Los niños invisibles: María del Mar de dudas

Ilustración: Trinidad Ballester.

Hay una parte en mí muy veloz. Tiene un discurrir errático aparentemente gobernado por un caos que se desliza de una idea a otra sin ninguna lógica. Es capaz de alternar pensamientos, combinar voces, mezclar imágenes y sensaciones desde las que se destilan nuevos propósitos. Esta parte de mí ama la mixtura. Inicialmente parece superficial y, sin embargo, puede dar lugar a experiencias estables y profundas. Es adolescente, dispone de una voz aguda y ligera, se dedica a emprender proyectos y pasiones, aunque sobre todo busca un lugar en el mundo.

Otra parte de mí se sobrepone con energía a todo tipo de adversidad. Ante cada dificultad solo ve oportunidades de solución. No cede ni se desalienta jamás, desconoce la derrota, es colaboradora, desea agradar y a veces roza la euforia. Es una parte muy antigua, viene de la infancia, de la época en la que quería por encima de todo gustar a mis mayores y alberga una memoria mucho más antigua que mi propia vida: recuerda lo que hacen los niños desde siempre para gustar a los adultos y lograr así que los lleven consigo durante las travesías de la tribu por selvas y desiertos. Su mirada es limpia y de ojos abiertos. Esta parte me recuerda que a veces el clan debe estar por encima de cada uno de los individuos.

Tengo otra parte despiadada. No conoce la compasión, solo el dominio, la jerarquía y el poder. Esta parte es peligrosa porque haría lo que fuera para conseguir lo que se propone. La temo porque las escasas veces que me gobierna me convierte en una persona violenta y peligrosa. Cuando percibo su presencia tengo que mantenerla en bajas dosis porque tiende a lo sombrío. Me aporta satisfacciones difíciles de explicar. Aunque es la parte que me abre a lo público también es la anfitriona de mi soledad. Me conecta con mi fuerza para la toma de decisiones colectivas, ama el poder y es mi parte más astuta. Quizá debutó en mí hacia los once años de edad, con el inicio de las grandes preguntas filosóficas y existenciales.

Alternativamente visito otra parte que me desliza hacia la languidez, es la anfitriona de mi pulsión de muerte, pero se detiene un poco antes de llegar a ella quedándose en una paralizante melancolía. Esta parte funciona como si quisiera enfermar para que el mundo se apiade de mí y me trate con indulgencia. Más que al mundo, me refiero a los que me quieren, en realidad a los afectos de mi infancia, o mejor, la impronta que dejaron en mi memoria. Es mi estado más dañino y debilitante. Me dura muy poco, es casi una insinuación que autocensuro desde la raíz de su intención.

Finalmente, mi parte más lúcida intuye que en el fondo vivir es aprender a despedirse. Esta parte sabe que toda experiencia se dirige a su final, que toda acción se encamina a la muerte. Es mi parte más sabia, es madura, realista y sobre todo, profunda como el fondo del océano. Es muy activa, me lleva de la mano a mi capacidad para el compromiso, aunque debo tener cuidado con ella porque me llena de trabajo, es la entrenadora de mi rendimiento y productividad, como si quisiera aprovechar el tiempo al máximo.

Pero entonces, ¿quién soy yo en realidad? Me paso el tiempo visitando a mis distintas personalidades, lo cual me hace entrar en serias dudas acerca de qué es lo cierto y lo falso. Acabo por no saber quién soy y qué parte me representa mejor.

Además, cuando viajo de una parte a otra, en el preciso momento del tránsito, experimento crisis de identidad.

Somos la memoria que tenemos de nosotros mismos. Nuestra identidad depende de la síntesis que somos capaces de destilar acerca de nuestra experiencia del mundo en un momento determinado.

El discurso intenta apresar lo que sentimos como si tomara al vuelo las palabras que intuye más adecuadas para expresarlo, aunque la satisfacción nunca es completa. La palabra no da cuenta enteramente de la realidad experimentada. En esto radica la insatisfacción del hablante cada vez que termina un discurso, en que no puede expresar la totalidad de lo que realmente siente, porque la identidad se compone de distintas partes o polaridades que entran en juego en cada experiencia.

Cuando atrapo
en palabras con ritmo
la cadencia de mi melodía
la poesía ocurre
aunque no la escriba

(Trinidad Ballester)

A menudo, la persona se centra demasiado en una parte de sí mismo olvidando las otras. De este modo se polariza y  tiende a confundir la parte con su propia identidad. Por ejemplo, si fuma asiduamente acaba pensando que es fumador, o si ocasionalmente se deprime, sospecha que es depresivo.

Cuando dos o más aspectos de la personalidad aparentemente contrapuestos insisten en abrirse paso en nuestra conciencia significa que ambos tienen una participación en el sostenimiento de la vida.

Y es que todo lo cierto es paradójico (1). La realidad tiene al menos dos caras, aunque normalmente tiene más. Enfocar la realidad así puede ayudarnos a convertir la adversidad en aprendizaje. Es necesario encontrar nuevas formas de armonizar contrarios, ya que la forma de integrar paradojas supone el acceso al supercontenido (2).

De lo contrario, convertiremos las paradojas en dilemas (3). Esto ocurre cuando nos identificamos totalmente con una parte y descartamos la otra. El problema de los dilemas es que nos dejan paralizados ante las opciones, congelados delante de ellas, contemplándolas sin poder actuar. Lo desgastante del dilema no es tener dos opciones de conducta, lo cual es inicialmente beneficioso, sino la parálisis que experimentamos ante la imposibilidad de emprender la acción, que es precisamente lo que resuelve la contradicción.

Con frecuencia vivimos disociados de nosotros mismos, desalojados de nuestro propio interior hasta desconectar del propio sistema de percepción que nos indica lo que nos va mejor y lo que no nos favorece. En este sentido, comemos lo que no nos conviene aunque seamos conscientes de ello, no hacemos el ejercicio que sabemos que deberíamos hacer o confiamos más en un diagnóstico externo que en el conocimiento que tenemos de nosotros mismos.

En estos tiempos se hace necesario discutir los matices, más que elegir previamente la opción general y ser fiel a ella. De otro modo no podremos afrontar debates que son complejos y que solo se pueden encarar desde la integración de polaridades contrarias.

Por ejemplo: ¿estamos a favor o en contra de los fármacos? ¿Somos partidarios o detractores de las vacunas? ¿Y de los antibióticos? ¿Defendemos las guarderías y escuelas como buenas instituciones educativas o es mejor la educación sin escuela? ¿Qué preferimos la medicina alopática o la homeopática? ¿La medicación química o la suplementación con productos naturales?

Los dispositivos del poder procurarán animar el fragor de la polarización para posponer el acuerdo, y con ello se clasifica a las personas en pro y antivacunas, pro y antiescuela… Sin embargo, es preciso rescatar los aspectos concretos, recuperar los procesos vitales en los que se encuentra el debate. En definitiva, acudir al escenario concreto en el que se desarrollan los hechos. Por ejemplo, estamos normalmente a favor de la investigación en materia de salud, sin embargo y a la misma vez, entramos en contradicción, porque una parte de nuestra conciencia sabe que estamos también apoyando casi exclusivamente la investigación y el desarrollo de fármacos esponsorizados por las grandes firmas de la industria. Estamos también apoyando la acción iatrogénica del propio procedimiento curativo. Entonces ¿estamos a favor de la investigación o no? También sabemos que la ciencia sirve para combatir la verdad revelada mediante la fe. Excepto cuando no lo hace y se convierte en la nueva religión.

Podemos concebir la escuela como un artefacto de adiestramiento de la docilidad de los cuerpos. Por otro lado y a la misma vez, debemos reconocer que la escuela ha sido uno de los mejores dispositivos de promoción social que se conocen.

La cuestión es reflexionar sobre qué escuela, qué tipo de investigación, qué límites de mejora nos imponemos. Si cosificamos los procesos de debate los paralizaremos mientras el inmovilismo vuelve a vencer. Cuando alguien empieza a matizar sobre algún aspecto de la realidad, la estrategia del oponente suele consistir en reducir el argumento a un corpus doctrinario e ideológico, preferiblemente a una etiqueta. En este momento hay que recuperar discursos complejos analizados desde la práctica  y ponerse a favor de los matices.

Del mismo modo, cada parte de nuestra identidad nos ayuda a defender la vida por rechazable que parezca. Los debates terminan cuando en realidad deberían comenzar, con la exposición de las partes en conflicto. Necesitamos recurrir a nuestro propio sistema de discriminación que nos permite saber cuándo es mejor una u otra polaridad. Porque hay contradicciones solo aparentes porque ambas tesis son ciertas al mismo tiempo.

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(1) Historia íntimamente relacionada con mi propio artículo: «De la paradoja al dilema. Publicado en el monográfico de Jot Down nº 10 sobre fobias y filias».

(2) Parafraseando parcialmente a Marshall McLuhan (1997). El medio es el mensaje. Editorial Paidós.

(3) Consulta la Teoría de la comunicación humana, de Paul Watzlawick, publicada en (1976). Barcelona: Herder.

 

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