Los Niños Invisibles: Alba y La Geografía del Miedo

Ilustración: Vera Ortín Ballester

Alba vivió una niñez aislada, una desconocida enfermedad la mantuvo ensimismada. Se curó con medios primitivos, no se sabe quién la ayudó. Pasó la pubertad como una convalecencia de su infancia. De aquello le quedó la costumbre de observar su cuerpo. Se entrenó en cosas como saber qué músculo es el primero en moverse para ponerse de pie, para tumbarse, para componer su equilibrio, qué zonas musculares intervienen en la lucha cuerpo a cuerpo y qué otras debe relajar para sacar ventaja en el combate. Fue una luchadora prácticamente imbatible en los juegos y cuando le tocó medirse de verdad su problema era otro: le desagradaba de igual modo vencer como ser vencida.

Solía notar los ojos de la comunidad como un aura de vigilancia que la inmovilizaba. En su poblado y los aledaños que frecuentaba se la percibía como distinta a los demás, despertaba emociones entre la fascinación y el rechazo. Siempre fue así, desde niña tuvo que explicar su existencia, como si tuviera que merecer lo que otros obtienen gratuitamente. Entre unas cosas y otras prefirió por lo general volcarse hacia dentro de sí misma.

A menudo, ni el amor ni otras formas de motivación lograron estimular su alma. Parecía no necesitar nada de su entorno. Sin embargo, esto no mermó su gran vitalidad. Siguió senderos del chamanismo en versión local y alcanzó cierto estatus de curandera. Más que querida fue respetada a distancia o, mejor dicho, temida en silencio.

Mi abuela la conoció en 1930 en el norte de Castellón y me habló de sus ojos grandes y emisores. Ojos que eran capaces de mirar hacia fuera y hacia dentro de sí misma durante la conversación. A veces adentro y fuera de su interlocutor… y parecía que lo hiciera a la vez, habilidad que espantó a más de un visitante que se acercó a su casa. Cuando el sanador busca información, a menudo lo que hace es aportarla, darle dimensión al discurso del consultante y eso hace temer por lo imprevisible y por lo excesivo.

Existe un aspecto extraño en la vida de Alba, algo sombrío que corrió de boca en boca, pero que casi nadie pudo contemplar en directo, algo que contrastaba con esta fuerte personalidad y que quedó grabado en el inconsciente colectivo como una leyenda.

Se la vio presa de una terrorífica paralización. A veces quedaba hechizada por un fantasma que le impedía el menor movimiento. Su quietud daba miedo, como si anunciara desde la paralización un inesperado y fatal movimiento. En esos momentos en los que no podía articular palabra, su piel pálida mostraba la palpitación extrema del corazón. Parecía estar en presencia del peor de los monstruos. Tras un breve clímax de contacto con la locura, su cuerpo se recomponía pasando por un temblor como transición a la recuperación de la calma.

Su síntoma llegó a convertirse en el único puente para relacionarse con el mundo. Analizaba su vida en función del comportamiento de su propio miedo. Ese momento fue el que eligió para aislarse en la cabaña de la montaña. Pensó que su remedio era vivir como los antiguos, procurándose lo más básico, el agua, la comida, el fuego durante el invierno y la sombra contra el calor. Buscaba la quietud como pócima de fondo para su curación.

La regularidad del paso del tiempo hizo su papel, la monotonía se abría paso en el pensamiento circular y en cada vuelta deshinchaba la fuerza de las obsesiones. Pasaron los años y Alba llevaba una vida centrada en el régimen de visitas de sus fantasmas, se había acostumbrado a ellos y podía convivir con su presencia mientras recogía las hierbas de la montaña para preparar sus remedios. Pero nunca abandonó su cabaña.

Crear el mundo para ocuparlo

En culturas como la sumeria, india o mesopotámica, para que algo sea real debe ser reflejo del espacio celeste. «Así en la tierra como en el cielo», reza la oración. Platón recogió estas ideas y las formalizó en su pensamiento. La creación de la realidad tiene que ver con transformar el caos inicial en cosmos, en darle forma al territorio antes de ser habitado. Y ello se hace a partir de marcar un centro para después determinar su periferia (1).

El simbolismo del centro del mundo es uno de los mitos en los que se asienta la idea de civilización. Montañas, templos, palacios y ciudades especiales son espacios sagrados que conectan Cielo, Tierra e Infierno. Son el kilómetro cero y acceder a ellos supone una consagración.

El segundo elemento de conversión de caos en cosmos consiste en que el ser humano disponga de un lugar en el mundo. Esta idea se apoya en una sensación física. Las personas intercambiamos permanentemente información con nuestro entorno inmediato, medimos visualmente la distancia entre el lugar en el que nos encontramos y los límites de nuestro espacio circundante. Por eso es difícil mantener el equilibrio con un solo pie y con los ojos cerrados, porque así perdemos esa referencia.

Estudios realizados con comunidades balinesas muestran que estos no pueden bailar, ni siquiera seguir una conversación, si no están orientados geográficamente en los puntos cardinales del espacio (2). El escenario que rodea nuestro cuerpo posee significado y la percepción que tenemos del territorio afecta a nuestro estado personal. Muchas comunidades de indios norteamericanos comparten un sencillo ritual: no abandonan su casa sin sentir el espacio que circunda su cuerpo. Y se lo llevan allá donde van ese día. Aproximadamente metro y medio de diámetro de espacio personal constituye su suelo protector para afrontar la jornada (3). Cuando decimos de alguien que parece que está como en su casa, seguramente es porque notamos esto en esa persona.

Algunos profesionales de asistencia domiciliaria como educadores, psiquiatras y trabajadores sociales, que trabajan con clientes de economía psíquica y social precaria, son más propensos que otros a las agresiones físicas de los usuarios que atienden (4). La presión psicológica a la que están sometidos estos profesionales es muy alta y la población a la que prestan sus servicios suele tener dificultades adaptativas. Uno de los factores predictores de este fenómeno radica en que los profesionales que son agredidos con mayor frecuencia se sienten muy inseguros cuando abandonan su sede laboral y salen a la calle. No logran sentir como propio ningún espacio ajeno y ello se refleja en su comunicación. La ruptura de sintonización emocional con los atendidos crispa la relación e induce la violencia del atendido. Estudios realizados con vendedores ambulantes confirman esta misma hipótesis.

El solo hecho de salir de Nueva Orleans me altera considerablemente. Tras los límites de la ciudad empieza el corazón de las tinieblas, la auténtica selva. (Ignatius Reilly. La conjura de los necios)

La proxemia estudia la regulación de la distancia y nos indica la base de muchos comportamientos y reglas de contacto social. Trata esencialmente de la noción de distancia fuera del campo de la conciencia.

Los descubrimientos de los especialistas en etiología y psicología animal sugieren que cada organismo vive en su mundo subjetivo, que está en función de su aspecto perceptual, y, en consecuencia, una separación arbitrariamente expuesta entre el organismo y su mundo modifica el contexto y falsea así la significación. La línea de demarcación entre el medio interno y externo de la persona no puede establecerse con precisión. El feed-back entre organismo y medio debe comprenderse como un proceso en permanente equilibrio sensible.

Los monos tienen treinta y dos funciones de territorialidad (5), algunas muy importantes relativas a la protección y evolución de la especie: proporcionan una base residencial, facilitan la protección frente a los depredadores, favorecen la cría selectiva de los más capaces para fundar territorios, protegen nidos y crías, identifican zonas de eliminación de desperdicios, entre otras. Sin embargo, una de las funciones más importantes de la proxemia es la de proteger el espacio contra la excesiva explotación del medio en el que vive una especie.

La geografía del miedo

Todo problema se da en un contexto. La rememoración del espacio remite inmediatamente al conflicto. Esto mismo es el camino del antídoto si cuando la persona manifiesta tener un problema es capaz de recordar un lugar en el que el problema se manifiesta más suavemente o ni siquiera se produce.

El miedo tiene una dimensión territorial. Muchas personas manifiestan no poder alejarse de lugares que viven como seguros: su casa, su barrio, su ciudad. Este es el poder transformador de la metáfora de la vida como un viaje. El mero cambio de aires y hábitos produce cambios en muchos casos. La metáfora del caminante, del aventurero no arraigado en ningún lugar, nos remite a la imagen arquetípica de la libertad.

Cualquier lugar es bueno para pasar de largo.
[Oído en películas de vaqueros (6)]

Las personas que sufren de miedo inexplicable suelen experimentarlo en ciertas áreas geográficas (7). Temen alejarse de su espacio de seguridad y notan en su cuerpo exactamente el límite que no pueden traspasar: angustia, ahogo, sensación de peso en los hombros o cualquier otro tipo de molestia.

El progreso en arte no consiste en ampliar los propios límites, sino en conocerlos mejor. (Braque)

Los espacios tienen memoria

Los cultivadores del arte de la memoria creaban escenarios con la ubicación de lugares y objetos para ejercitarla. Quintiliano, orador clásico, dice que lo primero es imaginar un edificio con el que el lector esté familiarizado. Debe ser espacioso, pero no muy grande, con buena iluminación, ni demasiado oscuro ni demasiado claro. Debe ser lo más variado posible, con patio interior, salones, alcobas, gabinetes y demás dependencias, con hornacinas, estatuas y adornos.  A continuación hay que ir recorriendo el edificio en su imaginación depositando objetos en ciertas partes específicas: anclas, anillos, talismanes… Cada imagen responde a un asunto o punto concreto que el orador desea nombrar. Mientras pronuncia el discurso  el orador debe ir recorriendo el edificio de manera ordenada recobrando en la mente cada uno de los objetos en su lugar asignado (8).

Otras técnicas hacen referencia a países, ciudades, barrios, casas y habitaciones para conectar con las distintas ramas del discurso que debían recordar.

La creación de meticulosos escenarios teatrales con gran profusión de rincones, cajones y escondrijos también facilitaba la conexión del orador con el hilo discursivo (9).

En el terreno alegórico, una de las metáforas espaciales más potentes es la casa. La casa natal, por ejemplo, es el albergue de nuestros ensueños, supone una sombra más allá del pasado verdadero y más grande que este. El recuerdo de la infancia es más grande que la historia ocurrida en aquella época.

El desván y el tejado alojan la edificación de los sueños y el sótano alberga los poderes subterráneos, la acción del inconsciente (10).

Dice Jung que la conciencia se conduce como el hombre que oye ruidos sospechosos en el sótano (inconsciente) y corre al desván (coartadas del consciente) para descubrir que allí no hay ladrones (11).

Un ritual adecuado para vencer el miedo se basa en caminar desde el centro de seguridad hasta la frontera del miedo, caminando hasta el umbral en el que el cuerpo avisa de la situación de amenaza. Entonces darse la vuelta para dar un paso hacia atrás, de modo que conquistamos, sin verlo, un paso al territorio del miedo. Al día siguiente, caminar de frente hasta el nuevo paso ampliado y darse la vuelta otra vez para dar un nuevo paso hacia atrás, conquistando cada día un paso nuevo a la frontera del miedo hasta que este se disuelva.

Si pudiera quitarme
esta piedra de la nuca
que duele tanto
me elevaría hacia el aire
volaría hasta el sur
y allí
me disiparía
como se disipa una duda

(Trinidad Ballester)

Notas

(1) Eliade, M. 1951. En Eliade 2000. El mito del eterno retorno. Madrid: Alianza.

(2) Bateson, G. (1998): Pasos hacia una ecología de la mente. B. Aires: Lolhé-Lumen, pág. 142).

(3) McDonald, W. (1996): Curso de hipnosis y patrones ericksonianos. Notas y apuntes. Instituto Gestalt de Barcelona: noviembre, 1996. Material multicopiado.

(4) Estudio citado por John McWhirter en (1998): Curso de Developmental Behavioural Modelling (DBM). Madrid: Material multicopiado.

(5) Hall, E. (1993): La dimensión oculta. Madrid: Siglo XXI.

(6) Ver el libro Más allá del Oeste. Fernández-Santos, A. 1988. Editorial Debate. Madrid.

(7) Nardone, G. (2012): Miedo, pánico, fobias. Ed. Herder. Barcelona.

(8) Frances Amelia Yates (2005). El arte de la memoria. Siruela, pág: 17.

(9) Catalá, J. M. (1993): La violación de la mirada. Madrid: Fundesco, págs. 39-40.

(10) Bachelard, G. La poética del espacio (1965: 46). Edit. Fondo Cultura Económica.

(11) (op. cit. 49).

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