porque le da miedo estropear su sueño. Aspira a ese momento ideal en el que todo esté bajo su control o que por lo menos tenga la máxima seguridad sobre ello.

Y el caso es que a veces tiene experiencias muy similares a lo que desea. Son ocasiones en las que su familia se reúne en un ambiente sincero y desenfadado. Momentos en los que las voces se entremezclan melodiosamente. Reuniones en las que todos se comportan de un modo agradable.

Entonces, en lugar de alegrarse le inunda la nostalgia, echa de menos su propia idea y en medio de la reunión dice que le gustaría que todos estuvieran más unidos y crearan un clima de confianza y amor, tal y como ocurre en su pensamiento. En esos momentos aprieta los puños de rabia, se echa a llorar y pide a toda la familia que la deje sola y en paz. Y así suele dar por finalizadas las reuniones familiares.

Ella dice que es perfeccionista, pero en realidad lo que le ocurre es que no puede actuar hasta no estar completamente segura de lo que va a hacer.

El aprendizaje se produce con el contraste entre las evidencias que recibimos del exterior y las referencias internas que tenemos acerca de las cosas. Nuestra atención viaja continuamente hacia afuera y hacia dentro para contrastar ambos campos. Podríamos decir que, en realidad, no conocemos la realidad sino que la reconocemos cuando lo que percibimos se parece a nuestras imágenes previas y preconceptos del mundo.

El hombre es tan perfectible y corruptible que puede volverse loco mediante su razón.

(Georges Lichtenberg).

El predominio de la atención al exterior pretende objetividad. Sin embargo, su abuso genera dificultad en la producción de sentido, por fallo o carencia de la propia versión de la realidad.

Por el contrario, la prevalencia de la atención al interior o percepción subjetiva, impone el propio pensamiento a lo que está ocurriendo en el exterior. Y es que, como dijo Aristóteles, la costumbre de creer impide a las personas observar lo que ocurre.

En ocasiones, el razonamiento permanente y circular, así como la puesta en duda de todas las hipótesis nos lleva a una racionalización extrema de lo que debería ser resuelto por las sensaciones o las acciones. Tal es el caso de quien duda sobre su orientación sexual y pretende resolverlo mediante su raciocinio, antes de iniciar cualquier experiencia en este sentido.

Recuerdo alguna ocasión en la que estaba de visita en casa de mi abuela, entonces llamaron a la puerta y ella me dijo:

—¿Quién será a estas horas? Yo no espero a nadie.

Solo la experiencia puede resolver estas dudas. Experimentar la sexualidad y abrir la puerta para ver quién llama.

Este cogitocentrismo (1) que constituye la prevalencia de la inteligencia racional tiende a congelar el ámbito emocional y a aplazar la experiencia.

Después de la muerte (corto diálogo de origen zen):

—Maestro, ¿Qué le llega al hombre inteligente tras la muerte?
—No lo sé.
—¿No sois un hombre inteligente?
—Sí, pero no estoy muerto.

Carrière, J.C. 2000: 152 (2).

El pensamiento rico en alternativas no es un problema, al contrario, sitúa los límites de lo que podemos hacer y nos aporta ideas para solucionar las cosas que nos preocupan.

El sufrimiento sobreviene cuando pretendemos controlar toda nuestra vida mediante la reflexión y el análisis. Contener el mundo con el pensamiento (3). Es posible que este sea uno de los peores desórdenes de la civilización.

Lo que enfocamos momentáneamente con la conciencia es solo un punto en el mapa y pensar que podemos abarcar la realidad enfocando un elemento es una falsa  ilusión.

Es interesante analizar qué tipo de fuerza puede enfrentarse a la acción tan eficientemente como para inhibirla. Teniendo en cuenta que la acción es un mandato biológico incesante y que los bebés lo tienen como algo imperativo. Entonces, la pregunta es: ¿qué puede ser tan potente como para impedir la acción?

Podemos buscar explicaciones y reflexionar a qué se debe este fenómeno. ¿Quizá a cierta exigencia genealógica de satisfacer a los ancestros? O bien ¿miedo a estropear algo por una acción alocada?

En cualquier caso, el síntoma tiene que ver con esto: con una inhibición de la acción. La psicoterapia breve y estratégica aboga por la necesidad de volver a la acción, de retomar el contacto con el exterior, de comprobar las hipótesis mediante su experimentación en lugar de su reflexión.

También tiene relación con el mito de la pureza, con lo inmaculado del pensamiento, antes de ser maleado con la acción. Con que la realidad no salpique el mundo de las ideas. Una versión deficiente del platonismo que defiende que la realidad más fiable solo está en el interior del sujeto.

Ya pasa el momento
ya se van los días
de la oportunidad
renovada al renacer
inefable de la muerte

Ya se cierran las puertas
poros húmedos
que quiso abrir la esperanza
Como se desgaja una grieta
como un pozo horizontal
al que asoman las horas taladas
como un viento fuerte
que ha soplado
esta vez en frío.

Ya se cierran los días
de la oportunidad.

(Trinidad Ballester).

Notas:

(1) «Cogito ergo sum» («pienso, luego existo»), principio filosófico de Descartes.

(2) En Cuentos que curan (2005) Bernardo Ortín. Ed. Oceano-Ambar. Barcelona. Pág. 84.

(3) La ilusión de controlar todo lo que ocurre en el mundo con el pensamiento. Primer hechizo descrito en el mismo libro. Pág. 81.

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Los Niños Invisibles: La Congelación de Efraín

Los Niños Invisibles: La Congelación de Efraín

Ilustración: Noche helada, de Trinidad Ballester.

Efraín no hacía ningún esfuerzo por caer bien. No es que fuera antipático, pero nunca veía a nadie ni se dirigía intencionadamente a ninguna persona, derramaba despistadamente la sopa encima de cualquiera que se encontrara en su camino y tropezaba indolente con las sillas y muebles que encontraba a su paso.

Para sus compañeros era irritante, aunque siempre acababan dejándolo por imposible. Ni siquiera le afectó la paliza de recibimiento que le dieron los primeros días que llegó al orfanato. Tendría entonces ocho años y no parecía que sintiera dolor. Estaba muy centrado en el momento presente, lo cual, por cierto, es un estado muy buscado en diversas escuelas espirituales. Otro modo de decirlo es que tenía un tiempo de atención muy corto y eso le dificultaba el aprendizaje.

Por supuesto que su desconexión con la escuela era total. Ni siquiera encajaba en ningún diagnóstico de inadaptación al colegio: ni trastorno de la atención, ni absentista, ni fuguista, ni negativista desafiante, ni nada parecido. No es que se escapara del colegio, es que vivía al margen de él, nunca asistía.

Se sentía cómodo permaneciendo quieto mientras el otro intentaba el contacto, normalmente sin conseguirlo. Excepto cuando en alguna rara ocasión sí lo lograba.

Su posición vital era entre diletante y escéptica. Sus faltas generalmente por omisión. De aspecto sombrío, parecía llevar un cartel en la cara que decía: «Mantenga la distancia de seguridad».

El contacto le suponía un gran esfuerzo. Más que al tenis obligaba al otro a jugar al frontón. En general, lo que más le gustaba de cualquier reunión era irse.

Muchas personas quisieron compartir cosas con Efraín, enamorarse de él y enamorarlo. Pero nunca abandonó ese estado de congelación.

No sentía el dolor, o por lo menos no hacía acuse de recibo de él, era como si se lo negara a sí mismo. Tampoco tenía grandes sufrimientos, era de una estabilidad similar al pedernal, aunque sabía disfrutar de su tiempo libre y de hacer cosas banales.

De mayor sufrió una demencia que le dejó en-si-mismado.

El ser humano dispone de tres respuestas básicas ante la adversidad: el afrontamiento, la huida o la congelación. Estas reacciones se instalan a muy temprana edad en el catálogo de comportamientos. Desde la infancia se elige la prevalencia por alguna de ellas. Lógicamente no se trata de una lealtad total, estamos hablando de líneas de propensión y es importante conocer el tipo de respuesta que la persona suele dar ante el infortunio porque esto indica el modo en que construye sus patrones de construcción de dificultades y soluciones.

Pero ¿por qué empleamos una de estas reacciones aunque a veces no sea la más eficiente, llegando a repetir el comportamiento que más nos hace sufrir? ¿Por qué insistimos en algo que sabemos que no funciona? (1). Normalmente lo hacemos porque funcionó en el pasado, especialmente en los primeros años de la infancia.

Imaginemos que un niño acude a la llamada de su padre o su madre que lo esperan con los brazos abiertos. Imaginemos que, de repente, el adulto baja los brazos y mira hacia otro lado desconectando del niño. Esto puede ocurrir porque algo llama poderosamente la atención del adulto. Por ejemplo, porque muere el padre o la madre de alguno de ellos, o porque una desgracia repentina irrumpe en la vida familiar como la necesidad inminente de salvar la vida por guerra o persecución, o porque una grave crisis exige el exilio.

Ante esta situación emergente se producen dos fenómenos que configurarán la propensión a la respuesta que el niño tendrá en el futuro.

Por un lado, se produce la interrupción de un proceso de vitalidad, lo cual hace que siga repitiéndose hasta obtener un desenlace. Cualquier movimiento de vitalidad interrumpida está condenado a repetirse hasta que concluya. No es fácil abordar un ciclo de necesidad determinado si no se satisfacen previamente otros relacionados con necesidades más básicas (2).

Por otro lado, se requiere por parte del niño alguna de las tres posibles respuestas comentadas más arriba ante esta experiencia frustrada:

La primera es el afrontamiento, que se convierte en petición insistente si no recibe respuesta. Si aun así no le responden, seguirá insistiendo y si la situación de silencio persiste es muy probable que se la pida a los adultos que vaya encontrándose en su vida. Es el caso de las personas que piden inconscientemente a sus parejas que sean la madre o el padre que no les contestó. Lo cual les generará no pocos problemas de comunicación.

La segunda respuesta es la huida. El comportamiento que imprime para el futuro es el abandono ante la dificultad. También la creencia de que las relaciones con adultos son confusas y lo más conveniente ante el estrés es dejar el escenario. Esta respuesta es del tipo: «sálvese quien pueda».

La tercera respuesta es la congelación. La incapacidad para responder cuando la vida presenta estímulos significativos, ya sean satisfactorios o estresantes. Este hechizo en el que queda el sujeto le invalida para contestar y la intención protectora a la que obedece es evitar el sufrimiento.

A veces, la palabra no es la mejor medicina en estos casos. Especialmente cuando es meramente discursiva y está desconectada de la experiencia.

Por eso, cuando otras personas intentan descongelar a Efraín, él se resiste. No lo desea porque ¿qué le espera si se descongela? De nuevo el abandono genérico que constituyó la impronta.

A veces
una nimiedad
requiere
la fuerza
de un acto heroico

A veces
vivir
o respirar
son un esfuerzo
más grande
que subir
las altas cumbres.

A veces
los hombros
no parecen
poder con lo que llevan

(Trinidad Ballester)

Notas:

Uno de los hechizos psicolingüísticos en el que caemos: insistir en lo que sabemos que no funciona. Descrito en Cuentos que curan (2005). Bernardo Ortín. Barcelona. Editorial Océano-Ámbar. Pág. 102ss.

«Primum vivere deinde philosophare». Frase que se atribuye a Hobbes, aunque no está clara su autoría.

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Los Niños Invisibles: El sueño de Ascensión

Los Niños Invisibles: El sueño de Ascensión

Ilustración: Vera Ortín Ballester

Me duermo con esa sensación en mi pecho que se expande por todo el cuerpo. Siento un ahogo que anuncia un peligro inminente que amenaza mi vida, pero no sé a qué. Anochece, la luz del mundo se apaga mientras se enciende la de la pantalla de mi imaginación.

No recuerdo cuándo se instaló en mí esta sensación. Diría que convivo con ella desde siempre. Tiene aspecto de alienígena que me ocupa entera y pensando en ella, mi sueño vuela bajo el radar de mi conciencia y al olvidarlo me vence y duermo.

Comienzo a soñar. La presión en el pecho me acompaña. Viajo al recuerdo de hace unos días en el que siento lo mismo. Estoy con mis alumnos en el aula, es principio de curso y temo que mi sensación avance y no pueda continuar la clase. No sé cómo evitarlo, no sé qué hacer, me aterra perder el control. Mis alumnos me miran, creo que están algo preocupados pero no dicen nada.

Mi memoria olvida ese episodio y me disocio de mí misma, vuelo hacia arriba del aula y cuando alcanzo seis o siete metros de altura voy hacia atrás. Regreso a otro escenario, quizá hace ocho o nueve años. Estamos en verano y preparamos un viaje en familia y con algunos amigos. Se trata de caminatas por los Pirineos. Mi tenaza en el pecho se intensifica, lo asocio al temor por alejarme de mi centro de seguridad, aunque por otro lado quiero hacer el viaje. En el momento en el que me dispongo a hacer la maleta me despego de la escena, vuelvo a elevarme y, a cierta altura del suelo vuelo hacia atrás.

Olvido ese recuerdo y vuelvo a volar en regresión. Mi sensación en el pecho modula mi vuelo, de repente crece y eso me hace descender a visitar otra escena. Tengo trece años y es mi primer día como alumna del instituto. Estoy nerviosa, soy nueva en el centro y estamos entrando en el aula. La profesora de francés se dirige a mí, es amable, pero no sé lo que me pregunta, no entiendo su pronunciación y no logro contestarle.

La presión en el pecho vuelve a elevarme y regreso a los seis años. Estoy en la habitación de mis padres. Mi padre acaba de morir durante la noche. Nadie me mira. Mi madre habla con mis hermanos mayores y con mi abuela. Él ha sufrido una larga enfermedad, toda mi vida lo conocí postrado. No sé qué hacer, ni cómo ayudar, no puedo estar parada, pero tampoco moverme. Siento profundamente mi expulsión del jardín del Edén. Aquí mismo acaba mi infancia y empieza otra etapa para la que no estoy preparada pero lo cierto es que no sé de qué va.

Siento que en este momento mi cuerpo aprendió a hacer ese comportamiento en mi pecho, esa tenaza que en el futuro siempre me avisará de cualquier peligro. Esta es la primera vez que la siento, más atrás ya no hay nada, ningún recuerdo, ningún rastro ni huella en el cuerpo. Me doy cuenta de que en este momento de mi vida se instaló la impronta.

Tomo conciencia de que entro en un estado de desesperación. Necesito que mi madre me diga que no me preocupe. Que yo no tengo culpa de nada, que la ayudé bien cuidando a mi padre. Necesito que me abrace y se lo pido en el sueño.

Ella se vuelve, me mira y me dice todo eso y más. Y esto lo sé por el modo en que se saben las cosas en los sueños. Me toma en brazos con fuerza, siento su olor que me inunda y lo guardo en mi corazón.

En ese momento me despierto. Instantes después, me doy cuenta de que no siento mi presión en el pecho.

Ahora sé que mi madre tuvo una infancia tan inexistente que necesitó que la generación siguiente ocupara la vida resolviendo sus propios asuntos, los de ella. Siempre he pensado que es importante dejar el legado a los hijos lo más limpio posible de mal karma, digo de transferencia generacional.

Pienso también que seguramente mucha gente me ha querido pero yo estaba ocupada con esto y no lograba que ese afecto me llegara.

El cuerpo recuerda lo que la mente ha olvidado. Y ese recuerdo anida en las cadenas musculares.

En ocasiones, las primeras experiencias funcionan como un molde que contiene a las siguientes. La huella mnémica se fija si la experiencia ocurrió en un episodio significativo y relevante para la persona. Y en este caso, significativo quiere decir que hubo un cambio o una intensificación emocional. En eso consiste el aprendizaje.

En el futuro, cuando cualquier amenaza se presente y necesite la alerta neurofisiológica, el cuerpo reaccionará, muy probablemente, activando la sensación física anclada a partir de la impronta (1)o experiencia molde.

Esta respuesta está prevista para atender la presencia del depredador y se activa por arco reflejo no consciente. La construcción de la ansiedad tiene que ver con vivir la vida como si el depredador estuviera presente siempre.

Normalmente, las nuevas experiencias de la vida resuelven la impronta que genera la dificultad. Funcionan como contra ejemplo. Las situaciones que vamos viviendo nos hacen ver que lo que se consideraba amenaza no tiene porqué serlo forzosamente. De este modo podemos decir que la vida cura a la vida.

Pero en ocasiones la sensación queda anclada en el cuerpo. El sueño resuelve a menudo lo que le preocupaba al durmiente en estado de vigilia. Una de las hipótesis acerca del origen de los cuentos es que sean la transcripción de sueños (2). En algunas culturas el sueño forma parte de la realidad, es un modo real de experimentar la vida. Es el caso de algunas experiencias oníricas tan vívidas que son capaces de generar la misma respuesta fisiológica como si estuvieran ocurriendo cuando el durmiente está despierto.

El debate está en saber si el sueño encierra un símbolo del pasado para ser descifrado como defendía Freud o por el contrario, si es un mensaje vaticinador, para ser vivido en el futuro como sostenía Jung.

Lo maté en sueños y luego no pude hacer nada hasta que lo despaché de verdad. Sin remedio. Max Aub. Crímenes ejemplares (3)

Quiero mirarme
de frente
sentada ante mí
sin prisas
con deleite
devanar los nudos
de mi historia
descifrar el enigma
que se escribe
en mis huellas.

(Trinidad Ballester)

Notas:

(1) Consultar la obra de Konrad Lorenz acerca de la impronta: Hablaba con las bestias (1999): Ed. Tusquets.

(2) Ver en Bernardo Ortín (2005): Cuentos que curan. Barcelona: Océano-Ámbar. Págs. 61ss.

(2) Los trabajos de M.L. von Franz sobre el origen de los cuentos de hadas y otros relatos en (1990): Símbolos de redención en los cuentos de hadas. Barcelona: Luciérnaga. Ver también (1992): Sobre los sueños y la muerte. Barcelona: Kairós. Y por último: (1993): Érase una vez… Barcelona: Luciérnaga.

(3) En Fernandez, A. (1990). La mano de la hormiga. Madrid: Fugaz.

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Los Niños Invisibles: La Extra-Vagancia de Secundino

Los Niños Invisibles: La Extra-Vagancia de Secundino

Ilustración: Vera Ortín Ballester

Secundino tenía una gran facilidad para ponerse en el lugar del otro. Sentía como propio cualquier dolor ajeno.

Había días en que ni siquiera le daba tiempo para pensar en sí mismo porque iba enganchando sin tregua opiniones y emociones de los demás.

Era altamente empático y en poco tiempo adquiría las características de su interlocutor: su tono de voz, su gesto y postura corporal. Si el otro tensionaba el cuello o la espalda, Secundino hacía lo mismo. Llegaba a adquirir el peso de la persona que más frecuentaba y lo más increíble, también su altura. Dominaba a la perfección la corrección postural.

En menos de un mes podía aprender un idioma si conocía a un nativo que lo hablara.

Por supuesto, no podía evitar tener las mismas opiniones que sus amistades y ello por dos cosas: primero por empatía y segundo, porque no le daba tiempo a construir su propio juicio. No le era fácil estar en grupo, porque tenía que jerarquizar con quién empatizar en ese momento.

Su orientador del servicio OVNI (Orientación Vocacional No Inductora) le recomendó que se dedicara a una profesión de ayuda a los demás. Por cierto que este orientador no tenía el mismo problema que Secundino. Le encauzó su vida entera en cuarenta minutos sin mirarlo a la cara, con los ojos clavados en la pantalla de su ordenador le leía los resultados del test. Iniciaba cada observación con la frase: «En el test te sale que deberías… ». Después de aquellas sesiones dudó entre Enfermería, Educación Social y Psicología. Finalmente estudió Medicina.

Secundino arrastró siempre cierta inmadurez. Trataba casos tan difíciles en el ejercicio de su profesión que nunca podía dedicarse a sí mismo.

Sus amigos y parejas lo elegían, él no sabía decidir con quién estar. Fue una suerte que no conociera a malas personas porque hubiera sido un excelente sicario sin remordimientos.

Cuando murió, sus últimas palabras fueron: «No me reconozco».

En muchas situaciones conjeturamos acerca de cómo se vería algo que nos preocupa desde otra perspectiva: qué diría un amigo, un familiar, la pareja, un compañero de trabajo o algún mentor intelectual que nos sirva de referencia. El pensamiento sobre nosotros mismos no puede darse sin referencias externas como el tú o él.

La sintonización es un fenómeno humano natural en el aprendizaje. El acompasamiento de la menstruación de mujeres que viven juntas es un ejemplo de ello. Los niños aprenden en los primeros años mediante acompasamiento de acciones y emociones de sus adultos de referencia. El mal llamado embarazo histérico de algunas hembras como es el caso de las perras también tiene que ver con este fenómeno entre las comadres. Se trata de un aspecto de la socialización que busca la adaptación social y la aceptación por parte del grupo (1).

Tanto el código narrativo literario como el cinematográfico tienen muy en cuenta la diversidad de posiciones en el relato. La tradición epistolar en la literatura es el modo de ver la realidad desde la alternancia entre las tres posiciones relatoras: la primera (yo), la segunda (tú) y la tercera (él).

Un recorrido histórico por la sociología de las relaciones humanas en las organizaciones aporta muchos ejemplos sobre relaciones ternarias. Las relaciones de Estado entre el poder ejecutivo, el monarca y la población son un ejemplo de ello (2), así como la separación de poderes legislativo, judicial y ejecutivo. La toma de decisiones delicadas requiere su división entre comisiones técnicas de dictamen no vinculante, órganos decisores y representantes sociales que velan por el derecho de los consumidores.

Adoptar distintas perspectivas es una manera muy eficaz de pensar con flexibilidad. Existen muchas técnicas orientadas a este objetivo. Por ejemplo, el método de los Seis sombreros para pensar (3). Un modo de estructurar sesiones de análisis de proyectos, en el que cada sombrero aporta una dimensión diferente, como el sombrero de la información objetiva, el de las propuestas creativas, o el que calibra las dificultades que pueden aparecer en el camino entre otros.

En momentos de desorientación o en el paso por trances vitales de cambio de ciclo biográfico, el ser humano necesita la influencia de partes o aspectos de la sabiduría humana que le ayuden (4). La versión colectiva y antropológica de lo que estamos hablando son los arquetipos. Su función consiste en reflejar la solución que el sujeto ya intuye y que le viene reforzada por la vía especular.

El relato más antiguo que se conoce metaforiza la vida como un viaje (5) y el héroe que lo transita necesita de estas fuerzas arquetípicas. El valor de la soledad que aporta el arquetipo del Huérfano, la fuerza del Guerrero o la capacidad de investigación del Vagabundo son puntos de vista que enriquecen y amplían los límites del viajero (6).

A veces también ayudan algunas fuerzas aparentemente negativas como es el caso del trabajo de Johannes Galli (7), maestro de teatro que trabaja con figuras como el Deslenguado, el Fanfarrón o el Donnadie. Arquetipos que anidan en el inconsciente y que sostienen puntos de vista útiles en algunas situaciones. Se trata de evocar la peor imagen de nosotros mismos y pedirles un consejo que podamos escenificar.

La toma de otras posiciones, en contra de debilitar la propia, aporta más información y de mejor calidad para quien la práctica. Muchas veces sirve para reforzar el propio criterio, aunque de todos modos, lo que siempre ocurre es la toma de conciencia de la complejidad de las cosas.

Soy un ser
incompleto
y la mitad
vacío
que no imagina
mayor dulzura
que ser en otro
y ese otro sea
en mí.

(Trinidad Ballester)

Sin embargo, aunque es importante ponerse en los zapatos del otro; es esencial volver a ponerse en los propios. Toda toma de decisión debe hacerse en primera posición.

Secundino suele hacer una travesía extra-vagante por las mentes de las personas con las que convive y manifiesta serias dificultades para volver a la suya propia, con lo cual le cuesta mucho esfuerzo sintetizar su pensamiento y nota un vacío inexplicable que le impide pensar por sí mismo, como es el caso de la siguiente historia:

En cierta ocasión dos vecinos que tenían una disputa sometieron su caso ante un juez. Este le pidió a uno de ellos que diera su opinión sobre los hechos. Cuando finalizó le dijo:

—Tiene usted toda la razón.

El segundo vecino quedó asustado por la afirmación del juez hasta que este le pidió su versión de los hechos. Cuando terminó su exposición el juez le dijo:

—Tiene usted toda la razón.

El secretario del juez, desorientado ante la actuación de este le dijo:

—Señoría, no pueden tener los dos toda la razón.

A lo que el juez le respondió:

—Tiene usted toda la razón.

Notas:

(1) Ver la película Zelig (1983) de Woody Allen. Falso documental sobre Leonard Zelig, el hombre camaleón que asombró a la sociedad norteamericana de los años 20. Su necesidad de ser aceptado lo llevó a transformarse físicamente en las personas que lo rodeaban, convirtiéndose así en un fenómeno mediático, en una celebridad sin esencia.

(2) Bateson, G. (1998): Pasos hacia una ecología de la mente. B. Aires: Lolhé-Lumen. Págs. 122-123.

(3) Bono, E. de. (1996): Seis sombreros para pensar. Barcelona: Granica. Págs. 213-222.

(4) Consultar de Carl Gustav Jung: Arquetipos e inconsciente colectivo (1970). B. Aires: Paidós. Ver también El hombre y sus símbolos (1997). Barcelona. Caralt.

(5) Campbell, J. (1959-1997): El héroe de las mil caras. México: Fondo de Cultura Económica.

(6) Gilligan, S. y Dilts, R. (2011): El viaje del héroe. Barcelona: Rigden.

(7) Johannes Galli, profesional del teatro, trabaja con  siete Kellerkinder o arquetipos negativos básicos que son negados en nuestra infancia pero que suponen la base de nuestra creatividad reprimida. Estos son el Torpe, el Andrajoso, el Deslenguado, el Fanfarrón, la Mujerzuela, el Avaro y el Donnadie. En este trabajo, el cliente se conecta a un problema y desciende al sótano de su memoria infantil para consultar a estos siete arquetipos negativos que son representados por siete compañeros o por sí mismo y que le dan consejos referentes al problema.

Posted by BernardoOrtin in Los Niños Invisibles, 0 comments