Los Niños Invisibles

Los Niños Invisibles: La Extra-Vagancia de Secundino

Los Niños Invisibles: La Extra-Vagancia de Secundino

Ilustración: Vera Ortín Ballester

Secundino tenía una gran facilidad para ponerse en el lugar del otro. Sentía como propio cualquier dolor ajeno.

Había días en que ni siquiera le daba tiempo para pensar en sí mismo porque iba enganchando sin tregua opiniones y emociones de los demás.

Era altamente empático y en poco tiempo adquiría las características de su interlocutor: su tono de voz, su gesto y postura corporal. Si el otro tensionaba el cuello o la espalda, Secundino hacía lo mismo. Llegaba a adquirir el peso de la persona que más frecuentaba y lo más increíble, también su altura. Dominaba a la perfección la corrección postural.

En menos de un mes podía aprender un idioma si conocía a un nativo que lo hablara.

Por supuesto, no podía evitar tener las mismas opiniones que sus amistades y ello por dos cosas: primero por empatía y segundo, porque no le daba tiempo a construir su propio juicio. No le era fácil estar en grupo, porque tenía que jerarquizar con quién empatizar en ese momento.

Su orientador del servicio OVNI (Orientación Vocacional No Inductora) le recomendó que se dedicara a una profesión de ayuda a los demás. Por cierto que este orientador no tenía el mismo problema que Secundino. Le encauzó su vida entera en cuarenta minutos sin mirarlo a la cara, con los ojos clavados en la pantalla de su ordenador le leía los resultados del test. Iniciaba cada observación con la frase: «En el test te sale que deberías… ». Después de aquellas sesiones dudó entre Enfermería, Educación Social y Psicología. Finalmente estudió Medicina.

Secundino arrastró siempre cierta inmadurez. Trataba casos tan difíciles en el ejercicio de su profesión que nunca podía dedicarse a sí mismo.

Sus amigos y parejas lo elegían, él no sabía decidir con quién estar. Fue una suerte que no conociera a malas personas porque hubiera sido un excelente sicario sin remordimientos.

Cuando murió, sus últimas palabras fueron: «No me reconozco».

En muchas situaciones conjeturamos acerca de cómo se vería algo que nos preocupa desde otra perspectiva: qué diría un amigo, un familiar, la pareja, un compañero de trabajo o algún mentor intelectual que nos sirva de referencia. El pensamiento sobre nosotros mismos no puede darse sin referencias externas como el tú o él.

La sintonización es un fenómeno humano natural en el aprendizaje. El acompasamiento de la menstruación de mujeres que viven juntas es un ejemplo de ello. Los niños aprenden en los primeros años mediante acompasamiento de acciones y emociones de sus adultos de referencia. El mal llamado embarazo histérico de algunas hembras como es el caso de las perras también tiene que ver con este fenómeno entre las comadres. Se trata de un aspecto de la socialización que busca la adaptación social y la aceptación por parte del grupo (1).

Tanto el código narrativo literario como el cinematográfico tienen muy en cuenta la diversidad de posiciones en el relato. La tradición epistolar en la literatura es el modo de ver la realidad desde la alternancia entre las tres posiciones relatoras: la primera (yo), la segunda (tú) y la tercera (él).

Un recorrido histórico por la sociología de las relaciones humanas en las organizaciones aporta muchos ejemplos sobre relaciones ternarias. Las relaciones de Estado entre el poder ejecutivo, el monarca y la población son un ejemplo de ello (2), así como la separación de poderes legislativo, judicial y ejecutivo. La toma de decisiones delicadas requiere su división entre comisiones técnicas de dictamen no vinculante, órganos decisores y representantes sociales que velan por el derecho de los consumidores.

Adoptar distintas perspectivas es una manera muy eficaz de pensar con flexibilidad. Existen muchas técnicas orientadas a este objetivo. Por ejemplo, el método de los Seis sombreros para pensar (3). Un modo de estructurar sesiones de análisis de proyectos, en el que cada sombrero aporta una dimensión diferente, como el sombrero de la información objetiva, el de las propuestas creativas, o el que calibra las dificultades que pueden aparecer en el camino entre otros.

En momentos de desorientación o en el paso por trances vitales de cambio de ciclo biográfico, el ser humano necesita la influencia de partes o aspectos de la sabiduría humana que le ayuden (4). La versión colectiva y antropológica de lo que estamos hablando son los arquetipos. Su función consiste en reflejar la solución que el sujeto ya intuye y que le viene reforzada por la vía especular.

El relato más antiguo que se conoce metaforiza la vida como un viaje (5) y el héroe que lo transita necesita de estas fuerzas arquetípicas. El valor de la soledad que aporta el arquetipo del Huérfano, la fuerza del Guerrero o la capacidad de investigación del Vagabundo son puntos de vista que enriquecen y amplían los límites del viajero (6).

A veces también ayudan algunas fuerzas aparentemente negativas como es el caso del trabajo de Johannes Galli (7), maestro de teatro que trabaja con figuras como el Deslenguado, el Fanfarrón o el Donnadie. Arquetipos que anidan en el inconsciente y que sostienen puntos de vista útiles en algunas situaciones. Se trata de evocar la peor imagen de nosotros mismos y pedirles un consejo que podamos escenificar.

La toma de otras posiciones, en contra de debilitar la propia, aporta más información y de mejor calidad para quien la práctica. Muchas veces sirve para reforzar el propio criterio, aunque de todos modos, lo que siempre ocurre es la toma de conciencia de la complejidad de las cosas.

Soy un ser
incompleto
y la mitad
vacío
que no imagina
mayor dulzura
que ser en otro
y ese otro sea
en mí.

(Trinidad Ballester)

Sin embargo, aunque es importante ponerse en los zapatos del otro; es esencial volver a ponerse en los propios. Toda toma de decisión debe hacerse en primera posición.

Secundino suele hacer una travesía extra-vagante por las mentes de las personas con las que convive y manifiesta serias dificultades para volver a la suya propia, con lo cual le cuesta mucho esfuerzo sintetizar su pensamiento y nota un vacío inexplicable que le impide pensar por sí mismo, como es el caso de la siguiente historia:

En cierta ocasión dos vecinos que tenían una disputa sometieron su caso ante un juez. Este le pidió a uno de ellos que diera su opinión sobre los hechos. Cuando finalizó le dijo:

—Tiene usted toda la razón.

El segundo vecino quedó asustado por la afirmación del juez hasta que este le pidió su versión de los hechos. Cuando terminó su exposición el juez le dijo:

—Tiene usted toda la razón.

El secretario del juez, desorientado ante la actuación de este le dijo:

—Señoría, no pueden tener los dos toda la razón.

A lo que el juez le respondió:

—Tiene usted toda la razón.

Notas:

(1) Ver la película Zelig (1983) de Woody Allen. Falso documental sobre Leonard Zelig, el hombre camaleón que asombró a la sociedad norteamericana de los años 20. Su necesidad de ser aceptado lo llevó a transformarse físicamente en las personas que lo rodeaban, convirtiéndose así en un fenómeno mediático, en una celebridad sin esencia.

(2) Bateson, G. (1998): Pasos hacia una ecología de la mente. B. Aires: Lolhé-Lumen. Págs. 122-123.

(3) Bono, E. de. (1996): Seis sombreros para pensar. Barcelona: Granica. Págs. 213-222.

(4) Consultar de Carl Gustav Jung: Arquetipos e inconsciente colectivo (1970). B. Aires: Paidós. Ver también El hombre y sus símbolos (1997). Barcelona. Caralt.

(5) Campbell, J. (1959-1997): El héroe de las mil caras. México: Fondo de Cultura Económica.

(6) Gilligan, S. y Dilts, R. (2011): El viaje del héroe. Barcelona: Rigden.

(7) Johannes Galli, profesional del teatro, trabaja con  siete Kellerkinder o arquetipos negativos básicos que son negados en nuestra infancia pero que suponen la base de nuestra creatividad reprimida. Estos son el Torpe, el Andrajoso, el Deslenguado, el Fanfarrón, la Mujerzuela, el Avaro y el Donnadie. En este trabajo, el cliente se conecta a un problema y desciende al sótano de su memoria infantil para consultar a estos siete arquetipos negativos que son representados por siete compañeros o por sí mismo y que le dan consejos referentes al problema.

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Los Niños Invisibles: Lucio y Su Única Perspectiva

Los Niños Invisibles: Lucio y Su Única Perspectiva

Ilustración: Vera Ortín Ballester

De muy niño en algunas mañanas de verano me acostaba en el suelo con la cara apoyada en el piso fresco. Desde ahí veía barrer a mi abuela protegido por una distancia cómoda.

Observaba pequeñas áreas del piso que la abuela olvidaba barrer y que siempre acababa por recorrer si yo tenía la suficiente paciencia y le dejaba ejecutar una segunda pasada con la escoba.

Cuando ella murió, yo tenía ocho años y ya en el internado y desde esta misma perspectiva, a veces observaba, escondido bajo la cama, a unos niños mayores que entraban a mi dormitorio persiguiéndome para que les diera mi merienda a cambio de protegerme de ellos mismos.

Desde entonces me acostumbré a este punto de vista y lo generalicé. Me gustaba ver los pies de los otros sin ser visto, a cubierto bajo una cama o por la rendija inferior de una puerta.

Ahora estoy sentado en mi huerto, tomando un vaso de vino, es la tarde del último domingo de agosto. Mi conciencia del paso del tiempo es extrema, como mi temperamento. El viento anuncia el otoño y aunque teóricamente es muy pronto, ya se nota. La luz es muy clara, enfoca los objetos nítidamente y las sombras de los árboles empiezan a alargarse.

La mesa en la que apoyo el vaso es de piedra con patas de hierro macizo. Se oye una cierta algarabía (1) en el huerto de al lado. Un grupo de amigos se reúne a comer. Hablan, se ríen y se mueven de la casa al huerto llevando comida y bebida.

Por alguna razón siento que debería estar con ellos. Hasta que de repente me alcanza la lucidez y comprendo que en realidad estaba comiendo con ellos hace unos instantes, siento la escena como mi lugar que ahora percibo disociado. Dicen mi nombre: ¡Lucio! Me están llamando. Siento que estoy soñando. Me tomo un respiro bebiendo ese vaso de vino distanciado de mi gente.

No sé qué es real, todo es brumoso, ya no puedo tomar el vaso, se me hace pesado y lejano. La mano izquierda no responde y ellos siguen diciendo mi nombre.

Vuelvo a estar tumbado boca abajo con la cara pegada al piso. Regreso así a mi lugar de seguridad como en aquellos días lejanos de veranos infantiles. La brisa de la tarde me trae muchos recuerdos y mi conciencia se abre paso. Me doy cuenta de que tengo ochenta años y siento que me estoy muriendo.

La percepción de la realidad tiene una relación directa con la perspectiva o el lugar desde el que mira el sujeto.

De modo natural cambiamos el punto de vista para poder reimaginar el mundo. La perspectiva múltiple es un ejercicio involuntario que favorece nuestra adaptación al medio.

La astronomía está muy relacionada con la información que nos da el punto de vista. Esta disciplina ha precedido las grandes revoluciones científicas.

El lugar desde el que observamos el mundo cambia la realidad observada. Si el observador se traslada del llano a la montaña describe percepciones muy diversas de la misma realidad.

Con la revolución copernicana se cambió el centro del universo. El mundo geocéntrico y antropocéntrico de la astronomía griega y medieval fue sustituido por el mundo heliocéntrico e incluso sin centro, de la astronomía moderna (2).

En el espacio infinito no puede haber ningún centro. La pérdida del punto de vista desde el que analizar el mundo significa la pérdida por parte del hombre de su posición única y privilegiada y por tanto, del lugar de producción de sentido (3).

Este proceso culmina con una crisis de la conciencia en Europa durante los siglos XVI y XVII. Esta transición pone en crisis la conciencia de identidad del ser humano y del propio mundo en el que vive. En el siglo XVII se seculariza la conciencia y el interés se centra en la subjetividad y en la actividad más que en la objetividad y quietud contemplativa medieval.

En síntesis, el hombre pierde su lugar en el mundo e incluso su mundo, sobre el que piensa y en el que vive (4). Se impulsa así el escepticismo como actitud intelectual.

En otro orden de cosas y volviendo a poner los pies en la tierra, hay que decir que uno de los mecanismos más efectivos de la tecnología del control social es el rapto del punto de vista del sujeto. La apropiación de la perspectiva de la persona y su sustitución por otra perspectiva más conveniente para su docilización es uno de los procedimientos disciplinarios más útiles.

Bentham, en el siglo XVIII, impulsó el panoptismo como el artefacto de control social más eficaz que haya existido. «El que está sometido a un campo de visibilidad y que lo sabe, reproduce las coacciones del poder, se convierte en el principio de su propio sometimiento» (5).

Esta centralización del punto de vista en la torre de control central supone «un rapto de la libertad de la mirada de cada individualidad y sus efectos de búsqueda de docilidad» (6). Mecanismo que puede utilizarse en hospitales, talleres, fábricas, prisiones y escuelas.

El dominio del punto de vista impone la perspectiva, que se convierte en única al no poder ser contrastada con otras.

Piense en dos imágenes: hablamos del tránsito de la visión de la sociedad en la plaza de la ciudad en el día de carnaval, momento en el que se produce una multiplicidad infinita de puntos de vista, hacia la centralización del punto de vista único y panóptico, mucho más fácil de dominar.

La cámara cinematográfica nos enseña inconscientemente a mirar la realidad desde distintas posiciones con el fin de transmitirnos cómo debemos interpretarla. La perspectiva de la cámara subjetiva, con movimiento humano, resultante de llevar la cámara al hombro, nos da una perspectiva muy distinta a la mirada objetiva de reportaje que se puede notar por la quietud que aporta el ancla del trípode. La mirada hipnótica de la cámara de Godard, desde la posición del protagonista. O la cámara —mirada intrigante de Hitchcock—, mediante la que el relator intenta avisar al protagonista del riesgo que corre en las escenas de suspense. Cuando le preguntaron al cineasta en qué consiste el suspense, contestó que radica en la posición de la cámara. Pensemos en una escena en la que una pareja sentada alrededor de un té dispuesto en una mesa y que se declaran su amor, mientras la cámara enfoca debajo de la mesa en la que está instalada una bomba a punto de explotar y que los enamorados no pueden ver.

La posición de la cámara nos da la primera información acerca de cómo debemos mirar y entender la realidad que se nos presenta. Y esta es una de las técnicas narrativas que implica mayor maestría cinematográfica.

Valle-Inclán, por otra parte, definió el esperpento como la impresión del espectador ante una escena en la que podemos ver la sociedad congregada en un gran espacio como la entrada a un teatro, desde el piso de arriba, en contrapicado.

Hablando en términos más cercanos a nuestra experiencia sensorial, podemos recordar que una estrategia muy utilizada para reducir la angustia provocada por un recuerdo traumático consiste en imaginarlo desde distintos puntos de vista: desde lejos, desde arriba, desde otras posiciones, alejando o acercando la imagen de nosotros mismos, o hacerlo a distintas velocidades. El objetivo es cambiar la perspectiva hasta que ceda la angustia.

Tras las hojas de la soledad
se agazapan como esporas
las simientes
de una verdad
desconocida

(Trinidad Ballester)

Notas:

(1) Algarabía: Término despectivo que utilizaban los cristianos durante la estancia de los árabes en España cuando querían referirse a su alboroto, como diciendo: «allá se oye hablar algo de árabe».

(2) Alexander Koyré (1989): Del mundo cerrado al universo infinito. Madrid. Siglo XXI. Pág. 6.

(3) Op. Cit.:45-46

(4) Norbert Elías (1993): El proceso de civilización. Madrid: Fondo Cultura Económica.

(5) Michel Foucault (1990): Vigilar y castigar. Madrid: Siglo XXI. Págs. 199ss.

(6) Op. Cit.: 139.

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Los Niños Invisibles: Alba y La Geografía del Miedo

Los Niños Invisibles: Alba y La Geografía del Miedo

Ilustración: Vera Ortín Ballester

Alba vivió una niñez aislada, una desconocida enfermedad la mantuvo ensimismada. Se curó con medios primitivos, no se sabe quién la ayudó. Pasó la pubertad como una convalecencia de su infancia. De aquello le quedó la costumbre de observar su cuerpo. Se entrenó en cosas como saber qué músculo es el primero en moverse para ponerse de pie, para tumbarse, para componer su equilibrio, qué zonas musculares intervienen en la lucha cuerpo a cuerpo y qué otras debe relajar para sacar ventaja en el combate. Fue una luchadora prácticamente imbatible en los juegos y cuando le tocó medirse de verdad su problema era otro: le desagradaba de igual modo vencer como ser vencida.

Solía notar los ojos de la comunidad como un aura de vigilancia que la inmovilizaba. En su poblado y los aledaños que frecuentaba se la percibía como distinta a los demás, despertaba emociones entre la fascinación y el rechazo. Siempre fue así, desde niña tuvo que explicar su existencia, como si tuviera que merecer lo que otros obtienen gratuitamente. Entre unas cosas y otras prefirió por lo general volcarse hacia dentro de sí misma.

A menudo, ni el amor ni otras formas de motivación lograron estimular su alma. Parecía no necesitar nada de su entorno. Sin embargo, esto no mermó su gran vitalidad. Siguió senderos del chamanismo en versión local y alcanzó cierto estatus de curandera. Más que querida fue respetada a distancia o, mejor dicho, temida en silencio.

Mi abuela la conoció en 1930 en el norte de Castellón y me habló de sus ojos grandes y emisores. Ojos que eran capaces de mirar hacia fuera y hacia dentro de sí misma durante la conversación. A veces adentro y fuera de su interlocutor… y parecía que lo hiciera a la vez, habilidad que espantó a más de un visitante que se acercó a su casa. Cuando el sanador busca información, a menudo lo que hace es aportarla, darle dimensión al discurso del consultante y eso hace temer por lo imprevisible y por lo excesivo.

Existe un aspecto extraño en la vida de Alba, algo sombrío que corrió de boca en boca, pero que casi nadie pudo contemplar en directo, algo que contrastaba con esta fuerte personalidad y que quedó grabado en el inconsciente colectivo como una leyenda.

Se la vio presa de una terrorífica paralización. A veces quedaba hechizada por un fantasma que le impedía el menor movimiento. Su quietud daba miedo, como si anunciara desde la paralización un inesperado y fatal movimiento. En esos momentos en los que no podía articular palabra, su piel pálida mostraba la palpitación extrema del corazón. Parecía estar en presencia del peor de los monstruos. Tras un breve clímax de contacto con la locura, su cuerpo se recomponía pasando por un temblor como transición a la recuperación de la calma.

Su síntoma llegó a convertirse en el único puente para relacionarse con el mundo. Analizaba su vida en función del comportamiento de su propio miedo. Ese momento fue el que eligió para aislarse en la cabaña de la montaña. Pensó que su remedio era vivir como los antiguos, procurándose lo más básico, el agua, la comida, el fuego durante el invierno y la sombra contra el calor. Buscaba la quietud como pócima de fondo para su curación.

La regularidad del paso del tiempo hizo su papel, la monotonía se abría paso en el pensamiento circular y en cada vuelta deshinchaba la fuerza de las obsesiones. Pasaron los años y Alba llevaba una vida centrada en el régimen de visitas de sus fantasmas, se había acostumbrado a ellos y podía convivir con su presencia mientras recogía las hierbas de la montaña para preparar sus remedios. Pero nunca abandonó su cabaña.

Crear el mundo para ocuparlo

En culturas como la sumeria, india o mesopotámica, para que algo sea real debe ser reflejo del espacio celeste. «Así en la tierra como en el cielo», reza la oración. Platón recogió estas ideas y las formalizó en su pensamiento. La creación de la realidad tiene que ver con transformar el caos inicial en cosmos, en darle forma al territorio antes de ser habitado. Y ello se hace a partir de marcar un centro para después determinar su periferia (1).

El simbolismo del centro del mundo es uno de los mitos en los que se asienta la idea de civilización. Montañas, templos, palacios y ciudades especiales son espacios sagrados que conectan Cielo, Tierra e Infierno. Son el kilómetro cero y acceder a ellos supone una consagración.

El segundo elemento de conversión de caos en cosmos consiste en que el ser humano disponga de un lugar en el mundo. Esta idea se apoya en una sensación física. Las personas intercambiamos permanentemente información con nuestro entorno inmediato, medimos visualmente la distancia entre el lugar en el que nos encontramos y los límites de nuestro espacio circundante. Por eso es difícil mantener el equilibrio con un solo pie y con los ojos cerrados, porque así perdemos esa referencia.

Estudios realizados con comunidades balinesas muestran que estos no pueden bailar, ni siquiera seguir una conversación, si no están orientados geográficamente en los puntos cardinales del espacio (2). El escenario que rodea nuestro cuerpo posee significado y la percepción que tenemos del territorio afecta a nuestro estado personal. Muchas comunidades de indios norteamericanos comparten un sencillo ritual: no abandonan su casa sin sentir el espacio que circunda su cuerpo. Y se lo llevan allá donde van ese día. Aproximadamente metro y medio de diámetro de espacio personal constituye su suelo protector para afrontar la jornada (3). Cuando decimos de alguien que parece que está como en su casa, seguramente es porque notamos esto en esa persona.

Algunos profesionales de asistencia domiciliaria como educadores, psiquiatras y trabajadores sociales, que trabajan con clientes de economía psíquica y social precaria, son más propensos que otros a las agresiones físicas de los usuarios que atienden (4). La presión psicológica a la que están sometidos estos profesionales es muy alta y la población a la que prestan sus servicios suele tener dificultades adaptativas. Uno de los factores predictores de este fenómeno radica en que los profesionales que son agredidos con mayor frecuencia se sienten muy inseguros cuando abandonan su sede laboral y salen a la calle. No logran sentir como propio ningún espacio ajeno y ello se refleja en su comunicación. La ruptura de sintonización emocional con los atendidos crispa la relación e induce la violencia del atendido. Estudios realizados con vendedores ambulantes confirman esta misma hipótesis.

El solo hecho de salir de Nueva Orleans me altera considerablemente. Tras los límites de la ciudad empieza el corazón de las tinieblas, la auténtica selva. (Ignatius Reilly. La conjura de los necios)

La proxemia estudia la regulación de la distancia y nos indica la base de muchos comportamientos y reglas de contacto social. Trata esencialmente de la noción de distancia fuera del campo de la conciencia.

Los descubrimientos de los especialistas en etiología y psicología animal sugieren que cada organismo vive en su mundo subjetivo, que está en función de su aspecto perceptual, y, en consecuencia, una separación arbitrariamente expuesta entre el organismo y su mundo modifica el contexto y falsea así la significación. La línea de demarcación entre el medio interno y externo de la persona no puede establecerse con precisión. El feed-back entre organismo y medio debe comprenderse como un proceso en permanente equilibrio sensible.

Los monos tienen treinta y dos funciones de territorialidad (5), algunas muy importantes relativas a la protección y evolución de la especie: proporcionan una base residencial, facilitan la protección frente a los depredadores, favorecen la cría selectiva de los más capaces para fundar territorios, protegen nidos y crías, identifican zonas de eliminación de desperdicios, entre otras. Sin embargo, una de las funciones más importantes de la proxemia es la de proteger el espacio contra la excesiva explotación del medio en el que vive una especie.

La geografía del miedo

Todo problema se da en un contexto. La rememoración del espacio remite inmediatamente al conflicto. Esto mismo es el camino del antídoto si cuando la persona manifiesta tener un problema es capaz de recordar un lugar en el que el problema se manifiesta más suavemente o ni siquiera se produce.

El miedo tiene una dimensión territorial. Muchas personas manifiestan no poder alejarse de lugares que viven como seguros: su casa, su barrio, su ciudad. Este es el poder transformador de la metáfora de la vida como un viaje. El mero cambio de aires y hábitos produce cambios en muchos casos. La metáfora del caminante, del aventurero no arraigado en ningún lugar, nos remite a la imagen arquetípica de la libertad.

Cualquier lugar es bueno para pasar de largo.
[Oído en películas de vaqueros (6)]

Las personas que sufren de miedo inexplicable suelen experimentarlo en ciertas áreas geográficas (7). Temen alejarse de su espacio de seguridad y notan en su cuerpo exactamente el límite que no pueden traspasar: angustia, ahogo, sensación de peso en los hombros o cualquier otro tipo de molestia.

El progreso en arte no consiste en ampliar los propios límites, sino en conocerlos mejor. (Braque)

Los espacios tienen memoria

Los cultivadores del arte de la memoria creaban escenarios con la ubicación de lugares y objetos para ejercitarla. Quintiliano, orador clásico, dice que lo primero es imaginar un edificio con el que el lector esté familiarizado. Debe ser espacioso, pero no muy grande, con buena iluminación, ni demasiado oscuro ni demasiado claro. Debe ser lo más variado posible, con patio interior, salones, alcobas, gabinetes y demás dependencias, con hornacinas, estatuas y adornos.  A continuación hay que ir recorriendo el edificio en su imaginación depositando objetos en ciertas partes específicas: anclas, anillos, talismanes… Cada imagen responde a un asunto o punto concreto que el orador desea nombrar. Mientras pronuncia el discurso  el orador debe ir recorriendo el edificio de manera ordenada recobrando en la mente cada uno de los objetos en su lugar asignado (8).

Otras técnicas hacen referencia a países, ciudades, barrios, casas y habitaciones para conectar con las distintas ramas del discurso que debían recordar.

La creación de meticulosos escenarios teatrales con gran profusión de rincones, cajones y escondrijos también facilitaba la conexión del orador con el hilo discursivo (9).

En el terreno alegórico, una de las metáforas espaciales más potentes es la casa. La casa natal, por ejemplo, es el albergue de nuestros ensueños, supone una sombra más allá del pasado verdadero y más grande que este. El recuerdo de la infancia es más grande que la historia ocurrida en aquella época.

El desván y el tejado alojan la edificación de los sueños y el sótano alberga los poderes subterráneos, la acción del inconsciente (10).

Dice Jung que la conciencia se conduce como el hombre que oye ruidos sospechosos en el sótano (inconsciente) y corre al desván (coartadas del consciente) para descubrir que allí no hay ladrones (11).

Un ritual adecuado para vencer el miedo se basa en caminar desde el centro de seguridad hasta la frontera del miedo, caminando hasta el umbral en el que el cuerpo avisa de la situación de amenaza. Entonces darse la vuelta para dar un paso hacia atrás, de modo que conquistamos, sin verlo, un paso al territorio del miedo. Al día siguiente, caminar de frente hasta el nuevo paso ampliado y darse la vuelta otra vez para dar un nuevo paso hacia atrás, conquistando cada día un paso nuevo a la frontera del miedo hasta que este se disuelva.

Si pudiera quitarme
esta piedra de la nuca
que duele tanto
me elevaría hacia el aire
volaría hasta el sur
y allí
me disiparía
como se disipa una duda

(Trinidad Ballester)

Notas

(1) Eliade, M. 1951. En Eliade 2000. El mito del eterno retorno. Madrid: Alianza.

(2) Bateson, G. (1998): Pasos hacia una ecología de la mente. B. Aires: Lolhé-Lumen, pág. 142).

(3) McDonald, W. (1996): Curso de hipnosis y patrones ericksonianos. Notas y apuntes. Instituto Gestalt de Barcelona: noviembre, 1996. Material multicopiado.

(4) Estudio citado por John McWhirter en (1998): Curso de Developmental Behavioural Modelling (DBM). Madrid: Material multicopiado.

(5) Hall, E. (1993): La dimensión oculta. Madrid: Siglo XXI.

(6) Ver el libro Más allá del Oeste. Fernández-Santos, A. 1988. Editorial Debate. Madrid.

(7) Nardone, G. (2012): Miedo, pánico, fobias. Ed. Herder. Barcelona.

(8) Frances Amelia Yates (2005). El arte de la memoria. Siruela, pág: 17.

(9) Catalá, J. M. (1993): La violación de la mirada. Madrid: Fundesco, págs. 39-40.

(10) Bachelard, G. La poética del espacio (1965: 46). Edit. Fondo Cultura Económica.

(11) (op. cit. 49).

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Los Niños Invisibles: La Abstinencia de Blanca

Los Niños Invisibles: La Abstinencia de Blanca

Ilustración: Vera Ortín Ballester.

Nunca es tarde para tener una buena infancia. (Milton Erickson)

Blanca se dedicaba a la prostitución y a ayunar, alternativamente. Tenía un aspecto virginal, lo cual no le había impedido tener un hijo. Esto no era de extrañar dada la influencia religiosa en la que había sido educada. Las monjas del hospicio le habían hablado de estos misterios.

Vivía en el Puerto de Sagunto y en 1988 tendría veintisiete años. Se mantenía en un peligroso estado de abstinencia, aunque ella decía que ayunar le daba fuerza.

Tenía catorce años cuando la conocí en el orfanato y parecía una cuidadora en vez de una interna. Una idea que podías confirmar después de hablar un rato con ella.

Blanca era dulce y entregada. Se apuntaba a todas las actividades extras del internado: el grupo de montañeros, la rondalla de música, las clases de costura y el ropero. Era voluntaria en todo lo que podía hacerse en aquel submundo rodeado de civilización.

Le resultaba fácil hacerse amiga de todos los educadores, voluntarios y en general, de los adultos que pasaban por allí. Pero no quería irse con ninguna familia acogedora para salir los domingos o las vacaciones. En Navidad, Semana Santa o en el verano siempre permanecía en el centro con un aspecto radiante y sonriente.

Las heridas de la espalda eran pequeñas quemaduras de cigarro que le hizo su madre cuando era niña.

La abstinencia alimentaria nos remite distintos campos metafóricos o hipótesis que procuran explicarla.

Algunas de ellas están relacionadas con evitar la contaminación del exterior. Hipotéticamente obedecen a la idea de mantener la realidad circundante a cierta distancia calculando además cuánto debemos entregarnos a la vida.

Los renunciantes constituyen una de las vías más importantes de acceso a la sabiduría en muchas tradiciones espirituales. Podemos contemplar el ayuno como práctica ascética en culturas como la cristiana, la musulmana sufí, la hinduista o la budista. Abstinencia como modo de mantenimiento de la pureza virginal frente a la eventual amenaza del mundo.

Tal vez el origen histórico de este fenómeno sea la justificación de las hambrunas que el ser humano ha padecido. Los mandatos religiosos de ayuno serían una forma de calmar y justificar el hambre mediante la fe (1).

Otra explicación apuntaría a que las tribus humanas necesitaran que algunos de sus miembros se entrenaran para atravesar largas travesías en desiertos carentes de comida.

Lo cierto es que algún aspecto de la abstinencia fascina al ser humano. En este sentido, se habla de los artistas del hambre que actuaron en Europa y Norteamérica en el siglo XIX y hasta bien entrado el siglo XX. Sacco fue uno de ellos y se presentó en Londres ayunando públicamente encerrado en una urna de cristal mientras cientos de visitantes contemplaban su cuerpo consumido (2). Mantenerse en la renuncia para que se manifieste la esencia.

El cuidado del alimento en las mejores condiciones biológicas posibles es otra metáfora relevante y constituye un objetivo de muchas disciplinas de la salud. La vuelta a lo natural, la lucha contra los aditivos y la defensa de la agricultura biológica son exponentes de esta inquietud.

La dialéctica entre naturaleza e historia constituye otra vía de análisis. Por ejemplo, el dibujo de los niños antes de que aprendan a leer y escribir es un material preciado para muchos analistas del comportamiento. Esta perspectiva (3) sugiere que el niño cuando llega a este mundo viene del inconsciente colectivo o el mundo de las ideas y trae información que el adulto ya tiene olvidada. Por eso lo analizan como un material ab origen, esto es, una obra original antes de haber sido contaminada por la historia y la cultura (4). Por eso dicen que es peligroso enseñar cosas a los niños, ya que puedan corromper el material que traen.

La abstinencia se manifiesta también en la relación entre pensamiento y acción. Algunas personas prefieren imaginar algo que experimentarlo. En una ocasión, nuestra protagonista Blanca, se enamoró de alguien y se lo contó a su mejor amiga en el internado. Ella le dijo: «Y ¿se lo has dicho a él?». A lo que Blanca contestó: «¡No, por supuesto! ¡Eso es cosa mía! ¡A él qué le importa!».

Pero reconociendo esta hipotética trama inconsciente que flota en el ambiente, el abstinente se convierte muchas veces en la víctima del proceso. Blanca acabó inmolándose con la intención de mantenerse a salvo. Su delirio de que la abstinencia la impermeabilizaba le llevó a una vida truncada. Enfermedades oportunistas saltaron fácilmente su frágil barrera inmunitaria y la derrotaron.

Es difícil saber las razones profundas de la abstinencia de Blanca. Lo cierto es que no fue una niña mimada en sus primeros años de vida. Nadie le otorgó un lugar y esto se refiere a otra metáfora relacionada con la renuncia: la experiencia temprana de no haber sido reconocida. La persona solo puede saber que existe si otro la mira. En definitiva, «Yo» es otro (5). La identidad se construye bajo el amparo de adultos significativos que nos anteceden y nos acompañan en la vida cotidiana y en la simbólica. Desde esta perspectiva, la abstinencia está sujeta al influjo de la pulsión tanática.

Lo virginal simboliza, por último, lo potencial. Es decir, lo posible y no materializado. El ser humano tiene innumerables caminos para construir una identidad desde el abandono, aunque Blanca no localizara el suyo.

Voy desapareciendo
de las mentes que conozco
de los recuerdos de otros
de los corazones de ayer.
Voy borrándome en el aire
de la memoria y el gesto.
Soy yo desapareciéndome
soy yo la que alza el olvido.

(Trinidad Ballester)

Notas:

(1) Mabel Gracia Arnaiz (2000): La complejidad biosocial de la alimentación humana. Universitat Rovira i Virgili de Tarragona. Dept. d’Antropologia Social i Filosofia. Págs. 35-55.

(2) Siri Hustvedt: Todo cuanto amé. Publicada en 2003. Pág: 105.

(3) De raíz platónica.

(4) Freud. El malestar en la cultura.

(5) Presupuesto esencial de la filosofía Hegeliana.

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Los Niños Invisibles: El Caso de Julio. Indicaciones Para Cronificar El Insomnio

Los Niños Invisibles: El Caso de Julio. Indicaciones Para Cronificar El Insomnio

Ilustración: Vera Ortín Ballester.

Julio se despierta en mitad de la noche de modo inexplicable, mira el reloj y ve que son las tres de la madrugada. Sin darle importancia vuelve a dormirse hasta la mañana siguiente. Desarrolla su jornada habitual sin recordar el episodio.

La noche siguiente vuelve a despertarse a la misma hora, quizá por un hábito y esta vez, recuerda su despertar de la noche anterior y en algún punto de su conciencia los enlaza. Esta vez oye con mayor nitidez el segundero del reloj y se duerme pasados unos minutos.

Al despertar la mañana siguiente tiene un vago recuerdo de su episodio insomne y afronta el día con la sensación anotada en su mente. Es como un punto de color sobre la superficie nevada de su pantalla imaginaria. Vuelve a mirar el reloj pero le parece un artefacto menos inofensivo que la noche anterior.

Esta vez, al atardecer el punto de color adquiere intensidad como si fuera un aviso. Esa noche el insomnio dura alrededor de una hora y al día siguiente está cansado. Comienza a esperar a que se le pase esto y, por otro lado, inicia una ronda de hipótesis sobre la causa del conflicto.

Piensa que le ocurre algo, quizá sea algún cuadro patológico que le dificulta seguir con su vida normal.

Con el establecimiento de cada hipótesis acordona una zona de sospechas, marca fronteras que delimitan elementos amigos y enemigos. Y sobre todo, comienza a esperar el insomnio cada vez más pronto. Al principio era a última hora de la tarde, después, tras la comida y últimamente, desde que se despierta en la mañana, extenuado por la falta de descanso.

Ha reunido toda su atención en torno a este problema, e incluso puede haber llegado a olvidar otras actividades que antes le producían satisfacción. Poco a poco abandona acciones superfluas y se dedica a resistir el día, empieza a experimentar otras sensaciones asociadas a este sobreesfuerzo. No logra relajarse y cuando lo consigue experimenta un aviso de que no se abandone. Le parece sentir la presencia del reloj durante el día. Antes solo era el sonido del tic tac, ahora también es la imagen de la esfera, los números y las agujas. No se había dado cuenta hasta ahora de que la campana del despertador es mucho más grande de lo que le parecía hasta ese momento.

Inicia una serie de soluciones como quedarse muy quieto en la cama, concentrarse en el sueño, contar ovejitas, acostarse más tarde, ver la tele, tomar alguna copa de licor para relajarse, últimamente un vaso de leche caliente… Cada vez es peor. Cuanta más fuerza de voluntad aplica a su deseo de dormir menos lo consigue. A veces logra ver todas las horas del reloj durante la noche.

Necesita consultar con algún especialista o con más de uno y se pone a ello. Los tratamientos son complejos y de algún modo le recuerdan que hay que ayudarlo porque él solo no puede conseguirlo. En definitiva, tiene un síndrome que lo inhabilita. Así que pregunta a los profesionales porqué él no puede dormir como cualquier otra persona.

Ahora ya depende más del azar y de que los tratamientos especializados en el tema sean capaces de ayudarlo.

Todo lo que tiene que ver con el sostenimiento de la vida ocurre bajo el radar de la conciencia. El ritmo cardíaco, los procesos digestivos, la sensación de hambre, el ritmo respiratorio, el sueño y muchas más cosas ocurren sin permiso de nuestra voluntad consciente.

Del mismo modo ocurre con algunos procesos emocionales. A veces nos damos instrucciones, quizá por inducción del entorno. Indicaciones como:

—Debería ser más sociable, o más simpático, o más asertivo…

Y en ese momento se desarrolla una operación mental rápida que consiste en bloquear aún más nuestra poca sociabilidad o simpatía.

En definitiva, muchas veces el análisis lleva a la parálisis. Pensar y desear la solución nos aleja de ella. Es muy posible que Julio no pueda dormir precisamente porque desea hacerlo.

El pensamiento puede meternos de cabeza en un conflicto cuando forzamos racionalmente algo que debería ser espontáneo (1).

Desde esta perspectiva se podría caracterizar un problema como una situación existencial no deseada que va acompañada de un deseo de cambio. Es decir, algo que puede ser modificado.

La intensidad del deseo de cambio estabiliza el conflicto en muchas ocasiones. Este mecanismo ocurre por querer forzar con la voluntad lo que debe ocurrir espontáneamente.

Querer dormir o desear tener hambre porque es la hora de hacerlo. Tener pareja porque ya es hora de tenerla. Querer querer o desear lo que se debe desear según el grupo cultural o clase a la que se pertenece son modos de autoobligarse a lo que parece correcto hacer y en definitiva, nos conduce a bloquear lo que se desea conseguir.

Seguramente, uno de los peores refranes o mandatos de la modernidad es el que nos induce al pensamiento positivo: la recomendación nos dice que hay que ser positivo en todo momento, pase lo que pase. De este modo se niega la experiencia que tenemos del mundo, que es variable según las condiciones del contexto y nos impone otra, que además goza de muy buena fama. En definitiva, nos induce a forzar lo que debería ser naturalmente.

En aparente contradicción, podemos descubrir que este mecanismo tiene alguna ventaja. Por el mismo dispositivo que estamos describiendo se pueden resolver situaciones indeseables. Esto ocurre si nos comprometemos a experimentar la dificultad que deseamos evitar. En este sentido, si nos obligamos a tener el síntoma que en realidad nos sucede espontáneamente y que no queremos que ocurra evitamos que aparezca. Desear pasar miedo, o programarnos una sesión de ansiedad puede ser un buen antídoto para que no nos ocurra. Aunque para que funcione debemos estar seguros de que el síntoma indeseado nos ocurre involuntariamente, fuera de nuestro control consciente.

Para aprender es preciso olvidar

Bandura

Nota

(1) Paul Watzlawick. (1995). El arte de amargarse la vida. Editorial Herder. Barcelona

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Los Niños Invisibles: Un Ramito de Locura

Los Niños Invisibles: Un Ramito de Locura

Fotografía: Vera Ortín Ballester

Ring, ring, ring…

—¿Diga?
—¿Sole, me dejas la tijera del jardín, que quiero podar unas plantas?
—Claro mamá. ¿Cuándo la quieres?
—Ahora.
—¡Ah! Pues es que nos vamos a trabajar y no nos da tiempo de ir a tu casa. ¿Te importa que sea mañana?
—¿Por qué no me la quieres dejar, hija?
—Sí quiero, mamá, pero hoy no puedo. Mira, si quieres mañana vamos y te podamos las plantas nosotros. ¿Vale?
—¿Que no quieres que lo haga yo?
—Claro, mamá, pero te ayudo y te lo hago yo, si quieres.
—Entonces, ¿no me la quieres dejar? Yo te la cuidaría como si fuera mía.
—¡¡Mamá!! Sí quiero, pero ahora mismo no me da tiempo de llevártela.
—Mira que yo te conozco y sé cuándo no quieres hacer algo.
—¡¡Vale mamá, voy a llamar a la oficina para decir que me retrasaré y te las llevo ahora mismo!!
—¿Y te dará tiempo a podar tú misma las plantas?
—¡¡¡MAMÁ!!!
—¡Ay hija! Te has ofrecido tú, ¿no?
—Sí, mamá, pero mañana. ¡¡Hoy no puedo!!
—Al final, lo que tú querías desde el principio: ni me podas las plantas ni me dejas la tijera y el caso es que yo lo sabía.
—Mamá… (respira y baja la voz) voy a llamar al despacho para decir que estoy enferma y no puedo ir a trabajar. Ahora mismo voy a tu casa.
—Vale hija, gracias. No quiero que te enfades por lo que te voy a decir pero últimamente se te ha hecho muy mal carácter. No te ofendas pero quería decírtelo, cariño. Ya por mí da igual, que a los viejos nadie nos hacéis caso ni nos consideráis para nada. Te lo digo por los niños y por el clima de casa. Es muy importante, porque la atmósfera familiar recae sobre nosotras, cariño. Las mujeres somos el pilar de la familia.
—Vale mamá, ahora voy.
—Qué difícil eres, hija mía.

Luisa, la madre de Sole, tenía este poder especial. Era capaz de leer la mente de sus seres queridos. Prefería adivinar lo que estaba pensando el otro que preguntárselo. Para algunas personas el afecto es algo tan grande que puede llegar a otorgarles este tipo de facultades. Piensan que el amor infinito e incondicional que siente, en este caso, una madre por su hija, le ahorra la tediosa tarea de escucharla y puede pasar directamente a adivinar su pensamiento.

En ocasiones el amor y el poder caminan muy juntos. Especialmente cuando la persona piensa que todo lo que hace es por el bien del ser querido, o al menos eso cree.

La costumbre de creer impide a las personas observar. (Aristóteles)

También podemos remontarnos a buscar causas anteriores que expliquen este comportamiento, como la falta de atención y cariño en la infancia. O rastrear procesos de deseo interrumpidos en su biografía. O valorar la necesidad de afianzarse y protagonizar ciertas experiencias, en lugar de atender las necesidades específicas de la realidad.

Por ejemplo, sabemos que Luisa se crió en un ambiente repleto de incertidumbre. No sabía cuándo la iban a reprender o incluso a golpear. Desde niña se entrenó para poder predecir estos episodios. Para ello se fijaba en pequeños detalles como el sonido de los pasos de su padre cuando caminaba por el pasillo de la casa, o en el modo leve de resoplar que tenía su madre cuando respiraba inquieta. Percibía miradas extraviadas de sus padres y abuelos que la enfocaban más allá de sí misma, que en realidad no la veían a ella, sino a otras situaciones antiguas y secretas. Podía pronosticar una paliza solo por el tipo de ruido que hacía la llave al entrar en la cerradura cuando su padre la empuñaba para entrar en casa (1).

Cuando tenía diecisiete años se enteró de que su padre, el abuelo de Sole, tenía pensado abandonar a su familia para irse con otra persona. Luisa quiso impedirlo, pero como en la familia era más importante lo que se notaba y no se decía que la propia palabra, lo que hizo para retenerlo fue tirarse por el balcón. Su cuerpo no llegó a impactar con el suelo, quedó enganchada por su brazo derecho de un hierro que sobresalía del piso inferior. A consecuencia de esto, se le gangrenó y lo perdió. Desde aquel momento aprendió a mostrar discretamente el muñón como alarde de lo que era capaz de llegar a hacer si no se cumplían sus deseos.

Quizá como consecuencia de aquel trance desarrolló un ramito de locura. Aprendió a ejercer esta habilidad de lectura mental que algunas personas asocian con el amor. Pero seguramente es una hipótesis algo forzada. Es difícil atribuir a un conflicto una sola causa. Para darle estabilidad a un problema psíquico es preciso que suceda la adversidad y que además la persona esté predispuesta a configurar, bien un aprendizaje, o bien un trauma. Eso depende del estado en el que le sorprenda el suceso.

Sin embargo, parece más útil pensar que a veces el síntoma es un hábito, una especie de costumbre quizá amparada por la creencia extendida socialmente de que educar es corregir y que la persona sabe lo que le conviene a sus seres queridos incluso antes que ellos mismos lo sepan.

En cualquier caso, el remedio contra la lectura mental y la adivinación del pensamiento consiste en hacer demandas explícitas, en aprender a preguntar lo que se necesita saber en lugar de adivinarlo.

Y es que si no tienes suficientes problemas siempre puedes contar con la familia.

Los puntos suspensivos
que cuelgan de tus labios
acaban de repente
en un tajo del papel
En medio del mensaje
se abre una brecha
de distancia progresiva
de fosa común
de distancia suspensiva
de gritos de papel
sin comprensión

(Trinidad Ballester)

Nota

(1) Ver artículo de Perry, B. D. Incubated in Terror: Neurodevelopmental Factors in the ‘Cycle of Violence’ In: Children, Youth and Violence: The Search for Solutions (J. Osofsky, Ed.). Guilford Press, New York, pp 124-148, 1997

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Los Niños Invisibles: El Inadecuado Lugar de Amanda

Los Niños Invisibles: El Inadecuado Lugar de Amanda

Ilustración: Trinidad Ballester.

La madre de Amanda va a verla los domingos por la tarde a la Casa de la Beneficencia. Tienen un vis a vis compartido con el resto de familias del orfanato a través de la verja del patio. Las familias se van situando en la parte de afuera, la que da a la calle. Mientras, las monjas sueltan a los niños para que se acerquen a la reja a ver a sus padres. Ellos llegan corriendo y gritando alegres como el rumor del agua cuando el río viene caudaloso.

Corre el año 1968 en la ciudad de Barcelona y Amanda tiene ocho años.

—¿Cuándo me sacas? Mi hermano está enfermo por eso no le deja salir la hermana Soledad, la de la enfermería. ¿Y el papá?, ¿cuándo vendrá a vernos? ¿Para la navidad me sacas?
—Ya veremos.
—Díselo a la hermana Isabel.
—Ya veremos.
—¿Qué te pasa, mamá?
—Nada.
—¿Cómo que nada?
—Nada, que tu padre no quiere estar conmigo.
—Bueno, pues el nene ha estado con fiebre…
—Vale.
—¿Mamá, qué te pasa?
—Nada que estoy preocupada, dile al cura que quiero que hable con tu padre. Que le diga buenas palabras para que entre en razón, que a mí no me hace caso.
—A mí no me dejan hablar con el cura y además vosotros siempre estáis igual.
—¡Ay hija, para una cosa que te pido!
—Me acuerdo cuando ibas conmigo y con mi hermano al brazo a gritarle a mi padre al balcón para que bajara y te hiciera caso, cuando estaba con aquella otra.
—¿Con la rusa aquella?
—No. Otra.
—¿Con la del puerto? Da igual. ¡No me sirves para nada! ¡Solo piensas en ti!
—¡Que no mamá, que no me dejan! Hace unos días murió la María José, una de las mayores, estaba toda hinchada, no sé qué le pasaba, llena de granos, toda gorda y encarnada.
—No sé quién es… Pues habla con la madre superiora por lo menos.
—¡Que no, mamá!
—¡Haz lo que te dé la gana…! ¡Me tengo que ir ya!
—¡Pero si acabas de llegar!
—Pues tengo prisa.
—Mira, mamá, no vuelvas. Me quedo mal cuando te veo y cuando no estás me pongo mejor y luego vienes otra vez y vuelta a empezar.
—Me voy, eres muy egoísta, no me gusta que pienses solo en ti. Te quedarás sola cuando seas mayor, nadie te querrá si eres así.
—Así ¿cómo?
—Así, así como eres. Me voy.
—Adiós, mamá. No vengas más.

Un año después, Amanda fue acogida por una familia con expectativas de adoptarla. Los de la Junta Tutelar de Protección de Menores querían quitarles la patria potestad a los padres. Los acogedores tenían dinero y le dijeron a la monja que con ellos estaría bien, que podría heredar vestidos de la señora, bueno, arreglándolos un poco, por supuesto. También podría ayudarles en la farmacia y quién sabe, en el futuro podría trabajar allí.

Pocos meses después la devolvieron a la inclusa, decían que tenía mal genio, que era arisca, que se aislaba y no se le podía decir nada.

Es muy probable que la niña se viera obligada a complacer a sus nuevos padres para poder sobrevivir, cuando aún estaba enfadada con los suyos propios.

En muchas ocasiones, las personas crecen en familias que han alterado el orden de llegada de sus miembros (1). Es decir, que ponen a los pequeños en un lugar que no les corresponde y les toca ofrecer cuando aún están en una edad en la que les correspondería recibir.

Una vieja regla psicogenealógica dice: «Los mayores dan, los pequeños toman». La regla se altera cuando se pone a hermanos pequeños a cuidar de hermanos mayores. O bien, a niños que hacen de padres o madres de sus propios padres.

En ocasiones, el adulto dimite de sus funciones dejando vacante el lugar de padre o de madre, lo que induce al hijo a ocuparlo para mantener el sistema estable. Algunas mujeres adoptan el papel de la madre niña y parecen decir a su hija:

—Yo soy débil y no puedo ejercer como madre tuya. Sé tú mi madre.

Este mensaje, que también puede transmitirse de padre a hijo o hija, es especialmente significativo porque el niño no lo percibe de su progenitor verbalmente sino gestual y corporalmente. Estos son los mensajes que mejor se graban en la memoria: los que no se les dice al niño, pero él percibe. En definitiva, lo que flota en el ambiente pero no se dice. Esta sería una definición operativa del concepto de fantasma: algo que está pero nadie nombra.

No es lo mismo lo que el mensaje significa que lo que quiere decir (2). Por un lado, el texto indica el significado del mensaje. Por otro lado, el gesto del hablante indica cómo debemos entenderlo.

Los niños pequeños, hasta cierta edad, no comprenden bien el mensaje que le dan sus mayores, pero son especialmente sensibles al lenguaje gestual con el que el adulto lo emite. Además, en ese sistema de comunicación están las claves de lo que la familia espera de ellos.

En algunos casos se da el siguiente proceso: al niño puede costarle mucho tiempo descifrar este mensaje que recibe quedando enganchado a él hasta que lo resuelva y más adelante cuando es mayor y establece relaciones como adulto, a la otra persona le parece que no está disponible, que parte de su atención está atrapada en otro lugar.

De modo que cuando quieren ser sí mismos y hacer su propia vida, sienten deslealtad con el mandato ancestral que les ordenó ocuparse de sus mayores olvidándose de sí mismos.

Y es que no se puede dar lo que no se tiene y aunque la capacidad de las personas para reorganizar su metabolismo psíquico es inmensa, es preciso restituir primero el flujo, a menudo ritualmente.

Notas

(1) Bert Hellinger. (2001). Los órdenes del amor. Barcelona: Herder.

(2) Jesús Ibáñez. (1986). Más allá de la Sociología. Madrid: Siglo XXI.

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Los Niños Invisibles: La Extraña Conciencia de Pagán

Los Niños Invisibles: La Extraña Conciencia de Pagán

Querido Pagán:
A ti te ocurre algo.
Siempre estás gritando, golpeas las puertas cuando te marchas, aunque no pase nada.
No se te entiende cuando hablas.
Solo gritas lo que quieres sin pensar cómo lograrlo.
Tu mirada está perdida, miras más allá de la gente, como si te debieran algo.
Siempre estás tenso.
Te atascas en los ejemplos y no sacas nada de ellos.
Quieres enfadarte.
Rompes con todos los que te quieren. Vas dejando el camino lleno de cadáveres.
Bebes demasiado y sales del bar amenazando a la gente.
Siempre tienes prisa, quieres acabarlo todo rápido, tienes prisa para todo, para nada. Lo que quieres es irte a no hacer nada.
Y lo peor es que no te das cuenta.
Dentro de unos años,
en un cuarto oscuro de una ciudad desconocida
y sin que te des cuenta
descubrirás que estás solo,
que todos se cansaron de ti,
que no haces nada para disfrutar de tu vida.
Deberías ir al médico o algo así,
porque de lo contrario…
acabarás mal. (1)

La capacidad para darse cuenta de lo que ocurre es esencial para sostener la vida. Tiene relación con la competencia para atender y concentrarse. También con la experiencia de percibir lo que pasa dentro y fuera de nosotros. La destreza del darse cuenta puede entrenarse como cualquier otra capacidad humana. Sin embargo, no solo depende de la actitud y del ejercicio subjetivo, también tiene que ver con el modo en que el entorno la otorga al individuo. Estamos ante el viejo dilema: ¿la identidad se construye por el sujeto o es otorgada por el clan al que pertenecemos?

Nuestro diseño epigenético es tribal, respondemos a patrones de aprendizaje colectivos (2). En consecuencia, cuando no tenemos estabilidad emocional en nuestro entorno, la percepción se ve distorsionada. La información que falta en el texto está en el contexto. Y si la persona no siente la protección necesaria en su entorno, tendrá más dificultades para percibir cómo se encuentra. En ocasiones la persona percibe el exterior como una experiencia amenazante cuando no se siente suficientemente seguro para entregar la atención y el cuidado de esos peligros a los demás. Algo así como si no tuviera costumbre de que otros velen su sueño mientras duerme y tuviera que hacerlo él mismo.

A menudo el ensimismamiento permanente revela en realidad que el niño o niña siente un abandono que no le deja descansar, que no le permite abandonarse. La hora de irse a dormir es un momento de peligro desde esta perspectiva.  Hay personas que cuando se fatigan descansan y sin embargo, otras personas ante la misma fatiga entran en pánico, como si descansar en la selva, entendida como imagen inconsciente del mundo, fuera ponerse en riesgo y atraer al depredador, quizá de ahí venga la rabia de algunas personas cuando se fatigan.

La desconexión entre la atención hacia el exterior y la que se dirige al interior dificulta el proceso de sincronía (3), entorpece el contraste y la conciliación armónica entre la visión del mí mismo junto a la visión que tiene el otro de mí. Esta falta de integración conlleva una dificultad en la experiencia del darse cuenta de la realidad. Más que no saber algo, el problema de muchas personas es que no saben saberlo, y esto puede deberse a la atención que la persona recibe en su infancia.

En ocasiones, el niño no es suficientemente atendido por sus progenitores. No recibe de modo suficiente la mirada que necesita para sentir que tiene un lugar en el sistema. Podríamos decir que sus adultos de referencia no están disponibles. En consecuencia, se encuentra bajo el hechizo de el «síndrome de la madre muerta» (4) . Suele deberse a que un dolor se ha introducido en la vida de la madre o el padre y les dificulta la atención al niño. Podemos pensar por ejemplo en una situación en la que en los primeros tiempos de la vida de un niño, muere el padre de la madre. Esta experiencia atrae toda la atención de la madre privando al niño de su atención. De este modo, deja de estar disponible, afectando al vínculo entre madre e hijo.

Cuando la generación anterior queda embargada por un dolor o por una experiencia de fuerte estrés que compromete su sobrevivencia es muy probable que interrumpa su propio proceso vital. Incluso pueden llegar a encargar inconscientemente este proceso interrumpido a la siguiente generación, como si fuera una misión. Es como si el padre dijera al hijo: lleva adelante esta empresa familiar o realiza esta carrera universitaria porque a mí no me dio tiempo o no tuve la oportunidad de realizar este deseo.

Hay males que duran cien años y psiques que lo reeditan.
(Catalina Harrsch)

La dificultad para darse cuenta de lo que ocurre, impide a la persona vivir plenamente todos aquellos fenómenos que tienen relación con la satisfacción, el desplazamiento del deseo o la capacidad para calibrar las consecuencias de los propios actos. Todo ello aumenta la tensión interna y favorece que se vierta en los síntomas que son calibrados como anomalías de la atención. Lo cierto es que para cualquier individuo es esencial acceder a un lugar dentro de su sistema familiar y esto se suele hacer mediante el desempeño de comportamientos constructivos. Pero si no logra culminar un proceso de identificación positiva porque el contexto no le deja, tenderá a desarrollar comportamientos inadaptados que atraigan la atención sobre él. Todo antes que el exilio. No siempre es así, no se puede generalizar pero el caso de Pagán describe un proceso de identificación negativa.

Ellos me hablan
pero hace frío
en mi espalda.

Un laberinto
repleto de voces
martillean mi mente.

Silencio y ruido…
paciencia y amenazas…
(Trinidad Ballester)

Notas:
1. Versión inspirada en el «Bolero para Jaime Gil de Biedma», de José Agustín Goytisolo.
2. Concepto de Conciencia Ecológica en Gregory Bateson. Ver Pasos hacia una ecología de la mente. Publicado en B. Aires. Lolhé Lumen. 1998.
3. Concepto clave en la obra de Carl Jung. Ver El hombre y sus símbolos. Paidós, 1995.
4. André Green. Narcisismo de vida, Narcisismo de muerte. Amorrortu Editores. B. Aires, 1990.

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Los Niños Invisibles: Sol de Noche

Los Niños Invisibles: Sol de Noche

Cualquier día (Nocturno). Trinidad Ballester

Corre el año 1940. En la ciudad de Valencia el hambre de la posguerra arrecia y las cartillas de racionamiento actúan con rigor. María José tiene siete años, su hermana Carmina tres. Y aún falta un año para que nazca Ana, la hermana pequeña.

Su madre les ha puesto a las niñas una rebanada de pan para comer con una mezcla invisible dentro. María José, la mayor, ve el pan y le dice:

—Mamá ¿Puedes darme un poco más de pan? es que siempre me quedo con hambre.
—Vale hija. Te doy tu ración de pan de todo el día y nos acostamos a dormir ¿quieres?
—¡Sí mamá, vale!

Al acostarse, la niña ve un sol radiante por la ventana y le dice a su madre:

—Pero mamá ¡si aún hay sol!
—Sí, hija, pero es sol de noche.

El intento de convencer a alguien, en especial a los niños, de que lo que se percibe no es la realidad, ha sido un recurso permanente y útil para la búsqueda de la docilidad. Aunque sea con buena intención, como en el caso de esta historia, se trata del rapto de la propia percepción que cede ante la prevalencia de las fuentes exteriores siempre más acreditadas.

Cualquiera podemos recordar la escena en la que un niño expone su pensamiento ante un adulto y este le pregunta: «¿Y eso se te ha ocurrido a ti solito?». La mera pregunta desliza la sospecha de que si esa idea es de su propia cosecha, no es muy valiosa. Lo más imponente será siempre la versión oficial.

Las raíces de este mecanismo, profundas y arcaicas se pueden apreciar desde la aparición de las religiones monoteístas.

El viejo panteísmo depositaba la divinidad en toda persona y forma de vida, era partidario de las múltiples manifestaciones de la naturaleza.

El monoteísmo supuso una operación política de magnitudes colosales. Consistió en externalizar los dioses despojando a las personas de su parte divina y unificándolas en una deidad exterior. Redujo las múltiples versiones de la realidad a una sola y con ello se aumentó la capacidad de conseguir mayor gobernabilidad social.

La atención realiza permanentemente una travesía que se mueve hacia el exterior para buscar las evidencias del mundo en forma de imágenes, sonidos y sensaciones. Y después hacia el interior para contrastar lo percibido con las referencias previas que tenemos del mundo. Este contraste fluido entre atención exteroceptiva y propioceptiva es lo que fragua el aprendizaje.

Lo dicho describe la pugna entre objetividad (exterior) y subjetividad (interior). Mientras lo subjetivo es cambiante e impredecible, lo objetivo tiende a la normatividad. Cuando el individuo cede su conciencia interna al exterior pierde su centro y los discursos homologados cobran fuerza. Históricamente,  esto ha dado paso a los grandes procesos de normalización. Esto es, abandonar lo instintivo para satisfacer a lo normativo.

Las necesidades del ámbito sistémico tienden a parametrar las múltiples subjetividades. Las campañas contra la sexualidad libre, por ejemplo, coincidieron con la exigencia de homologar las costumbres de la población para que acudieran a trabajar en la producción seriada de las fábricas. El objetivo era que madrugaran y acudieran a los puestos de trabajo en horarios regulares y adecuados para las necesidades del maquinismo, en lugar de permitirles que se dedicasen a una vida diletante y gozosa centrada en los placeres (1).

Actualmente asistimos a un fuerte predominio de la atención externa, incluso a una sustitución de la experiencia interna por la avasallante versión exterior de la realidad. El ser humano ha sido desalojado de sí mismo, ha perdido la costumbre de estar en contacto con su propia percepción, llegando al extremo de experimentar su propio deseo como el enemigo. De este modo, instala el miedo como la emoción esencial de su existencia.

Y eso sucede cuando la persona desconfía de sí misma, niega lo que siente y espera que algún mensajero o autoridad externa le diga lo que debe hacer y le saque de su desconcierto.

En consecuencia, más importante que la libertad de expresión es la libertad de pensamiento. Es evidente que si la libertad de expresión se promueve en un caldo de pensamiento único, solo lograremos la multiplicación de opiniones superficiales, casi siempre enfrentadas, poco críticas y homologadas.

El ser humano construye el estrés cuando frente al infortunio reacciona desde fuera de sí mismo, desamparado de sus propios recursos. Cuando cede el centro de su ser ante una pretendida objetividad normativa. El peor efecto de la adversidad estriba en vivirla con miedo.

Sin embargo, la vía para la construcción del problema es la misma que la de la solución.

El arte tiene esa función para nuestro sistema perceptivo. Admiramos las obras artísticas porque nos muestran otra percepción de la realidad, otro modo de ver, escuchar o sentir el mundo. Una vía que, paradójicamente, conecta con algo genuino en nosotros mismos.

La contemplación de pinturas, la audición de música, la admiración de la danza nos fascina porque nos capacita para percibir el exterior desde otra terraza existencial que nos ayuda a imaginar otro mundo más tolerable y satisfactorio. Pero sobre todo, la satisfacción reside en que la propuesta del artista conecta con nuestra intuición más propia acerca de cómo debe ser la vida. Por eso, en ocasiones escuchamos canciones que nos agradan tanto que nos inducen a pensar que es como si las hubiéramos compuesto nosotros mismos. Se trata de una implicación operativa del concepto del inconsciente colectivo.

En síntesis, cuando se trata de procesos de ayuda a las personas, los  orientadores (como la atención psicoterapéutica, la asistencia educativa, el asesoramiento filosófico, el coaching y todo tipo de consultoría personal), más que atender a la objetividad habrían de ayudar al sujeto a expresar y experimentar una versión de la realidad propia que le dé más vitalidad. Más que educar o adiestrar es mejor ayudarle a encontrar su punto fuerte y apoyarle para que siga su propia deriva personal (2).

La mente fabula

hace de las horas

sustancia elástica

Cuando la realidad

tozuda

cede a la fábula,

duerme la angustia.

Notas.-

(1)  Michel Foucault. (1984): Historia de la sexualidad. Madrid: Siglo XXI.

(2) La Deriva Personal. Concepto de Arno Stern. Publicado en su libro Educación Creadora.

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Los Niños Invisibles: El Caso de Cristian

Los Niños Invisibles: El Caso de Cristian

Los niños invisibles: el caso de Cristian

Cristian no puede dejar de moverse. Desde pequeño, en la escuela infantil, le llamaban Cristian el malo. Un psicólogo muy observador dijo: —Es como un animalito inquieto, nunca para, ahora está aquí y de repente allá.

Y como todo en la vida, lo que puede empeorar lo hace. Le hicieron un diagnóstico flexible: de hiperactivo para arriba.

Su agitación recuerda a la de quien quiere avisar de algún peligro.

Como si ese temblor esencial quisiera avisar de que su madre se va al garete, que detrás de esa forma suya de vestir infantil y trasnochada hay una niña que sigue pidiendo que le dejen concluir su infancia, que hasta que no la tengan en cuenta no dejará de insistir.

Como si esa agitación transmitiera que ve a su padre perdido en su propia mirada culpándose de todo.

Como si sus aspavientos quisieran airear secretos familiares de relato desconocido para él pero que percibe a todas luces por cómo se mueven todos en la casa. Porque cuando te ocultan algo, el secreto se desliza en el movimiento de los cuerpos, en una velocidad que tiende a la quietud, pero a una quietud que no acaba de detenerse, como si el cuerpo no pudiera experimentar la paz.

A veces, cuando esto se torna más evidente, él se agita más, como para compensar, para vehicular el secreto, como ocurre a muchos fantasmas que nos asustan por sus modales pero que solo vuelven para acabar la palabra que se les quedó a medias, o dar abrazos y besos de despedida.

Los especialistas quisieron acabar con esa excitación y le dieron medicación. Desde entonces él se agitaba menos por fuera y más por dentro. Un día se encontró lleno de una energía que no podía expresar. Aprendió que cuando se relajaba se ponía muy nervioso.

Lo que a menudo llamamos síntoma, desorden emocional o dificultad adaptativa es también una respuesta inconsciente para que la persona afronte la adversidad. Es discutible que las disciplinas del comportamiento se centren en eliminar los síntomas antes de escuchar el mensaje del que son portadores.

Cada síntoma físico o psíquico genera en su anfitrión tres perspectivas:

En primer lugar, el síntoma supone una experiencia de sufrimiento que vincula a la persona con su inteligencia emocional.

Por otro lado, una serie de reflexiones y razonamientos que buscan explicarse a sí mismos de dónde viene este problema, cuáles son sus causas y qué expectativas o creencias tenemos en torno al desorden que nos aqueja. Para ello utilizamos nuestra inteligencia racional.

En tercer lugar, el síntoma está relacionado con la acción. Con lo que nos impide o nos induce a hacer. Respuestas de afrontamiento, congelación o huida que desarrollamos a partir de la inteligencia exploratoria o de conexión a nuestros escenarios vitales.

El abordaje farmacológico tiende a detener este triple proceso. No se trata de un debate sobre si estamos a favor o en contra de los fármacos en términos absolutos, digo obsoletos. La farmacia ha salvado muchas vidas y mitigado una cantidad ingente de dolores. Ahora se trata del uso inteligente de los recursos, porque también es cierto que la industria ha convertido a los pacientes en clientes.

El doctor Allen Frances[1] afirma que el 34% de los niños holandeses entre cinco y quince años fueron diagnosticados últimamente de hiperactividad y déficit de atención: Uno de cada tres niños. Por otro lado, en Estados Unidos, diez mil niños tratados por este problema tienen menos de tres años.

El hiperdiagnóstico de la población es un fenómeno evidente y rapta el sentido que tiene la presencia del síntoma. En otros términos, las personas cuando se sienten en conflicto no suelen decir lo que sienten sino lo que elaboran a partir de lo que sienten.

Desde el componente racional antes citado, el síntoma es portador de otras imágenes o metáforas. Algunas de las más frecuentes son las siguientes:

En primer lugar, un conflicto o síntoma puede ser la expresión metafórica de un estado emocional de la persona. A veces un dolor de  estómago metaforiza otro tipo de problema, como la falta de motivación por acudir a la escuela. Dificultad que quizá el sujeto perciba como censurada.

Por otro lado, puede expresar el estado interno de otra persona. El temor de un niño a salir a la calle puede ser una analogía del temor de la madre.

También puede ser un intento fallido de resolver situaciones de doble lealtad. Imaginemos que un niño asiste a episodios violentos del padre hacia la madre. Si el niño se lo dice a su maestra comete deslealtad con el padre, pero si lo oculta es desleal con la madre. Un camino viable que le queda es manifestar un trastorno adaptativo de la concentración y la atención.

Por otra parte, el síntoma puede provocar alianzas en torno al conflicto y suspender momentáneamente la atención de otros problemas considerados quizá menos graves. Como es el caso de muchas drogadicciones que generan alianzas de ayuda de la familia hacia el sujeto y tapan otras dificultades familiares. Muchos casos de recuperación de estos casos destapan otros asuntos familiares hasta entonces dormidos, que estaban sepultados ante el gran problema de la adicción.

Por último, el síntoma puede servir como expresión de la travesía de un fantasma motivado por ciclos de vitalidad no concluidos, secretos familiares u otro tipo de hechos dolorosos del pasado.

En definitiva, la vía más adecuada para afrontar las dificultades adaptativas consiste en establecer contacto con ellas. Convertir el diagnóstico en un relato.

Las estrategias psicoeducativas más eficientes deben manejarse en la creación de alternativas adecuadas al contexto en el que las dificultades se generan.

Por último, es esencial que toda intervención educativa y toda terapia termine con una acción, un movimiento o una tarea que la persona pueda ejecutar para poner a prueba sus capacidades.

Algunas personas pueden decir: «Tú me produces dolor» y no padecer dolor, en tanto que otras deben desarrollar el dolor como un modo de declarar su situación. (Jay Haley).

[1] Allen Frances, fue director del Manual Diagnóstico y Estadístico DSM y realizó una entrevista publicada en el diario El País el pasado 26-IX-2014.

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