Los Niños Invisibles

Los niños invisibles: Si no tienes suficientes problemas siempre puedes contar con la familia.

Los niños invisibles: Si no tienes suficientes problemas siempre puedes contar con la familia.

Ilustración: Trinidad Ballester.

Descriptores: Paradojas y Psicotrampas: Proponer acuerdos en el fragor del combate.

Ring, ring, ring,…

  • ¿Diga?
  • Mamá soy yo…
  • Uy, nena te estaba llamando porque la radio dice que en tu pueblo ¡¡está nevando!!
  • Sí, es por eso que te llamo…
  • Y es que como tú no oyes la radio ni nada, te llamaba para decirte eso: que está nevando pero que el tiempo va a cambiar mañana. A mí me gusta mucho oír la radio, hace mucha compañía. No comprendo que haya gente que no le gusta: hacen tertulias, ponen música y de muchos tipos ¡eh! Clásica, moderna, de esa de… ¡Ay de esa!… ¡¡¡Uy qué rabia me da no acordarme de las cosas, oye, de esa de Ay, ME DA UN CORAJE NO ACORDARME DE LO QUE QUIERO DECIR, UY OYE, DE VERDAD!!!
  • Mamá ¿Por qué dices “ni nada”?
  • ¿Qué?
  • Has dicho que no escucho ni la radio “ni nada”…
  • ¿Yo?
  • Sí acabas de decirlo en este momento
  • ¿Qué?
  • Acabas de decir…
  • ¿Qué? Tu teléfono va mal, no se oye nada, te voy a regalar un teléfono. ¡Oyeee, oyeeee…!
  • Mamá recapacita, ¿por qué has dicho…?
  • Pues no me acuerdo, no sé… ¿y la nena qué? ¿Ha ido al cole? Con el frío que hace. ¡Ah! Pues el periódico dice que van a sacar una colección de la vida como era antes, de la ciudad antigua, ¿Quieres que te haga la colección? Yo te voy recogiendo los fascículos y te los llevo los martes a casa si quieres.
  • Bueno ¿si quieres?…
  • ¿Si quiero qué?
  • Que si quieres que hagamos la colección de fascículos.
  • Bueno, si tú quieres la hacemos, pero ahora quería decirte otra cosa más importante…
  • Mamá te estoy siguiendo a ti la conversación y ahora parece que sea yo la que quiere hacer lo de los fascículos.
  • ¿Qué fascículos?
  • Mamá los que tú acabas de decirme
  • Qué sí nena, que haremos la colección, no te preocupes cariño.
  • ¡¡¡MAMÁ!!!
  • Ay cariño, qué mal carácter tienes.
  • ¡¡¡¿Yo?!!! ¡Bueno mamá es lo que me faltaba por oír: te llamo yo para decirte que está nevando y me lo tienes que decir tú porque lo has oído en la radio, cuando yo creo que lo relevante es que te lo diga yo que es la que está en medio de la nieve y no tú que lo estás oyendo en la radio!
  • Mira cariño te quiero proponer una cosa: Quiero que de ahora en adelante hablemos de un modo más civilizado, que nos escuchemos más y no nos interrumpamos para hablar, que cada una tomemos en cuenta lo que dice la otra, que seamos más positivas en las conversaciones. No te enfades pero yo te he contado eso porque lo han dicho, de verdad que lo han dicho, han dicho que está nevando en tu pueblo y te lo he dicho porque creí que te haría ilusión saberlo.
  • No mamá, te hace ilusión a ti decírmelo y ni siquiera recuerdas que he sido yo la que te ha llamado a ti para decírtelo porque estoy yo bajo la nieve de la que habla la radio, disfrutando de ella hasta que se me ha ocurrido la mala idea de contártelo. Y me considero una persona muy positiva.
  • Y qué más da quién haya llamado, no me gusta que seas envidiosa por cosas tan tontas. Además, ya veo que no quieres aceptar mis propuestas.
  • Mamá luego te llamo, que se me está quemando algo en el fuego.
  • Vale nena, como tú quieras.

 

No hay nada más extraño y lejano para uno mismo que ciertas conversaciones con la propia familia. Quizá sea un mecanismo que la Naturaleza tiene previsto para recordarnos que la misión de los hijos consiste en independizarse de los padres. Un aprendizaje profundo arraigado en el código epigenético. Se refiere a ese comentario tan repetido que dice: Nos queremos mucho sí, pero no podemos estar juntos demasiado tiempo, ni conversar en profundidad.

La dificultad en la relación familiar no está motivada necesariamente por ningún acontecimiento adverso. Sin que haya ocurrido nada negativo, las personas pueden construir dificultades existenciales. La forma lingüística que utilizamos para representarnos la realidad puede construir conflictos inexistentes hasta entonces.

La Pragmática de la comunicación estudia algunos atolladeros en los que se ven envueltos los hablantes. Ciertas formas de hablar que contraponen lo que decimos con lo que sentimos, o ponen en desacuerdo lo que deseamos con lo que hacemos. Funcionan como un hechizo que congela el pensamiento y desconecta la reflexión de la acción.

Como nos enseñó McLuhan en los años sesenta, el lenguaje crea realidad. En consecuencia, nuestra experiencia del mundo cambia de aspecto después de ser pensada y especialmente, después de ser textualizada. La realidad se transforma con el uso de la palabra y ello explica que haya personas que ante la misma adversidad ven oportunidades de aprendizaje, y otras solo perciben dificultades paralizantes.

En consecuencia, la construcción de la realidad se proyecta en el plano lingüístico y cuando el pensamiento que construimos está en desacuerdo con la experiencia que tenemos de la realidad, nos metemos en problemas. Una de estas paradojas lingüísticas o psicotrampas se refiere a la costumbre de proponer acuerdos en mitad del fragor del combate.

Al margen del ámbito familiar, esto se ve lamentablemente en muchos debates televisivos. Los contertulios niegan continuadamente el argumento del adversario, lo rebaten empleando la adivinación, es decir, sin haberlo escuchado prácticamente y cuando están emocionalmente bien enfrentados, en ese preciso momento, uno de los dos propone la solución de concordia, acusando al otro de intolerante si no acepta el acuerdo. Demasiado tarde, pensará intuitivamente el interpelado, en otro momento hubiera aceptado con gusto, pero con el enfado que tengo ahora me resulta mucho más difícil. La diana queda así disponible para ser aseteada por acusaciones de dogmatismo, intolerancia y negación para llegar a acuerdos. Todo ello reconfigura la distribución de poder en la discusión.

 

Mi voz se pierde

en un océano de circunstancias

(Trinidad Ballester)

 

El lenguaje sirve para afectar las cadenas musculares de los hablantes, y en consecuencia, para modular sus emociones. Después y con un poco de suerte, viene el intercambio de ideas. Pero si lo observamos con atención, muchas conversaciones se quedan en la primera fase, es decir, con lo que tiene que ver con la calibración del propio estado emocional y el del contertulio.

El contexto familiar es una gran fuente de aprendizajes en el campo que estamos comentando. Más allá de las buenas intenciones, que a veces consiguen los peores resultados, la familia pretende que la persona habite un estado conocido por esta para perpetuar la estabilidad, criterio mayor del mantenimiento de la misma.

Y es por eso que, si consideras que no tienes suficientes problemas en la vida, siempre puedes contar con la familia.

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Los niños invisibles: María del Mar de dudas

Los niños invisibles: María del Mar de dudas

Ilustración: Trinidad Ballester.

Hay una parte en mí muy veloz. Tiene un discurrir errático aparentemente gobernado por un caos que se desliza de una idea a otra sin ninguna lógica. Es capaz de alternar pensamientos, combinar voces, mezclar imágenes y sensaciones desde las que se destilan nuevos propósitos. Esta parte de mí ama la mixtura. Inicialmente parece superficial y, sin embargo, puede dar lugar a experiencias estables y profundas. Es adolescente, dispone de una voz aguda y ligera, se dedica a emprender proyectos y pasiones, aunque sobre todo busca un lugar en el mundo.

Otra parte de mí se sobrepone con energía a todo tipo de adversidad. Ante cada dificultad solo ve oportunidades de solución. No cede ni se desalienta jamás, desconoce la derrota, es colaboradora, desea agradar y a veces roza la euforia. Es una parte muy antigua, viene de la infancia, de la época en la que quería por encima de todo gustar a mis mayores y alberga una memoria mucho más antigua que mi propia vida: recuerda lo que hacen los niños desde siempre para gustar a los adultos y lograr así que los lleven consigo durante las travesías de la tribu por selvas y desiertos. Su mirada es limpia y de ojos abiertos. Esta parte me recuerda que a veces el clan debe estar por encima de cada uno de los individuos.

Tengo otra parte despiadada. No conoce la compasión, solo el dominio, la jerarquía y el poder. Esta parte es peligrosa porque haría lo que fuera para conseguir lo que se propone. La temo porque las escasas veces que me gobierna me convierte en una persona violenta y peligrosa. Cuando percibo su presencia tengo que mantenerla en bajas dosis porque tiende a lo sombrío. Me aporta satisfacciones difíciles de explicar. Aunque es la parte que me abre a lo público también es la anfitriona de mi soledad. Me conecta con mi fuerza para la toma de decisiones colectivas, ama el poder y es mi parte más astuta. Quizá debutó en mí hacia los once años de edad, con el inicio de las grandes preguntas filosóficas y existenciales.

Alternativamente visito otra parte que me desliza hacia la languidez, es la anfitriona de mi pulsión de muerte, pero se detiene un poco antes de llegar a ella quedándose en una paralizante melancolía. Esta parte funciona como si quisiera enfermar para que el mundo se apiade de mí y me trate con indulgencia. Más que al mundo, me refiero a los que me quieren, en realidad a los afectos de mi infancia, o mejor, la impronta que dejaron en mi memoria. Es mi estado más dañino y debilitante. Me dura muy poco, es casi una insinuación que autocensuro desde la raíz de su intención.

Finalmente, mi parte más lúcida intuye que en el fondo vivir es aprender a despedirse. Esta parte sabe que toda experiencia se dirige a su final, que toda acción se encamina a la muerte. Es mi parte más sabia, es madura, realista y sobre todo, profunda como el fondo del océano. Es muy activa, me lleva de la mano a mi capacidad para el compromiso, aunque debo tener cuidado con ella porque me llena de trabajo, es la entrenadora de mi rendimiento y productividad, como si quisiera aprovechar el tiempo al máximo.

Pero entonces, ¿quién soy yo en realidad? Me paso el tiempo visitando a mis distintas personalidades, lo cual me hace entrar en serias dudas acerca de qué es lo cierto y lo falso. Acabo por no saber quién soy y qué parte me representa mejor.

Además, cuando viajo de una parte a otra, en el preciso momento del tránsito, experimento crisis de identidad.

Somos la memoria que tenemos de nosotros mismos. Nuestra identidad depende de la síntesis que somos capaces de destilar acerca de nuestra experiencia del mundo en un momento determinado.

El discurso intenta apresar lo que sentimos como si tomara al vuelo las palabras que intuye más adecuadas para expresarlo, aunque la satisfacción nunca es completa. La palabra no da cuenta enteramente de la realidad experimentada. En esto radica la insatisfacción del hablante cada vez que termina un discurso, en que no puede expresar la totalidad de lo que realmente siente, porque la identidad se compone de distintas partes o polaridades que entran en juego en cada experiencia.

Cuando atrapo
en palabras con ritmo
la cadencia de mi melodía
la poesía ocurre
aunque no la escriba

(Trinidad Ballester)

A menudo, la persona se centra demasiado en una parte de sí mismo olvidando las otras. De este modo se polariza y  tiende a confundir la parte con su propia identidad. Por ejemplo, si fuma asiduamente acaba pensando que es fumador, o si ocasionalmente se deprime, sospecha que es depresivo.

Cuando dos o más aspectos de la personalidad aparentemente contrapuestos insisten en abrirse paso en nuestra conciencia significa que ambos tienen una participación en el sostenimiento de la vida.

Y es que todo lo cierto es paradójico (1). La realidad tiene al menos dos caras, aunque normalmente tiene más. Enfocar la realidad así puede ayudarnos a convertir la adversidad en aprendizaje. Es necesario encontrar nuevas formas de armonizar contrarios, ya que la forma de integrar paradojas supone el acceso al supercontenido (2).

De lo contrario, convertiremos las paradojas en dilemas (3). Esto ocurre cuando nos identificamos totalmente con una parte y descartamos la otra. El problema de los dilemas es que nos dejan paralizados ante las opciones, congelados delante de ellas, contemplándolas sin poder actuar. Lo desgastante del dilema no es tener dos opciones de conducta, lo cual es inicialmente beneficioso, sino la parálisis que experimentamos ante la imposibilidad de emprender la acción, que es precisamente lo que resuelve la contradicción.

Con frecuencia vivimos disociados de nosotros mismos, desalojados de nuestro propio interior hasta desconectar del propio sistema de percepción que nos indica lo que nos va mejor y lo que no nos favorece. En este sentido, comemos lo que no nos conviene aunque seamos conscientes de ello, no hacemos el ejercicio que sabemos que deberíamos hacer o confiamos más en un diagnóstico externo que en el conocimiento que tenemos de nosotros mismos.

En estos tiempos se hace necesario discutir los matices, más que elegir previamente la opción general y ser fiel a ella. De otro modo no podremos afrontar debates que son complejos y que solo se pueden encarar desde la integración de polaridades contrarias.

Por ejemplo: ¿estamos a favor o en contra de los fármacos? ¿Somos partidarios o detractores de las vacunas? ¿Y de los antibióticos? ¿Defendemos las guarderías y escuelas como buenas instituciones educativas o es mejor la educación sin escuela? ¿Qué preferimos la medicina alopática o la homeopática? ¿La medicación química o la suplementación con productos naturales?

Los dispositivos del poder procurarán animar el fragor de la polarización para posponer el acuerdo, y con ello se clasifica a las personas en pro y antivacunas, pro y antiescuela… Sin embargo, es preciso rescatar los aspectos concretos, recuperar los procesos vitales en los que se encuentra el debate. En definitiva, acudir al escenario concreto en el que se desarrollan los hechos. Por ejemplo, estamos normalmente a favor de la investigación en materia de salud, sin embargo y a la misma vez, entramos en contradicción, porque una parte de nuestra conciencia sabe que estamos también apoyando casi exclusivamente la investigación y el desarrollo de fármacos esponsorizados por las grandes firmas de la industria. Estamos también apoyando la acción iatrogénica del propio procedimiento curativo. Entonces ¿estamos a favor de la investigación o no? También sabemos que la ciencia sirve para combatir la verdad revelada mediante la fe. Excepto cuando no lo hace y se convierte en la nueva religión.

Podemos concebir la escuela como un artefacto de adiestramiento de la docilidad de los cuerpos. Por otro lado y a la misma vez, debemos reconocer que la escuela ha sido uno de los mejores dispositivos de promoción social que se conocen.

La cuestión es reflexionar sobre qué escuela, qué tipo de investigación, qué límites de mejora nos imponemos. Si cosificamos los procesos de debate los paralizaremos mientras el inmovilismo vuelve a vencer. Cuando alguien empieza a matizar sobre algún aspecto de la realidad, la estrategia del oponente suele consistir en reducir el argumento a un corpus doctrinario e ideológico, preferiblemente a una etiqueta. En este momento hay que recuperar discursos complejos analizados desde la práctica  y ponerse a favor de los matices.

Del mismo modo, cada parte de nuestra identidad nos ayuda a defender la vida por rechazable que parezca. Los debates terminan cuando en realidad deberían comenzar, con la exposición de las partes en conflicto. Necesitamos recurrir a nuestro propio sistema de discriminación que nos permite saber cuándo es mejor una u otra polaridad. Porque hay contradicciones solo aparentes porque ambas tesis son ciertas al mismo tiempo.

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(1) Historia íntimamente relacionada con mi propio artículo: «De la paradoja al dilema. Publicado en el monográfico de Jot Down nº 10 sobre fobias y filias».

(2) Parafraseando parcialmente a Marshall McLuhan (1997). El medio es el mensaje. Editorial Paidós.

(3) Consulta la Teoría de la comunicación humana, de Paul Watzlawick, publicada en (1976). Barcelona: Herder.

 

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Los Niños Invisibles: Los Plazos de Lucía, o la Costumbre de Posponer lo que Tememos

Los Niños Invisibles: Los Plazos de Lucía, o la Costumbre de Posponer lo que Tememos

Ilustración: Trinidad Ballester.

No hay ninguna prisa. Tienes todo el tiempo del mundo durante los próximos cinco minutos para hacer tu elección.(Milton Erickson. La ilusión de alternativas).

Cuanto más tardes en escucharme será peor, ¿Crees que para mí es agradable hacer esto? Siempre te digo lo mismo, pero ¡como nunca me haces caso!…

¿Que no me puedes atender ahora? De acuerdo, puedo volver más tarde… pero si espero que seas tú quien me llame, ya puedo esperar sentado, llevamos años así… ¡Vale, ya me largo! Pero antes déjame decirte algo. ¡Siento tanto que tiembles cuando aparezco, lamento que sientas ese terror! Me duele que huyas.

Siempre me dejas con la palabra en la boca… no te estremezcas, solo que si no te lo digo reviento. Tienes que detenerte a pensar las cosas y además es mi obligación, estoy aquí para eso… Pero ¡espera!…

Te conocí cuando tenías cinco años, estabas en el comedor de la casa, tu tío te había llamado para que saludaras a unos vecinos, acababas de llegar del colegio y, aunque todos sonreían, la situación te pareció solemne. Tu tío te pidió que dijeras tu nombre, entonces enmudeciste, simplemente lo olvidaste, permaneciste allí de pie ante aquellos extraños examinadores. Su orden operó ese milagro en ti: una catatonia incapacitante que te impedía recordar qué querías decirle cuando hablabas con él. Yo intenté ayudarte, te decía tu nombre, te lo susurraba bajito detrás a la oreja… Lucía, Lucía… A ti te pareció que sufrías una alucinación, que estabas oyendo voces, ¡hasta yo mismo me asusté viendo tu cara! Y ese fue nuestro primer encuentro.

Desde entonces te dedicaste a esquivar cualquier contacto conmigo. Siempre me consideraste como tu enemigo. Pero el asunto se complicó: primero evitabas las eventuales ocasiones, después otras situaciones previas que acababan en una posibilidad de contacto y así, poco a poco, te fuiste alejando. Al final aprendiste a vivir sin exponerte, a evitar todo riesgo, y justamente eso es el origen de tu sufrimiento, cuando yo lo único que quiero es ayudarte.

Me morí muy joven y os abandoné a ti y a tu madre demasiado pronto. Me quedaron muchas cosas por decirte, muchos mensajes de amor interrumpidos que quedaron vagando por el aire sin encontrar un punto de destino. No pude despedirme de ti y poco a poco el amor fue sustituido por el miedo. Todo fue abrupto y prematuro, nadie pudo prepararse y una parte de ti decidió intuitivamente que habitara tu cuerpo, que me constituyera en tu memoria, en realidad soy tu temblor. Por eso vuelvo cada instante que puedo, cada vez que te veo sola.

Mi aspecto fantasmal monstruoso, que evitas cada noche en tu habitación o cada momento en el que quedas sola, es el resultante del número de veces que me apartas de ti.

Aplazar asuntos es un modo momentáneo de omitir información (1). Supone un mecanismo adaptativo básico que tenemos para gestionar la realidad. Normalmente pensar sirve para reducir la ingente cantidad de información que el mundo nos proporciona y necesitamos priorizar, posponer e incluso olvidar algunos asuntos. Hay cosas que se arreglan en el cajón de los temas olvidados. Tiempo después y al revisar el escritorio recuperamos aquello que olvidamos arreglar, mejor dicho, temas que solucionó el tiempo. En definitiva, aplazar es una tarea normal en el ámbito de la planificación. La dificultad sobreviene cuando abusamos de esta estrategia.

Los secretos tienen que ver con este aplazamiento. El mensaje vergonzante se aloja en la cripta, la parte de la memoria subconsciente más oculta, que custodia la información delicada. Sin embargo, el ser humano no está diseñado para olvidar de modo permanente. Con el tiempo, el secreto sale a pasear manifestándose en forma de actos fallidos o lapsus lingüísticos (2). Es decir, que el secreto se convierte en fantasma y en ocasiones realiza su travesía y se manifiesta en el gesto incongruente de su anfitrión, en la interrupción de su respiración y en movimientos corporales anómalos de la persona que delatan la ocultación.

Posponer es vecino de olvidar. Aplazar lo que nos da miedo acrecienta el temor, porque nos lo saca de la imaginación y normalmente los problemas en la vida vendrán del área negada, olvidada o pospuesta.

Se pueden aplazar tareas concretas e incómodas como planificar la asistencia al gimnasio para el inicio del curso próximo. Pensar en ponerse a estudiar para los exámenes a partir del mes que viene. Jurarnos a nosotros mismos que tenemos que dejar el tabaco, pero no ahora mismo con el lío de ocupaciones que tenemos, sino más adelante. Y también se pueden aplazar asuntos como conocer la parte de nosotros mismos que más nos asusta.

Lo aplazado se deforma y se monstruiza, y eso ocurre porque va creciendo sin nuestra supervisión cotidiana; cuando se manifiesta lo hace con las transformaciones que le ha dado el tiempo y eso lo hace irreconocible para nosotros porque ocurrieron a nuestra espalda alimentando nuestra Sombra (3).

Entre el mar
de las voces
desconocidas
se eleva
como una plegaria
hacia las ventanas
oscuras
donde su lamento
solivianta
el sueño.

(Trinidad Ballester)

En ocasiones, utilizamos comportamientos que posponen el contacto con lo que tememos. Estos trances hipnóticos negativos nos sirven para evitar tomar contacto con lo que tenemos que resolver. Este es el patrón básico de muchas adicciones: una desviación de la atención de lo esencial a lo secundario porque posponer tiene que ver con la sensación de no estar preparado para afrontar lo importante. Es como si prefiriéramos poner toda la atención en una afición banal, en lugar de conocernos a nosotros mismos, o de estar en contacto con la experiencia profunda que tenemos del mundo, o de compartir la vida con los nuestros. Algunas personas prefieren trabajar hasta la extenuación, o consumir sustancias tóxicas, o seguir desaforadamente a ídolos del deporte, antes que afrontar un tiempo de contacto consigo mismas.

En consecuencia, el proceso de solución pasa por integrar lo olvidado, por exponerse a lo temido en las dosis adecuadas. En definitiva, por evitar evitar situaciones de riesgo. También puede ser útil representar lo que nos atemoriza: escribir sobre el propio objeto temido, pintarlo o esculpirlo, de modo que podamos externalizarlo. Imaginar primero y experimentar después (4). Sostener la situación que nos asusta, en las dosis adecuadas, es el objetivo contra el aplazamiento que se torna interminable. Porque, como decía el clásico aforismo romano de medicina: «El veneno no es la sustancia sino la dosis».

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(1) Generalizar, Eliminar y Distorsionar son las tres operaciones psicolingüísticas que realizamos para elaborar mapas de la realidad. En Bandler. R.; Grinder, J. (1994): La estructura de la magia. Vols. I y II. Santiago Chile: Cuatrovientos.

(2) Schützenberger, A. (2002): ¡Ay, mis ancestros!. B. Aires: Edicial.

(3) Bly, R. (1994): Iron Jhon (Juan de Hierro). Madrid: Gaia.

(4) Ortín, B. (2013): La vida es imaginada. Sevilla: Jot Down.

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Los Niños Invisibles: La Vida de Dolores

Los Niños Invisibles: La Vida de Dolores

Ilustración: Trinidad Ballester.

Dolores tiene una idea nítida acerca de cómo debe ser su familia, su relación de pareja y la forma sincera de hablarse entre padres e hijos. Se ensimisma con este monólogo interno y lo piensa y repiensa continuamente. Ni siquiera le hace falta que ocurra lo que sueña, parece que tiene bastante solo con pensar en todo esto.

Escucha en su interior las voces armoniosas de su familia reunida. Es como una sinfonía que la llena de paz. Le abre paso a una serenidad en la que suspende momentáneamente la respiración, lo que no experimenta con ninguna otra cosa que le suceda.

Cuando piensa en esta vida que anhela, tiene una sensación en la boca del estómago que se expande a oleadas, mientras piensa en lo que cada uno debe hacer, decir y cómo deben comportarse.

En realidad no hace nada por construir esta vida ideal. Suele ser reservada y contenida. No actúa porque le da miedo estropear su sueño. Aspira a ese momento ideal en el que todo esté bajo su control o que por lo menos tenga la máxima seguridad sobre ello.

Y el caso es que a veces tiene experiencias muy similares a lo que desea. Son ocasiones en las que su familia se reúne en un ambiente sincero y desenfadado. Momentos en los que las voces se entremezclan melodiosamente. Reuniones en las que todos se comportan de un modo agradable.

Entonces, en lugar de alegrarse le inunda la nostalgia, echa de menos su propia idea y en medio de la reunión dice que le gustaría que todos estuvieran más unidos y crearan un clima de confianza y amor, tal y como ocurre en su pensamiento. En esos momentos aprieta los puños de rabia, se echa a llorar y pide a toda la familia que la deje sola y en paz. Y así suele dar por finalizadas las reuniones familiares.

Ella dice que es perfeccionista, pero en realidad lo que le ocurre es que no puede actuar hasta no estar completamente segura de lo que va a hacer.

El aprendizaje se produce con el contraste entre las evidencias que recibimos del exterior y las referencias internas que tenemos acerca de las cosas. Nuestra atención viaja continuamente hacia afuera y hacia dentro para contrastar ambos campos. Podríamos decir que, en realidad, no conocemos la realidad sino que la reconocemos cuando lo que percibimos se parece a nuestras imágenes previas y preconceptos del mundo.

El hombre es tan perfectible y corruptible que puede volverse loco mediante su razón.

(Georges Lichtenberg).

El predominio de la atención al exterior pretende objetividad. Sin embargo, su abuso genera dificultad en la producción de sentido, por fallo o carencia de la propia versión de la realidad.

Por el contrario, la prevalencia de la atención al interior o percepción subjetiva, impone el propio pensamiento a lo que está ocurriendo en el exterior. Y es que, como dijo Aristóteles, la costumbre de creer impide a las personas observar lo que ocurre.

En ocasiones, el razonamiento permanente y circular, así como la puesta en duda de todas las hipótesis nos lleva a una racionalización extrema de lo que debería ser resuelto por las sensaciones o las acciones. Tal es el caso de quien duda sobre su orientación sexual y pretende resolverlo mediante su raciocinio, antes de iniciar cualquier experiencia en este sentido.

Recuerdo alguna ocasión en la que estaba de visita en casa de mi abuela, entonces llamaron a la puerta y ella me dijo:

—¿Quién será a estas horas? Yo no espero a nadie.

Solo la experiencia puede resolver estas dudas. Experimentar la sexualidad y abrir la puerta para ver quién llama.

Este cogitocentrismo (1) que constituye la prevalencia de la inteligencia racional tiende a congelar el ámbito emocional y a aplazar la experiencia.

Después de la muerte (corto diálogo de origen zen):

—Maestro, ¿Qué le llega al hombre inteligente tras la muerte?
—No lo sé.
—¿No sois un hombre inteligente?
—Sí, pero no estoy muerto.

Carrière, J.C. 2000: 152 (2).

El pensamiento rico en alternativas no es un problema, al contrario, sitúa los límites de lo que podemos hacer y nos aporta ideas para solucionar las cosas que nos preocupan.

El sufrimiento sobreviene cuando pretendemos controlar toda nuestra vida mediante la reflexión y el análisis. Contener el mundo con el pensamiento (3). Es posible que este sea uno de los peores desórdenes de la civilización.

Lo que enfocamos momentáneamente con la conciencia es solo un punto en el mapa y pensar que podemos abarcar la realidad enfocando un elemento es una falsa  ilusión.

Es interesante analizar qué tipo de fuerza puede enfrentarse a la acción tan eficientemente como para inhibirla. Teniendo en cuenta que la acción es un mandato biológico incesante y que los bebés lo tienen como algo imperativo. Entonces, la pregunta es: ¿qué puede ser tan potente como para impedir la acción?

Podemos buscar explicaciones y reflexionar a qué se debe este fenómeno. ¿Quizá a cierta exigencia genealógica de satisfacer a los ancestros? O bien ¿miedo a estropear algo por una acción alocada?

En cualquier caso, el síntoma tiene que ver con esto: con una inhibición de la acción. La psicoterapia breve y estratégica aboga por la necesidad de volver a la acción, de retomar el contacto con el exterior, de comprobar las hipótesis mediante su experimentación en lugar de su reflexión.

También tiene relación con el mito de la pureza, con lo inmaculado del pensamiento, antes de ser maleado con la acción. Con que la realidad no salpique el mundo de las ideas. Una versión deficiente del platonismo que defiende que la realidad más fiable solo está en el interior del sujeto.

Ya pasa el momento
ya se van los días
de la oportunidad
renovada al renacer
inefable de la muerte

Ya se cierran las puertas
poros húmedos
que quiso abrir la esperanza
Como se desgaja una grieta
como un pozo horizontal
al que asoman las horas taladas
como un viento fuerte
que ha soplado
esta vez en frío.

Ya se cierran los días
de la oportunidad.

(Trinidad Ballester).

Notas:

(1) «Cogito ergo sum» («pienso, luego existo»), principio filosófico de Descartes.

(2) En Cuentos que curan (2005) Bernardo Ortín. Ed. Oceano-Ambar. Barcelona. Pág. 84.

(3) La ilusión de controlar todo lo que ocurre en el mundo con el pensamiento. Primer hechizo descrito en el mismo libro. Pág. 81.

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Los Niños Invisibles: La Congelación de Efraín

Los Niños Invisibles: La Congelación de Efraín

Ilustración: Noche helada, de Trinidad Ballester.

Efraín no hacía ningún esfuerzo por caer bien. No es que fuera antipático, pero nunca veía a nadie ni se dirigía intencionadamente a ninguna persona, derramaba despistadamente la sopa encima de cualquiera que se encontrara en su camino y tropezaba indolente con las sillas y muebles que encontraba a su paso.

Para sus compañeros era irritante, aunque siempre acababan dejándolo por imposible. Ni siquiera le afectó la paliza de recibimiento que le dieron los primeros días que llegó al orfanato. Tendría entonces ocho años y no parecía que sintiera dolor. Estaba muy centrado en el momento presente, lo cual, por cierto, es un estado muy buscado en diversas escuelas espirituales. Otro modo de decirlo es que tenía un tiempo de atención muy corto y eso le dificultaba el aprendizaje.

Por supuesto que su desconexión con la escuela era total. Ni siquiera encajaba en ningún diagnóstico de inadaptación al colegio: ni trastorno de la atención, ni absentista, ni fuguista, ni negativista desafiante, ni nada parecido. No es que se escapara del colegio, es que vivía al margen de él, nunca asistía.

Se sentía cómodo permaneciendo quieto mientras el otro intentaba el contacto, normalmente sin conseguirlo. Excepto cuando en alguna rara ocasión sí lo lograba.

Su posición vital era entre diletante y escéptica. Sus faltas generalmente por omisión. De aspecto sombrío, parecía llevar un cartel en la cara que decía: «Mantenga la distancia de seguridad».

El contacto le suponía un gran esfuerzo. Más que al tenis obligaba al otro a jugar al frontón. En general, lo que más le gustaba de cualquier reunión era irse.

Muchas personas quisieron compartir cosas con Efraín, enamorarse de él y enamorarlo. Pero nunca abandonó ese estado de congelación.

No sentía el dolor, o por lo menos no hacía acuse de recibo de él, era como si se lo negara a sí mismo. Tampoco tenía grandes sufrimientos, era de una estabilidad similar al pedernal, aunque sabía disfrutar de su tiempo libre y de hacer cosas banales.

De mayor sufrió una demencia que le dejó en-si-mismado.

El ser humano dispone de tres respuestas básicas ante la adversidad: el afrontamiento, la huida o la congelación. Estas reacciones se instalan a muy temprana edad en el catálogo de comportamientos. Desde la infancia se elige la prevalencia por alguna de ellas. Lógicamente no se trata de una lealtad total, estamos hablando de líneas de propensión y es importante conocer el tipo de respuesta que la persona suele dar ante el infortunio porque esto indica el modo en que construye sus patrones de construcción de dificultades y soluciones.

Pero ¿por qué empleamos una de estas reacciones aunque a veces no sea la más eficiente, llegando a repetir el comportamiento que más nos hace sufrir? ¿Por qué insistimos en algo que sabemos que no funciona? (1). Normalmente lo hacemos porque funcionó en el pasado, especialmente en los primeros años de la infancia.

Imaginemos que un niño acude a la llamada de su padre o su madre que lo esperan con los brazos abiertos. Imaginemos que, de repente, el adulto baja los brazos y mira hacia otro lado desconectando del niño. Esto puede ocurrir porque algo llama poderosamente la atención del adulto. Por ejemplo, porque muere el padre o la madre de alguno de ellos, o porque una desgracia repentina irrumpe en la vida familiar como la necesidad inminente de salvar la vida por guerra o persecución, o porque una grave crisis exige el exilio.

Ante esta situación emergente se producen dos fenómenos que configurarán la propensión a la respuesta que el niño tendrá en el futuro.

Por un lado, se produce la interrupción de un proceso de vitalidad, lo cual hace que siga repitiéndose hasta obtener un desenlace. Cualquier movimiento de vitalidad interrumpida está condenado a repetirse hasta que concluya. No es fácil abordar un ciclo de necesidad determinado si no se satisfacen previamente otros relacionados con necesidades más básicas (2).

Por otro lado, se requiere por parte del niño alguna de las tres posibles respuestas comentadas más arriba ante esta experiencia frustrada:

La primera es el afrontamiento, que se convierte en petición insistente si no recibe respuesta. Si aun así no le responden, seguirá insistiendo y si la situación de silencio persiste es muy probable que se la pida a los adultos que vaya encontrándose en su vida. Es el caso de las personas que piden inconscientemente a sus parejas que sean la madre o el padre que no les contestó. Lo cual les generará no pocos problemas de comunicación.

La segunda respuesta es la huida. El comportamiento que imprime para el futuro es el abandono ante la dificultad. También la creencia de que las relaciones con adultos son confusas y lo más conveniente ante el estrés es dejar el escenario. Esta respuesta es del tipo: «sálvese quien pueda».

La tercera respuesta es la congelación. La incapacidad para responder cuando la vida presenta estímulos significativos, ya sean satisfactorios o estresantes. Este hechizo en el que queda el sujeto le invalida para contestar y la intención protectora a la que obedece es evitar el sufrimiento.

A veces, la palabra no es la mejor medicina en estos casos. Especialmente cuando es meramente discursiva y está desconectada de la experiencia.

Por eso, cuando otras personas intentan descongelar a Efraín, él se resiste. No lo desea porque ¿qué le espera si se descongela? De nuevo el abandono genérico que constituyó la impronta.

A veces
una nimiedad
requiere
la fuerza
de un acto heroico

A veces
vivir
o respirar
son un esfuerzo
más grande
que subir
las altas cumbres.

A veces
los hombros
no parecen
poder con lo que llevan

(Trinidad Ballester)

Notas:

Uno de los hechizos psicolingüísticos en el que caemos: insistir en lo que sabemos que no funciona. Descrito en Cuentos que curan (2005). Bernardo Ortín. Barcelona. Editorial Océano-Ámbar. Pág. 102ss.

«Primum vivere deinde philosophare». Frase que se atribuye a Hobbes, aunque no está clara su autoría.

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Los Niños Invisibles: El sueño de Ascensión

Los Niños Invisibles: El sueño de Ascensión

Ilustración: Vera Ortín Ballester

Me duermo con esa sensación en mi pecho que se expande por todo el cuerpo. Siento un ahogo que anuncia un peligro inminente que amenaza mi vida, pero no sé a qué. Anochece, la luz del mundo se apaga mientras se enciende la de la pantalla de mi imaginación.

No recuerdo cuándo se instaló en mí esta sensación. Diría que convivo con ella desde siempre. Tiene aspecto de alienígena que me ocupa entera y pensando en ella, mi sueño vuela bajo el radar de mi conciencia y al olvidarlo me vence y duermo.

Comienzo a soñar. La presión en el pecho me acompaña. Viajo al recuerdo de hace unos días en el que siento lo mismo. Estoy con mis alumnos en el aula, es principio de curso y temo que mi sensación avance y no pueda continuar la clase. No sé cómo evitarlo, no sé qué hacer, me aterra perder el control. Mis alumnos me miran, creo que están algo preocupados pero no dicen nada.

Mi memoria olvida ese episodio y me disocio de mí misma, vuelo hacia arriba del aula y cuando alcanzo seis o siete metros de altura voy hacia atrás. Regreso a otro escenario, quizá hace ocho o nueve años. Estamos en verano y preparamos un viaje en familia y con algunos amigos. Se trata de caminatas por los Pirineos. Mi tenaza en el pecho se intensifica, lo asocio al temor por alejarme de mi centro de seguridad, aunque por otro lado quiero hacer el viaje. En el momento en el que me dispongo a hacer la maleta me despego de la escena, vuelvo a elevarme y, a cierta altura del suelo vuelo hacia atrás.

Olvido ese recuerdo y vuelvo a volar en regresión. Mi sensación en el pecho modula mi vuelo, de repente crece y eso me hace descender a visitar otra escena. Tengo trece años y es mi primer día como alumna del instituto. Estoy nerviosa, soy nueva en el centro y estamos entrando en el aula. La profesora de francés se dirige a mí, es amable, pero no sé lo que me pregunta, no entiendo su pronunciación y no logro contestarle.

La presión en el pecho vuelve a elevarme y regreso a los seis años. Estoy en la habitación de mis padres. Mi padre acaba de morir durante la noche. Nadie me mira. Mi madre habla con mis hermanos mayores y con mi abuela. Él ha sufrido una larga enfermedad, toda mi vida lo conocí postrado. No sé qué hacer, ni cómo ayudar, no puedo estar parada, pero tampoco moverme. Siento profundamente mi expulsión del jardín del Edén. Aquí mismo acaba mi infancia y empieza otra etapa para la que no estoy preparada pero lo cierto es que no sé de qué va.

Siento que en este momento mi cuerpo aprendió a hacer ese comportamiento en mi pecho, esa tenaza que en el futuro siempre me avisará de cualquier peligro. Esta es la primera vez que la siento, más atrás ya no hay nada, ningún recuerdo, ningún rastro ni huella en el cuerpo. Me doy cuenta de que en este momento de mi vida se instaló la impronta.

Tomo conciencia de que entro en un estado de desesperación. Necesito que mi madre me diga que no me preocupe. Que yo no tengo culpa de nada, que la ayudé bien cuidando a mi padre. Necesito que me abrace y se lo pido en el sueño.

Ella se vuelve, me mira y me dice todo eso y más. Y esto lo sé por el modo en que se saben las cosas en los sueños. Me toma en brazos con fuerza, siento su olor que me inunda y lo guardo en mi corazón.

En ese momento me despierto. Instantes después, me doy cuenta de que no siento mi presión en el pecho.

Ahora sé que mi madre tuvo una infancia tan inexistente que necesitó que la generación siguiente ocupara la vida resolviendo sus propios asuntos, los de ella. Siempre he pensado que es importante dejar el legado a los hijos lo más limpio posible de mal karma, digo de transferencia generacional.

Pienso también que seguramente mucha gente me ha querido pero yo estaba ocupada con esto y no lograba que ese afecto me llegara.

El cuerpo recuerda lo que la mente ha olvidado. Y ese recuerdo anida en las cadenas musculares.

En ocasiones, las primeras experiencias funcionan como un molde que contiene a las siguientes. La huella mnémica se fija si la experiencia ocurrió en un episodio significativo y relevante para la persona. Y en este caso, significativo quiere decir que hubo un cambio o una intensificación emocional. En eso consiste el aprendizaje.

En el futuro, cuando cualquier amenaza se presente y necesite la alerta neurofisiológica, el cuerpo reaccionará, muy probablemente, activando la sensación física anclada a partir de la impronta (1)o experiencia molde.

Esta respuesta está prevista para atender la presencia del depredador y se activa por arco reflejo no consciente. La construcción de la ansiedad tiene que ver con vivir la vida como si el depredador estuviera presente siempre.

Normalmente, las nuevas experiencias de la vida resuelven la impronta que genera la dificultad. Funcionan como contra ejemplo. Las situaciones que vamos viviendo nos hacen ver que lo que se consideraba amenaza no tiene porqué serlo forzosamente. De este modo podemos decir que la vida cura a la vida.

Pero en ocasiones la sensación queda anclada en el cuerpo. El sueño resuelve a menudo lo que le preocupaba al durmiente en estado de vigilia. Una de las hipótesis acerca del origen de los cuentos es que sean la transcripción de sueños (2). En algunas culturas el sueño forma parte de la realidad, es un modo real de experimentar la vida. Es el caso de algunas experiencias oníricas tan vívidas que son capaces de generar la misma respuesta fisiológica como si estuvieran ocurriendo cuando el durmiente está despierto.

El debate está en saber si el sueño encierra un símbolo del pasado para ser descifrado como defendía Freud o por el contrario, si es un mensaje vaticinador, para ser vivido en el futuro como sostenía Jung.

Lo maté en sueños y luego no pude hacer nada hasta que lo despaché de verdad. Sin remedio. Max Aub. Crímenes ejemplares (3)

Quiero mirarme
de frente
sentada ante mí
sin prisas
con deleite
devanar los nudos
de mi historia
descifrar el enigma
que se escribe
en mis huellas.

(Trinidad Ballester)

Notas:

(1) Consultar la obra de Konrad Lorenz acerca de la impronta: Hablaba con las bestias (1999): Ed. Tusquets.

(2) Ver en Bernardo Ortín (2005): Cuentos que curan. Barcelona: Océano-Ámbar. Págs. 61ss.

(2) Los trabajos de M.L. von Franz sobre el origen de los cuentos de hadas y otros relatos en (1990): Símbolos de redención en los cuentos de hadas. Barcelona: Luciérnaga. Ver también (1992): Sobre los sueños y la muerte. Barcelona: Kairós. Y por último: (1993): Érase una vez… Barcelona: Luciérnaga.

(3) En Fernandez, A. (1990). La mano de la hormiga. Madrid: Fugaz.

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Los Niños Invisibles: La Extra-Vagancia de Secundino

Los Niños Invisibles: La Extra-Vagancia de Secundino

Ilustración: Vera Ortín Ballester

Secundino tenía una gran facilidad para ponerse en el lugar del otro. Sentía como propio cualquier dolor ajeno.

Había días en que ni siquiera le daba tiempo para pensar en sí mismo porque iba enganchando sin tregua opiniones y emociones de los demás.

Era altamente empático y en poco tiempo adquiría las características de su interlocutor: su tono de voz, su gesto y postura corporal. Si el otro tensionaba el cuello o la espalda, Secundino hacía lo mismo. Llegaba a adquirir el peso de la persona que más frecuentaba y lo más increíble, también su altura. Dominaba a la perfección la corrección postural.

En menos de un mes podía aprender un idioma si conocía a un nativo que lo hablara.

Por supuesto, no podía evitar tener las mismas opiniones que sus amistades y ello por dos cosas: primero por empatía y segundo, porque no le daba tiempo a construir su propio juicio. No le era fácil estar en grupo, porque tenía que jerarquizar con quién empatizar en ese momento.

Su orientador del servicio OVNI (Orientación Vocacional No Inductora) le recomendó que se dedicara a una profesión de ayuda a los demás. Por cierto que este orientador no tenía el mismo problema que Secundino. Le encauzó su vida entera en cuarenta minutos sin mirarlo a la cara, con los ojos clavados en la pantalla de su ordenador le leía los resultados del test. Iniciaba cada observación con la frase: «En el test te sale que deberías… ». Después de aquellas sesiones dudó entre Enfermería, Educación Social y Psicología. Finalmente estudió Medicina.

Secundino arrastró siempre cierta inmadurez. Trataba casos tan difíciles en el ejercicio de su profesión que nunca podía dedicarse a sí mismo.

Sus amigos y parejas lo elegían, él no sabía decidir con quién estar. Fue una suerte que no conociera a malas personas porque hubiera sido un excelente sicario sin remordimientos.

Cuando murió, sus últimas palabras fueron: «No me reconozco».

En muchas situaciones conjeturamos acerca de cómo se vería algo que nos preocupa desde otra perspectiva: qué diría un amigo, un familiar, la pareja, un compañero de trabajo o algún mentor intelectual que nos sirva de referencia. El pensamiento sobre nosotros mismos no puede darse sin referencias externas como el tú o él.

La sintonización es un fenómeno humano natural en el aprendizaje. El acompasamiento de la menstruación de mujeres que viven juntas es un ejemplo de ello. Los niños aprenden en los primeros años mediante acompasamiento de acciones y emociones de sus adultos de referencia. El mal llamado embarazo histérico de algunas hembras como es el caso de las perras también tiene que ver con este fenómeno entre las comadres. Se trata de un aspecto de la socialización que busca la adaptación social y la aceptación por parte del grupo (1).

Tanto el código narrativo literario como el cinematográfico tienen muy en cuenta la diversidad de posiciones en el relato. La tradición epistolar en la literatura es el modo de ver la realidad desde la alternancia entre las tres posiciones relatoras: la primera (yo), la segunda (tú) y la tercera (él).

Un recorrido histórico por la sociología de las relaciones humanas en las organizaciones aporta muchos ejemplos sobre relaciones ternarias. Las relaciones de Estado entre el poder ejecutivo, el monarca y la población son un ejemplo de ello (2), así como la separación de poderes legislativo, judicial y ejecutivo. La toma de decisiones delicadas requiere su división entre comisiones técnicas de dictamen no vinculante, órganos decisores y representantes sociales que velan por el derecho de los consumidores.

Adoptar distintas perspectivas es una manera muy eficaz de pensar con flexibilidad. Existen muchas técnicas orientadas a este objetivo. Por ejemplo, el método de los Seis sombreros para pensar (3). Un modo de estructurar sesiones de análisis de proyectos, en el que cada sombrero aporta una dimensión diferente, como el sombrero de la información objetiva, el de las propuestas creativas, o el que calibra las dificultades que pueden aparecer en el camino entre otros.

En momentos de desorientación o en el paso por trances vitales de cambio de ciclo biográfico, el ser humano necesita la influencia de partes o aspectos de la sabiduría humana que le ayuden (4). La versión colectiva y antropológica de lo que estamos hablando son los arquetipos. Su función consiste en reflejar la solución que el sujeto ya intuye y que le viene reforzada por la vía especular.

El relato más antiguo que se conoce metaforiza la vida como un viaje (5) y el héroe que lo transita necesita de estas fuerzas arquetípicas. El valor de la soledad que aporta el arquetipo del Huérfano, la fuerza del Guerrero o la capacidad de investigación del Vagabundo son puntos de vista que enriquecen y amplían los límites del viajero (6).

A veces también ayudan algunas fuerzas aparentemente negativas como es el caso del trabajo de Johannes Galli (7), maestro de teatro que trabaja con figuras como el Deslenguado, el Fanfarrón o el Donnadie. Arquetipos que anidan en el inconsciente y que sostienen puntos de vista útiles en algunas situaciones. Se trata de evocar la peor imagen de nosotros mismos y pedirles un consejo que podamos escenificar.

La toma de otras posiciones, en contra de debilitar la propia, aporta más información y de mejor calidad para quien la práctica. Muchas veces sirve para reforzar el propio criterio, aunque de todos modos, lo que siempre ocurre es la toma de conciencia de la complejidad de las cosas.

Soy un ser
incompleto
y la mitad
vacío
que no imagina
mayor dulzura
que ser en otro
y ese otro sea
en mí.

(Trinidad Ballester)

Sin embargo, aunque es importante ponerse en los zapatos del otro; es esencial volver a ponerse en los propios. Toda toma de decisión debe hacerse en primera posición.

Secundino suele hacer una travesía extra-vagante por las mentes de las personas con las que convive y manifiesta serias dificultades para volver a la suya propia, con lo cual le cuesta mucho esfuerzo sintetizar su pensamiento y nota un vacío inexplicable que le impide pensar por sí mismo, como es el caso de la siguiente historia:

En cierta ocasión dos vecinos que tenían una disputa sometieron su caso ante un juez. Este le pidió a uno de ellos que diera su opinión sobre los hechos. Cuando finalizó le dijo:

—Tiene usted toda la razón.

El segundo vecino quedó asustado por la afirmación del juez hasta que este le pidió su versión de los hechos. Cuando terminó su exposición el juez le dijo:

—Tiene usted toda la razón.

El secretario del juez, desorientado ante la actuación de este le dijo:

—Señoría, no pueden tener los dos toda la razón.

A lo que el juez le respondió:

—Tiene usted toda la razón.

Notas:

(1) Ver la película Zelig (1983) de Woody Allen. Falso documental sobre Leonard Zelig, el hombre camaleón que asombró a la sociedad norteamericana de los años 20. Su necesidad de ser aceptado lo llevó a transformarse físicamente en las personas que lo rodeaban, convirtiéndose así en un fenómeno mediático, en una celebridad sin esencia.

(2) Bateson, G. (1998): Pasos hacia una ecología de la mente. B. Aires: Lolhé-Lumen. Págs. 122-123.

(3) Bono, E. de. (1996): Seis sombreros para pensar. Barcelona: Granica. Págs. 213-222.

(4) Consultar de Carl Gustav Jung: Arquetipos e inconsciente colectivo (1970). B. Aires: Paidós. Ver también El hombre y sus símbolos (1997). Barcelona. Caralt.

(5) Campbell, J. (1959-1997): El héroe de las mil caras. México: Fondo de Cultura Económica.

(6) Gilligan, S. y Dilts, R. (2011): El viaje del héroe. Barcelona: Rigden.

(7) Johannes Galli, profesional del teatro, trabaja con  siete Kellerkinder o arquetipos negativos básicos que son negados en nuestra infancia pero que suponen la base de nuestra creatividad reprimida. Estos son el Torpe, el Andrajoso, el Deslenguado, el Fanfarrón, la Mujerzuela, el Avaro y el Donnadie. En este trabajo, el cliente se conecta a un problema y desciende al sótano de su memoria infantil para consultar a estos siete arquetipos negativos que son representados por siete compañeros o por sí mismo y que le dan consejos referentes al problema.

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Los Niños Invisibles: Lucio y Su Única Perspectiva

Los Niños Invisibles: Lucio y Su Única Perspectiva

Ilustración: Vera Ortín Ballester

De muy niño en algunas mañanas de verano me acostaba en el suelo con la cara apoyada en el piso fresco. Desde ahí veía barrer a mi abuela protegido por una distancia cómoda.

Observaba pequeñas áreas del piso que la abuela olvidaba barrer y que siempre acababa por recorrer si yo tenía la suficiente paciencia y le dejaba ejecutar una segunda pasada con la escoba.

Cuando ella murió, yo tenía ocho años y ya en el internado y desde esta misma perspectiva, a veces observaba, escondido bajo la cama, a unos niños mayores que entraban a mi dormitorio persiguiéndome para que les diera mi merienda a cambio de protegerme de ellos mismos.

Desde entonces me acostumbré a este punto de vista y lo generalicé. Me gustaba ver los pies de los otros sin ser visto, a cubierto bajo una cama o por la rendija inferior de una puerta.

Ahora estoy sentado en mi huerto, tomando un vaso de vino, es la tarde del último domingo de agosto. Mi conciencia del paso del tiempo es extrema, como mi temperamento. El viento anuncia el otoño y aunque teóricamente es muy pronto, ya se nota. La luz es muy clara, enfoca los objetos nítidamente y las sombras de los árboles empiezan a alargarse.

La mesa en la que apoyo el vaso es de piedra con patas de hierro macizo. Se oye una cierta algarabía (1) en el huerto de al lado. Un grupo de amigos se reúne a comer. Hablan, se ríen y se mueven de la casa al huerto llevando comida y bebida.

Por alguna razón siento que debería estar con ellos. Hasta que de repente me alcanza la lucidez y comprendo que en realidad estaba comiendo con ellos hace unos instantes, siento la escena como mi lugar que ahora percibo disociado. Dicen mi nombre: ¡Lucio! Me están llamando. Siento que estoy soñando. Me tomo un respiro bebiendo ese vaso de vino distanciado de mi gente.

No sé qué es real, todo es brumoso, ya no puedo tomar el vaso, se me hace pesado y lejano. La mano izquierda no responde y ellos siguen diciendo mi nombre.

Vuelvo a estar tumbado boca abajo con la cara pegada al piso. Regreso así a mi lugar de seguridad como en aquellos días lejanos de veranos infantiles. La brisa de la tarde me trae muchos recuerdos y mi conciencia se abre paso. Me doy cuenta de que tengo ochenta años y siento que me estoy muriendo.

La percepción de la realidad tiene una relación directa con la perspectiva o el lugar desde el que mira el sujeto.

De modo natural cambiamos el punto de vista para poder reimaginar el mundo. La perspectiva múltiple es un ejercicio involuntario que favorece nuestra adaptación al medio.

La astronomía está muy relacionada con la información que nos da el punto de vista. Esta disciplina ha precedido las grandes revoluciones científicas.

El lugar desde el que observamos el mundo cambia la realidad observada. Si el observador se traslada del llano a la montaña describe percepciones muy diversas de la misma realidad.

Con la revolución copernicana se cambió el centro del universo. El mundo geocéntrico y antropocéntrico de la astronomía griega y medieval fue sustituido por el mundo heliocéntrico e incluso sin centro, de la astronomía moderna (2).

En el espacio infinito no puede haber ningún centro. La pérdida del punto de vista desde el que analizar el mundo significa la pérdida por parte del hombre de su posición única y privilegiada y por tanto, del lugar de producción de sentido (3).

Este proceso culmina con una crisis de la conciencia en Europa durante los siglos XVI y XVII. Esta transición pone en crisis la conciencia de identidad del ser humano y del propio mundo en el que vive. En el siglo XVII se seculariza la conciencia y el interés se centra en la subjetividad y en la actividad más que en la objetividad y quietud contemplativa medieval.

En síntesis, el hombre pierde su lugar en el mundo e incluso su mundo, sobre el que piensa y en el que vive (4). Se impulsa así el escepticismo como actitud intelectual.

En otro orden de cosas y volviendo a poner los pies en la tierra, hay que decir que uno de los mecanismos más efectivos de la tecnología del control social es el rapto del punto de vista del sujeto. La apropiación de la perspectiva de la persona y su sustitución por otra perspectiva más conveniente para su docilización es uno de los procedimientos disciplinarios más útiles.

Bentham, en el siglo XVIII, impulsó el panoptismo como el artefacto de control social más eficaz que haya existido. «El que está sometido a un campo de visibilidad y que lo sabe, reproduce las coacciones del poder, se convierte en el principio de su propio sometimiento» (5).

Esta centralización del punto de vista en la torre de control central supone «un rapto de la libertad de la mirada de cada individualidad y sus efectos de búsqueda de docilidad» (6). Mecanismo que puede utilizarse en hospitales, talleres, fábricas, prisiones y escuelas.

El dominio del punto de vista impone la perspectiva, que se convierte en única al no poder ser contrastada con otras.

Piense en dos imágenes: hablamos del tránsito de la visión de la sociedad en la plaza de la ciudad en el día de carnaval, momento en el que se produce una multiplicidad infinita de puntos de vista, hacia la centralización del punto de vista único y panóptico, mucho más fácil de dominar.

La cámara cinematográfica nos enseña inconscientemente a mirar la realidad desde distintas posiciones con el fin de transmitirnos cómo debemos interpretarla. La perspectiva de la cámara subjetiva, con movimiento humano, resultante de llevar la cámara al hombro, nos da una perspectiva muy distinta a la mirada objetiva de reportaje que se puede notar por la quietud que aporta el ancla del trípode. La mirada hipnótica de la cámara de Godard, desde la posición del protagonista. O la cámara —mirada intrigante de Hitchcock—, mediante la que el relator intenta avisar al protagonista del riesgo que corre en las escenas de suspense. Cuando le preguntaron al cineasta en qué consiste el suspense, contestó que radica en la posición de la cámara. Pensemos en una escena en la que una pareja sentada alrededor de un té dispuesto en una mesa y que se declaran su amor, mientras la cámara enfoca debajo de la mesa en la que está instalada una bomba a punto de explotar y que los enamorados no pueden ver.

La posición de la cámara nos da la primera información acerca de cómo debemos mirar y entender la realidad que se nos presenta. Y esta es una de las técnicas narrativas que implica mayor maestría cinematográfica.

Valle-Inclán, por otra parte, definió el esperpento como la impresión del espectador ante una escena en la que podemos ver la sociedad congregada en un gran espacio como la entrada a un teatro, desde el piso de arriba, en contrapicado.

Hablando en términos más cercanos a nuestra experiencia sensorial, podemos recordar que una estrategia muy utilizada para reducir la angustia provocada por un recuerdo traumático consiste en imaginarlo desde distintos puntos de vista: desde lejos, desde arriba, desde otras posiciones, alejando o acercando la imagen de nosotros mismos, o hacerlo a distintas velocidades. El objetivo es cambiar la perspectiva hasta que ceda la angustia.

Tras las hojas de la soledad
se agazapan como esporas
las simientes
de una verdad
desconocida

(Trinidad Ballester)

Notas:

(1) Algarabía: Término despectivo que utilizaban los cristianos durante la estancia de los árabes en España cuando querían referirse a su alboroto, como diciendo: «allá se oye hablar algo de árabe».

(2) Alexander Koyré (1989): Del mundo cerrado al universo infinito. Madrid. Siglo XXI. Pág. 6.

(3) Op. Cit.:45-46

(4) Norbert Elías (1993): El proceso de civilización. Madrid: Fondo Cultura Económica.

(5) Michel Foucault (1990): Vigilar y castigar. Madrid: Siglo XXI. Págs. 199ss.

(6) Op. Cit.: 139.

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Los Niños Invisibles: Alba y La Geografía del Miedo

Los Niños Invisibles: Alba y La Geografía del Miedo

Ilustración: Vera Ortín Ballester

Alba vivió una niñez aislada, una desconocida enfermedad la mantuvo ensimismada. Se curó con medios primitivos, no se sabe quién la ayudó. Pasó la pubertad como una convalecencia de su infancia. De aquello le quedó la costumbre de observar su cuerpo. Se entrenó en cosas como saber qué músculo es el primero en moverse para ponerse de pie, para tumbarse, para componer su equilibrio, qué zonas musculares intervienen en la lucha cuerpo a cuerpo y qué otras debe relajar para sacar ventaja en el combate. Fue una luchadora prácticamente imbatible en los juegos y cuando le tocó medirse de verdad su problema era otro: le desagradaba de igual modo vencer como ser vencida.

Solía notar los ojos de la comunidad como un aura de vigilancia que la inmovilizaba. En su poblado y los aledaños que frecuentaba se la percibía como distinta a los demás, despertaba emociones entre la fascinación y el rechazo. Siempre fue así, desde niña tuvo que explicar su existencia, como si tuviera que merecer lo que otros obtienen gratuitamente. Entre unas cosas y otras prefirió por lo general volcarse hacia dentro de sí misma.

A menudo, ni el amor ni otras formas de motivación lograron estimular su alma. Parecía no necesitar nada de su entorno. Sin embargo, esto no mermó su gran vitalidad. Siguió senderos del chamanismo en versión local y alcanzó cierto estatus de curandera. Más que querida fue respetada a distancia o, mejor dicho, temida en silencio.

Mi abuela la conoció en 1930 en el norte de Castellón y me habló de sus ojos grandes y emisores. Ojos que eran capaces de mirar hacia fuera y hacia dentro de sí misma durante la conversación. A veces adentro y fuera de su interlocutor… y parecía que lo hiciera a la vez, habilidad que espantó a más de un visitante que se acercó a su casa. Cuando el sanador busca información, a menudo lo que hace es aportarla, darle dimensión al discurso del consultante y eso hace temer por lo imprevisible y por lo excesivo.

Existe un aspecto extraño en la vida de Alba, algo sombrío que corrió de boca en boca, pero que casi nadie pudo contemplar en directo, algo que contrastaba con esta fuerte personalidad y que quedó grabado en el inconsciente colectivo como una leyenda.

Se la vio presa de una terrorífica paralización. A veces quedaba hechizada por un fantasma que le impedía el menor movimiento. Su quietud daba miedo, como si anunciara desde la paralización un inesperado y fatal movimiento. En esos momentos en los que no podía articular palabra, su piel pálida mostraba la palpitación extrema del corazón. Parecía estar en presencia del peor de los monstruos. Tras un breve clímax de contacto con la locura, su cuerpo se recomponía pasando por un temblor como transición a la recuperación de la calma.

Su síntoma llegó a convertirse en el único puente para relacionarse con el mundo. Analizaba su vida en función del comportamiento de su propio miedo. Ese momento fue el que eligió para aislarse en la cabaña de la montaña. Pensó que su remedio era vivir como los antiguos, procurándose lo más básico, el agua, la comida, el fuego durante el invierno y la sombra contra el calor. Buscaba la quietud como pócima de fondo para su curación.

La regularidad del paso del tiempo hizo su papel, la monotonía se abría paso en el pensamiento circular y en cada vuelta deshinchaba la fuerza de las obsesiones. Pasaron los años y Alba llevaba una vida centrada en el régimen de visitas de sus fantasmas, se había acostumbrado a ellos y podía convivir con su presencia mientras recogía las hierbas de la montaña para preparar sus remedios. Pero nunca abandonó su cabaña.

Crear el mundo para ocuparlo

En culturas como la sumeria, india o mesopotámica, para que algo sea real debe ser reflejo del espacio celeste. «Así en la tierra como en el cielo», reza la oración. Platón recogió estas ideas y las formalizó en su pensamiento. La creación de la realidad tiene que ver con transformar el caos inicial en cosmos, en darle forma al territorio antes de ser habitado. Y ello se hace a partir de marcar un centro para después determinar su periferia (1).

El simbolismo del centro del mundo es uno de los mitos en los que se asienta la idea de civilización. Montañas, templos, palacios y ciudades especiales son espacios sagrados que conectan Cielo, Tierra e Infierno. Son el kilómetro cero y acceder a ellos supone una consagración.

El segundo elemento de conversión de caos en cosmos consiste en que el ser humano disponga de un lugar en el mundo. Esta idea se apoya en una sensación física. Las personas intercambiamos permanentemente información con nuestro entorno inmediato, medimos visualmente la distancia entre el lugar en el que nos encontramos y los límites de nuestro espacio circundante. Por eso es difícil mantener el equilibrio con un solo pie y con los ojos cerrados, porque así perdemos esa referencia.

Estudios realizados con comunidades balinesas muestran que estos no pueden bailar, ni siquiera seguir una conversación, si no están orientados geográficamente en los puntos cardinales del espacio (2). El escenario que rodea nuestro cuerpo posee significado y la percepción que tenemos del territorio afecta a nuestro estado personal. Muchas comunidades de indios norteamericanos comparten un sencillo ritual: no abandonan su casa sin sentir el espacio que circunda su cuerpo. Y se lo llevan allá donde van ese día. Aproximadamente metro y medio de diámetro de espacio personal constituye su suelo protector para afrontar la jornada (3). Cuando decimos de alguien que parece que está como en su casa, seguramente es porque notamos esto en esa persona.

Algunos profesionales de asistencia domiciliaria como educadores, psiquiatras y trabajadores sociales, que trabajan con clientes de economía psíquica y social precaria, son más propensos que otros a las agresiones físicas de los usuarios que atienden (4). La presión psicológica a la que están sometidos estos profesionales es muy alta y la población a la que prestan sus servicios suele tener dificultades adaptativas. Uno de los factores predictores de este fenómeno radica en que los profesionales que son agredidos con mayor frecuencia se sienten muy inseguros cuando abandonan su sede laboral y salen a la calle. No logran sentir como propio ningún espacio ajeno y ello se refleja en su comunicación. La ruptura de sintonización emocional con los atendidos crispa la relación e induce la violencia del atendido. Estudios realizados con vendedores ambulantes confirman esta misma hipótesis.

El solo hecho de salir de Nueva Orleans me altera considerablemente. Tras los límites de la ciudad empieza el corazón de las tinieblas, la auténtica selva. (Ignatius Reilly. La conjura de los necios)

La proxemia estudia la regulación de la distancia y nos indica la base de muchos comportamientos y reglas de contacto social. Trata esencialmente de la noción de distancia fuera del campo de la conciencia.

Los descubrimientos de los especialistas en etiología y psicología animal sugieren que cada organismo vive en su mundo subjetivo, que está en función de su aspecto perceptual, y, en consecuencia, una separación arbitrariamente expuesta entre el organismo y su mundo modifica el contexto y falsea así la significación. La línea de demarcación entre el medio interno y externo de la persona no puede establecerse con precisión. El feed-back entre organismo y medio debe comprenderse como un proceso en permanente equilibrio sensible.

Los monos tienen treinta y dos funciones de territorialidad (5), algunas muy importantes relativas a la protección y evolución de la especie: proporcionan una base residencial, facilitan la protección frente a los depredadores, favorecen la cría selectiva de los más capaces para fundar territorios, protegen nidos y crías, identifican zonas de eliminación de desperdicios, entre otras. Sin embargo, una de las funciones más importantes de la proxemia es la de proteger el espacio contra la excesiva explotación del medio en el que vive una especie.

La geografía del miedo

Todo problema se da en un contexto. La rememoración del espacio remite inmediatamente al conflicto. Esto mismo es el camino del antídoto si cuando la persona manifiesta tener un problema es capaz de recordar un lugar en el que el problema se manifiesta más suavemente o ni siquiera se produce.

El miedo tiene una dimensión territorial. Muchas personas manifiestan no poder alejarse de lugares que viven como seguros: su casa, su barrio, su ciudad. Este es el poder transformador de la metáfora de la vida como un viaje. El mero cambio de aires y hábitos produce cambios en muchos casos. La metáfora del caminante, del aventurero no arraigado en ningún lugar, nos remite a la imagen arquetípica de la libertad.

Cualquier lugar es bueno para pasar de largo.
[Oído en películas de vaqueros (6)]

Las personas que sufren de miedo inexplicable suelen experimentarlo en ciertas áreas geográficas (7). Temen alejarse de su espacio de seguridad y notan en su cuerpo exactamente el límite que no pueden traspasar: angustia, ahogo, sensación de peso en los hombros o cualquier otro tipo de molestia.

El progreso en arte no consiste en ampliar los propios límites, sino en conocerlos mejor. (Braque)

Los espacios tienen memoria

Los cultivadores del arte de la memoria creaban escenarios con la ubicación de lugares y objetos para ejercitarla. Quintiliano, orador clásico, dice que lo primero es imaginar un edificio con el que el lector esté familiarizado. Debe ser espacioso, pero no muy grande, con buena iluminación, ni demasiado oscuro ni demasiado claro. Debe ser lo más variado posible, con patio interior, salones, alcobas, gabinetes y demás dependencias, con hornacinas, estatuas y adornos.  A continuación hay que ir recorriendo el edificio en su imaginación depositando objetos en ciertas partes específicas: anclas, anillos, talismanes… Cada imagen responde a un asunto o punto concreto que el orador desea nombrar. Mientras pronuncia el discurso  el orador debe ir recorriendo el edificio de manera ordenada recobrando en la mente cada uno de los objetos en su lugar asignado (8).

Otras técnicas hacen referencia a países, ciudades, barrios, casas y habitaciones para conectar con las distintas ramas del discurso que debían recordar.

La creación de meticulosos escenarios teatrales con gran profusión de rincones, cajones y escondrijos también facilitaba la conexión del orador con el hilo discursivo (9).

En el terreno alegórico, una de las metáforas espaciales más potentes es la casa. La casa natal, por ejemplo, es el albergue de nuestros ensueños, supone una sombra más allá del pasado verdadero y más grande que este. El recuerdo de la infancia es más grande que la historia ocurrida en aquella época.

El desván y el tejado alojan la edificación de los sueños y el sótano alberga los poderes subterráneos, la acción del inconsciente (10).

Dice Jung que la conciencia se conduce como el hombre que oye ruidos sospechosos en el sótano (inconsciente) y corre al desván (coartadas del consciente) para descubrir que allí no hay ladrones (11).

Un ritual adecuado para vencer el miedo se basa en caminar desde el centro de seguridad hasta la frontera del miedo, caminando hasta el umbral en el que el cuerpo avisa de la situación de amenaza. Entonces darse la vuelta para dar un paso hacia atrás, de modo que conquistamos, sin verlo, un paso al territorio del miedo. Al día siguiente, caminar de frente hasta el nuevo paso ampliado y darse la vuelta otra vez para dar un nuevo paso hacia atrás, conquistando cada día un paso nuevo a la frontera del miedo hasta que este se disuelva.

Si pudiera quitarme
esta piedra de la nuca
que duele tanto
me elevaría hacia el aire
volaría hasta el sur
y allí
me disiparía
como se disipa una duda

(Trinidad Ballester)

Notas

(1) Eliade, M. 1951. En Eliade 2000. El mito del eterno retorno. Madrid: Alianza.

(2) Bateson, G. (1998): Pasos hacia una ecología de la mente. B. Aires: Lolhé-Lumen, pág. 142).

(3) McDonald, W. (1996): Curso de hipnosis y patrones ericksonianos. Notas y apuntes. Instituto Gestalt de Barcelona: noviembre, 1996. Material multicopiado.

(4) Estudio citado por John McWhirter en (1998): Curso de Developmental Behavioural Modelling (DBM). Madrid: Material multicopiado.

(5) Hall, E. (1993): La dimensión oculta. Madrid: Siglo XXI.

(6) Ver el libro Más allá del Oeste. Fernández-Santos, A. 1988. Editorial Debate. Madrid.

(7) Nardone, G. (2012): Miedo, pánico, fobias. Ed. Herder. Barcelona.

(8) Frances Amelia Yates (2005). El arte de la memoria. Siruela, pág: 17.

(9) Catalá, J. M. (1993): La violación de la mirada. Madrid: Fundesco, págs. 39-40.

(10) Bachelard, G. La poética del espacio (1965: 46). Edit. Fondo Cultura Económica.

(11) (op. cit. 49).

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Los Niños Invisibles: La Abstinencia de Blanca

Los Niños Invisibles: La Abstinencia de Blanca

Ilustración: Vera Ortín Ballester.

Nunca es tarde para tener una buena infancia. (Milton Erickson)

Blanca se dedicaba a la prostitución y a ayunar, alternativamente. Tenía un aspecto virginal, lo cual no le había impedido tener un hijo. Esto no era de extrañar dada la influencia religiosa en la que había sido educada. Las monjas del hospicio le habían hablado de estos misterios.

Vivía en el Puerto de Sagunto y en 1988 tendría veintisiete años. Se mantenía en un peligroso estado de abstinencia, aunque ella decía que ayunar le daba fuerza.

Tenía catorce años cuando la conocí en el orfanato y parecía una cuidadora en vez de una interna. Una idea que podías confirmar después de hablar un rato con ella.

Blanca era dulce y entregada. Se apuntaba a todas las actividades extras del internado: el grupo de montañeros, la rondalla de música, las clases de costura y el ropero. Era voluntaria en todo lo que podía hacerse en aquel submundo rodeado de civilización.

Le resultaba fácil hacerse amiga de todos los educadores, voluntarios y en general, de los adultos que pasaban por allí. Pero no quería irse con ninguna familia acogedora para salir los domingos o las vacaciones. En Navidad, Semana Santa o en el verano siempre permanecía en el centro con un aspecto radiante y sonriente.

Las heridas de la espalda eran pequeñas quemaduras de cigarro que le hizo su madre cuando era niña.

La abstinencia alimentaria nos remite distintos campos metafóricos o hipótesis que procuran explicarla.

Algunas de ellas están relacionadas con evitar la contaminación del exterior. Hipotéticamente obedecen a la idea de mantener la realidad circundante a cierta distancia calculando además cuánto debemos entregarnos a la vida.

Los renunciantes constituyen una de las vías más importantes de acceso a la sabiduría en muchas tradiciones espirituales. Podemos contemplar el ayuno como práctica ascética en culturas como la cristiana, la musulmana sufí, la hinduista o la budista. Abstinencia como modo de mantenimiento de la pureza virginal frente a la eventual amenaza del mundo.

Tal vez el origen histórico de este fenómeno sea la justificación de las hambrunas que el ser humano ha padecido. Los mandatos religiosos de ayuno serían una forma de calmar y justificar el hambre mediante la fe (1).

Otra explicación apuntaría a que las tribus humanas necesitaran que algunos de sus miembros se entrenaran para atravesar largas travesías en desiertos carentes de comida.

Lo cierto es que algún aspecto de la abstinencia fascina al ser humano. En este sentido, se habla de los artistas del hambre que actuaron en Europa y Norteamérica en el siglo XIX y hasta bien entrado el siglo XX. Sacco fue uno de ellos y se presentó en Londres ayunando públicamente encerrado en una urna de cristal mientras cientos de visitantes contemplaban su cuerpo consumido (2). Mantenerse en la renuncia para que se manifieste la esencia.

El cuidado del alimento en las mejores condiciones biológicas posibles es otra metáfora relevante y constituye un objetivo de muchas disciplinas de la salud. La vuelta a lo natural, la lucha contra los aditivos y la defensa de la agricultura biológica son exponentes de esta inquietud.

La dialéctica entre naturaleza e historia constituye otra vía de análisis. Por ejemplo, el dibujo de los niños antes de que aprendan a leer y escribir es un material preciado para muchos analistas del comportamiento. Esta perspectiva (3) sugiere que el niño cuando llega a este mundo viene del inconsciente colectivo o el mundo de las ideas y trae información que el adulto ya tiene olvidada. Por eso lo analizan como un material ab origen, esto es, una obra original antes de haber sido contaminada por la historia y la cultura (4). Por eso dicen que es peligroso enseñar cosas a los niños, ya que puedan corromper el material que traen.

La abstinencia se manifiesta también en la relación entre pensamiento y acción. Algunas personas prefieren imaginar algo que experimentarlo. En una ocasión, nuestra protagonista Blanca, se enamoró de alguien y se lo contó a su mejor amiga en el internado. Ella le dijo: «Y ¿se lo has dicho a él?». A lo que Blanca contestó: «¡No, por supuesto! ¡Eso es cosa mía! ¡A él qué le importa!».

Pero reconociendo esta hipotética trama inconsciente que flota en el ambiente, el abstinente se convierte muchas veces en la víctima del proceso. Blanca acabó inmolándose con la intención de mantenerse a salvo. Su delirio de que la abstinencia la impermeabilizaba le llevó a una vida truncada. Enfermedades oportunistas saltaron fácilmente su frágil barrera inmunitaria y la derrotaron.

Es difícil saber las razones profundas de la abstinencia de Blanca. Lo cierto es que no fue una niña mimada en sus primeros años de vida. Nadie le otorgó un lugar y esto se refiere a otra metáfora relacionada con la renuncia: la experiencia temprana de no haber sido reconocida. La persona solo puede saber que existe si otro la mira. En definitiva, «Yo» es otro (5). La identidad se construye bajo el amparo de adultos significativos que nos anteceden y nos acompañan en la vida cotidiana y en la simbólica. Desde esta perspectiva, la abstinencia está sujeta al influjo de la pulsión tanática.

Lo virginal simboliza, por último, lo potencial. Es decir, lo posible y no materializado. El ser humano tiene innumerables caminos para construir una identidad desde el abandono, aunque Blanca no localizara el suyo.

Voy desapareciendo
de las mentes que conozco
de los recuerdos de otros
de los corazones de ayer.
Voy borrándome en el aire
de la memoria y el gesto.
Soy yo desapareciéndome
soy yo la que alza el olvido.

(Trinidad Ballester)

Notas:

(1) Mabel Gracia Arnaiz (2000): La complejidad biosocial de la alimentación humana. Universitat Rovira i Virgili de Tarragona. Dept. d’Antropologia Social i Filosofia. Págs. 35-55.

(2) Siri Hustvedt: Todo cuanto amé. Publicada en 2003. Pág: 105.

(3) De raíz platónica.

(4) Freud. El malestar en la cultura.

(5) Presupuesto esencial de la filosofía Hegeliana.

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